Los catalanes
Los catalanes —que no son Rufián, aunque a veces Rufián parezca querer ser todos los catalanes— vuelven a estar en el centro del teatro nacional, que es un teatro con goteras, tramoyistas fatigados y un apuntador que susurra «resistir» desde la cúpula de La Moncloa.
Gabriel Rufián, que un día agitaba urnas fake como si fueran relicarios de la nueva fe republicana, ahora quiere capitanear la izquierda española, así, en general, como si la izquierda fuese un barco y él el almirante con chaqueta ajustada en el plató del Congreso. El nuevo emperador de la causa social. El revolucionario que descubre, de pronto, que España también existe cuando conviene existir en ella, es decir, para garantizar el puesto de trabajo.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en que las fronteras eran emocionales y la patria se medía en decibelios parlamentarios, de esos grandes políticos de la transición que ahora, visto lo visto, tanto añoramos. Ahora el mismo orador que celebraba el desafío como gesto épico parece preocupado por la vivienda en Albacete y el salario en Almería –y nos lo queríamos perder–. Es enternecedor este súbito españolismo doméstico, este afán por ser influencer de lo común después de haber sido apóstol de la ruptura con España, sí, ruptura con España. Menudo tinglado.
ERC, mientras tanto, parece haber extraviado la brújula en algún despacho alfombrado. Esto es ya para alucinar, porque algunos hemos creído haberlo visto todo. Hablan de justicia social, de economía, de derechos, pero siempre hay una cláusula invisible que señala al nordeste; ¡hay que joderse!, con perdón. La política española se ha convertido en una subasta sentimental donde cada cual defiende el interés general empezando por el particular. Y eso, claro, acaba por notarse.
En la otra esquina del cuadrilátero de la extrema izquierda, Mónica García y Yolanda Díaz administran sus siglas como quien reparte espejos: Sumar, Más Madrid, la suma de lo mismo con distinto logotipo. La hegemonía es una palabra larga que no admite demasiados capitanes, y en ese tablero Rufián juega a ser imprescindible, aunque la partida no siempre se juegue en Barcelona.
Junts, que podría ejercer de partido bisagra con vocación de Estado, continúa orbitando alrededor de una amnistía que suena a prólogo de regreso. Puigdemont quiere volver a reinar en su paisaje, como si la política fuese una novela por entregas y el lector nunca se cansara del mismo argumento.
Y en Madrid, Pedro Sánchez persevera en el arte de resistir, que ya es un género literario propio. Europa ya ni le invita a los brindis discretos, ni a las fotografías de pasillo –por si sale a por algún mandatario como con Biden, ¿recuerdan?—.
Y ahí está Bildu… observa. El PNV calcula. El PSOE administra el desgaste y el caos. Y aparece Patxi López como figurante solemne en este retablo donde todos invocan la patria —la española, la catalana, la que toque— según convenga al guion del día. Pero aparece para cargar contra Felipe González. Pero esa guerra la tiene perdida con los españoles; les conocemos a los dos y él no es nadie, en realidad nunca lo ha sido. Caso similar es el de Óscar López, que, teniendo en cuenta que pactan con Bildu y que aquellos –ni siquiera sus muertos– parece preocuparles, les va a preocupar Lambán –vamos, hombre, no seamos ingenuos–.
Y volviendo a Rufián, lo ridículo no es que existan ambiciones. Lo ridículo es el disfraz permanente. Y mientras tanto, los catalanes —los de verdad, los que trabajan, pagan hipotecas, votan o no votan, dudan o callan— siguen siendo algo más complejo que sus portavoces. No son emperadores ni caballos de Troya. Son ciudadanos y una buena mayoría españoles.
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