Aldama los trae de cabeza
Uno a uno. Al que habla le tapa la boca. Tirando de whatsapp y lo que venga. La última afectada por el huracán Aldama ha sido la pobre Reyes Maroto –¿qué ha visto Sánchez en esta criatura para llevarla a tales altares políticos?–. Habló un miércoles sobre la «inexistencia de pruebas» y el jueves inmediato la ordinary people tuvo la opostunidad de descangallarse de risa al conocer los mensajes que mandaba al «querido Víctor» por cuestiones varias, entre ellas, para pedir al corruptor ayuda para ir en la lista del PSOE por Madrid.
Supongo que el juez que atiende el caso habrá tomado buena nota y pedirá al Tribunal Superior de Justicia de Madrid permiso para interrogar a la gran perdedora en cualquier elección a la que se presenta. Conocí a Maroto en un almuerzo colectivo nada más nombrarla Sánchez ministra y, francamente, me pareció de tan escaso pelaje intelectual y de preparación técnica (ni más ni menos que pusieron en sus manos la primera industria nacional, el turismo) que me asombró el hecho de que alguien pudiera sentarla en la mesa del Consejo de Ministros.
Lo único destacable que pude observar (tras el paso del tiempo no me equivoqué) es que se tenía en muy alta estima y era una devota radical de todo lo que representaba el partido, una especie de secta e iglesia para ella.
No es la única que termina la semana con jaqueca por mor de Víctor de Aldama. Ahí anda la ultranacionalista for Països Catalans Francina Armengol, la peor presidenta que ha tenido el Congreso de los Diputados en toda su historia (dificultades para el dominio del castellano, más allá de su sectarismo confeso) que dijo desconocer a Aldama y resulta que hasta le mandaba besitos. Luego argumentó que podía haber hablado pero nunca de negocios y mascarillas. Y le pidió, incluso, mascarillas infantiles. Una jeta mentirosa y asustada en estado puro.
Definitivamente, las pruebas demuestran que Víctor de Aldama transitaba por el poder sanchista, el partidario y el institucional, como si fuera ministro e, incluso, algo más. El resto son paqueiradas de gentes que compadrearon (y se beneficiaron) de la corrupción.
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