Calor, calor y más calor…
Calor, calor y más calor… Hace años el mes de junio era primaveral, pero de un tiempo a esta parte, con el cambio climático, la segunda quincena de junio, julio, agosto y algunos días de septiembre el calor es sofocante. Si a las altas temperaturas veraniegas añadimos las dificultades que los miles de turistas acarrean cuando invaden nuestras carreteras, playas, cafeterías, restaurantes, etc… apaga y vámonos.
El verano, que antes era una delicia constante, ahora se ha vuelto un calvario definitivo. La gente se va de vacaciones para pasarlo bien y resulta que sólo disfruta el placer de no acudir al trabajo diario, porque todo lo demás, como el IVA, son inconvenientes añadidos. La isla de la calma, como la describió el pintor y escritor catalán Santiago Rusiñol, que la descubrió durante la primavera de 1893 y en esa primera visita a Mallorca quedó seducido por una isla que le ofrecía valiosas fuentes de inspiración, ha pasado a mejor vida, perdón, a peor vida y lo que antes era calma y sosiego, ahora es estrés, ansiedad, mal humor y desastres continuos. Santiago, estés donde estés, te digo: de lo que en su día tuviste el placer de ver y apreciar ya no queda absolutamente nada.
Repito, nada de nada de nada y, por desgracia nuestra, los pocos mallorquines que todavía seguimos viviendo en la isla tenemos que entendernos en catalán, inglés, alemán y latino. Como ves, así estamos, el mallorquín y el castellano prácticamente no existen y callando que es gerundio, porque si hablas te tratan de anticuado, pasado de moda e inculto. Ver, oír y callar…
Seguimos: es evidente que lo que para unos es una contrariedad, para otros es una ganancia y así vivimos todos, unos haciendo su agosto, nunca mejor dicho, y otros remugando y pasándolo mal. Me explico: unos bien, otros regular y los más numerosos mal o muy mal. Yo soy de los que pienso que la economía de una nación, de una ciudad o de un pueblo es muy importante para el bien común y el turismo nos proporciona este bienestar económico, pero también opino que todo tiene un límite y este límite se nos fue de las manos hace un montón de años.
En verano las carreteras están saturadas de coches de alquiler y en las playas ya no quedan sitios para extender la toalla. Si a esto le unimos el calor asfixiante con temperaturas que casi alcanzan los 40 grados, que venga el invierno ya. Bañarse, que antes era una delicia, hoy es muy complicado: cuesta mucho tiempo (carreteras a tope), cuesta mucho dinero (ir a comer en una cafetería, con los precios por las nubes, no está al alcance de la mayoría de bolsillos) y muchos enfados en general (al haber tanta gente por todas partes, las discusiones están a la orden del día) y si no podemos bañarnos porque todo son inconvenientes, pues nos fastidiamos y pasamos calor, calor y más calor…
Y como decía antes, a la isla sólo le queda el nombre, ya que la calma y todo lo demás, por desgracia nuestra, se ha ido a tomar… y nunca más volverá. Como dice Laura Pausini: «Se fue».
¡Esto es lo que hay!
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