Ceuta: síntoma y efecto de la caída final
No había ningún motivo para pensar que el Gobierno, esta vez sí, fuera capaz de gestionar una crisis con transparencia y de manera efectiva en el prioritario interés de los españoles. Porque, al contrario de lo que el propio Gobierno, con la interesada colaboración de la sincronizada, ha intentado inocularnos, todos los episodios graves que nos han afectado en los últimos años se han abordado, no ya con impericia y amateurismo, sino con la inconfesable intención de obtener ventajas y rédito político.
Por mucho que se hayan empeñado en el relato, los resultados están ahí para la crónica periodística o para el análisis histórico. En la pandemia del COVID se pasó del negacionismo o el ventajismo inicial (como olvidar el «no vamos a tener más allá de algún caso diagnosticado» de Fernando Simón) a la sobreactuación del confinamiento radical y prolongado que no evitó que, en términos relativos, tuviéramos a la vez el récord de fallecimientos y el impacto económico más severo de la OCDE. En la DANA se sufrieron las consecuencias de las absurdas políticas ecologistas y de la deficiente actuación de la Confederación Hidrográfica, pero, además, se evidenció una dolosa pasividad con la única intención de perjudicar la imagen y la gestión del presidente Mazón y de la administración autonómica. Y desempeños igualmente inefectivos y poco transparentes, y siempre sirviendo a intereses espurios, se han manifestado en los incendios forestales, en la erupción del volcán de La Palma o en el apagón eléctrico. Y no es que este Gobierno haya tenido la mala suerte de tener que enfrentar los acontecimientos más graves, sino que con su desempeño no ha conseguido que lo fueran menos.
Ceuta no es por eso una excepción y únicamente confirma la incapacidad de un ejecutivo conformado con la única intención de dar arropamiento político a un régimen personalista con aspiraciones autocráticas. En su práctica totalidad se compone de arribistas con escasa formación y nula experiencia de gestión que miran a la dura realidad como las vacas miran al tren, y que responden a sus exigencias con la inseguridad y las falencias que impone su desconocimiento.
Lo que hace que, en esta ocasión, todo vaya a ser aún peor es que la tragedia ha sido en gran medida provocada por un régimen que ya está en su fase terminal y que tiene sus órganos, infectados por multitud de agentes nocivos (como la hidra marroquí), hediendo a descomposición. Los servicios públicos y en general la administración están deteriorándose a pasos acelerados, y el no tener presupuestos obliga a un parcheo que se manifiesta completamente insuficiente; las instituciones y organismos de control no ejercen sus funciones y solo responden al interés de supervivencia del líder; el Estado español ya está prácticamente erradicado en Cataluña y el País Vasco y solo se le reclama para exprimirle o reclamarle el trato de favor.
Por eso en Ceuta no se puede esperar que sus actuaciones vayan a ser mejores que aquellas a las que nos tienen acostumbrados; sino que, al contrario, se están reproduciendo los mismos patrones: error en el diagnóstico, impericia e incapacidad en la gestión, falta de transparencia y priorización del relato. De hecho, con la consideración de la invasión como una simple crisis migratoria y humanitaria (como ha quedado vergonzosamente certificado en el Decreto Presidencial del miércoles), se renuncia a intentar normalizar rápidamente la vida de los ceutíes y se condena a toda la ciudad a convertirse en un CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes).
Ya es un sálvese quien pueda, y los esfuerzos no son por arreglar el problema, sino por intentar salvar la cara. Mónica García, aprovechando que ayer era su santo, apareció en el Congreso e intentó justificar su inacción y ocultar su falta de autoridad y de liderazgo, enredándose en retruécanos entre el colapso y el sobresfuerzo. Y Félix Bolaños, con un extra de altivez, soberbia e incluso chulería, intentó convencernos de que Sánchez ha trabajado este mes de agosto en La Mareta más que el camarero de un chiringuito.
El presidente ahora sobreactúa y manda ministros a Ceuta o al Congreso como Hitler enviaba al frente ruso divisiones que ya no existían. Más valdría que se estuviera tranquilito, porque son como los palmetazos de un ahogado que, escenificando su hundimiento, no consiguen sino llamar la atención y la codicia de los enemigos. ¡Dios mío, y todavía nos queda aguantar así un año!
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