Opinión

Ceuta: creer que el CNI no sabía nada exige mucha fe

Hay historias que, sencillamente, no caben en la inteligencia de un ciudadano medio. Y luego está España, donde el Gobierno pretende que uno crea que decenas de miles de personas pueden concentrarse durante horas en las playas de Castillejos, cruzar una frontera europea a plena luz del día, convertir Ceuta en el escenario de la mayor crisis migratoria de nuestra historia reciente… y que nadie en el Centro Nacional de Inteligencia viera venir nada. Ni una llamada. Ni una nota. Ni un aviso. Nada. Como si el CNI fuera una comunidad de vecinos sin portero automático.

Fernando Grande-Marlaska ha manifestado: «No hubo ningún informe ni ningún aviso». Ni ahora, dijo, ni en la crisis de 2021. La frase tiene la contundencia de las declaraciones que suelen perseguir a quienes las pronuncian. Porque obliga a elegir entre dos explicaciones. O el CNI sufrió el mayor fracaso operativo de su historia moderna, o alguien decidió que era mejor contar una versión política antes que explicar cómo funcionan realmente los servicios de inteligencia. No parece haber demasiadas opciones intermedias.

Y conviene recordar de qué estamos hablando. No de una oficina burocrática cualquiera. No de un ministerio donde se extravían expedientes entre montañas de papel. Hablamos del heredero del SECED, del viejo CESID y del actual CNI, un organismo que lleva medio siglo observando, infiltrando, analizando y anticipando cuanto ocurre en el Mediterráneo occidental. Un servicio cuya prioridad estratégica desde los años ochenta ha sido precisamente el Magreb, Marruecos, el Sahel, el terrorismo y las amenazas híbridas procedentes del sur.

El espionaje español no nació ayer. Nació en los despachos del franquismo, evolucionó durante la Transición y alcanzó su madurez bajo nombres que hoy forman parte de la historia reservada del Estado. José María Bourgón. Gerardo Mariñas. Emilio Alonso Manglano, probablemente el gran arquitecto del CESID moderno. Félix Miranda. Javier Calderón. Jorge Dezcallar. Alberto Saiz. Félix Sanz Roldán. Paz Esteban. Esperanza Casteleiro. Gobiernos distintos. Presidentes distintos. Pero una misma obsesión: saber antes que nadie qué está ocurriendo al otro lado del Estrecho. Porque para eso existe un servicio de inteligencia.

Fernando Rueda lo contó hace más de treinta años en La Casa. Aquel libro que casi leí de un tirón y que abría de par en par una ventana a un mundo que España prefería no mirar. Allí aparecían los «pajaritos», aquellos sofisticados sistemas de interceptación que Estados Unidos facilitó al CESID durante la Guerra Fría. Escuchaban teléfonos cuando aún media España creía que pinchar una línea era cosa de películas americanas. Mientras la opinión pública discutía sobre fútbol o política, los hombres de La Casa ya manejaban tecnología que parecía ciencia ficción.

Después llegaron los satélites, la inteligencia electrónica, los drones, las escuchas digitales, la cooperación con la CIA, el MI6 británico, la DGSE francesa, el BND alemán y prácticamente todos los grandes servicios occidentales. El CNI terminó convirtiéndose en una organización pequeña en tamaño, sí, pero extraordinariamente respetada en los círculos internacionales por su conocimiento del norte de África y por su capacidad para combatir el terrorismo yihadista.

No existe un ranking oficial de los mejores servicios secretos del mundo. Pero si uno pregunta discretamente en Bruselas, en París o en Washington, nadie coloca al CNI entre los aficionados. Y aquí empieza la novela.

Mientras España asegura que nadie sabía nada, Marruecos movía sobre el Estrecho sus satélites militares Mohamed VI-A y Mohamed VI-B. Tecnología francesa. Resolución suficiente para seguir despliegues militares, movimientos de vehículos y concentraciones humanas. Según distintas informaciones, ambos realizaron numerosas pasadas sobre la zona durante los días previos y posteriores a la crisis. Uno de ellos habría sobrevolado la vertical de Ceuta precisamente cuando miles de personas se concentraban antes de lanzarse al agua.

Cuesta creer que un país capaz de vigilar con satélites una frontera conozca mejor lo que ocurre en territorio español que los propios organismos españoles encargados de vigilarla.

Porque una invasión migratoria de esas dimensiones no aparece espontáneamente, como una tormenta de verano. Requiere organización. Movimientos. Rumores. Comunicaciones. Redes sociales. Desplazamientos. Concentraciones. Decisiones administrativas. Órdenes políticas. En inteligencia existe un concepto muy sencillo: los indicadores previos. Toda operación relevante deja señales. La cuestión nunca es si existen. La cuestión es quién sabe interpretarlas.

Por eso el verdadero debate quizá no sea si el CNI obtuvo información. Lo razonable es pensar que un servicio cuya prioridad estratégica lleva décadas siendo Marruecos y el Magreb recopilara indicios, evaluaciones o escenarios de riesgo. La pregunta importante es otra: ¿qué ocurrió con esa información? ¿Cómo circuló? ¿Cómo se valoró? ¿Quién tomó las decisiones? ¿Qué responsabilidad correspondía al ámbito político y cuál al técnico? Es ahí donde reside el interés público.

Porque Pedro Sánchez tiene una curiosa habilidad política: siempre parece ser el último en enterarse de todo y a veces, de no coger el teléfono, como asegura el presidente de Ceuta, Vivas Lara. Así, no sabía del espionaje con Pegasus. Del caso Koldo. De Ábalos. De Santos Cerdán. De las crisis internas de su propio partido. De Zapatero y sus joyas, de su hermano y dónde trabajaba o dónde no. De su mujer y sus cátedras. Y ahora resulta que tampoco nadie sabía que Marruecos preparaba una presión migratoria sin precedentes sobre Ceuta.

Mientras tanto, el Ministerio del Interior niega cualquier aviso. Defensa guarda silencio. Y el CNI, como corresponde a un servicio secreto, no habla. Nunca habla. Ni para defenderse ni para desmentir.

Y tal vez por eso la versión oficial resulta tan difícil de encajar. No porque existan pruebas públicas de que el CNI conociera todos los detalles de lo que iba a ocurrir, sino porque cuesta imaginar que un servicio con décadas de experiencia, especializado precisamente en Marruecos, conectado con las principales agencias occidentales y dotado de capacidades técnicas de primer nivel, no detectara ninguna señal de una crisis que acabaría viendo el mundo entero.