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Exposiciones en Madrid

Ana Juan convierte CentroCentro en su gabinete de maravillas

Hay artistas que pasan la vida afinando una misma voz. Ana Juan es una de ellas. Sin embargo, en Wunderkammer, la exposición que puede verse en la planta 5 de CentroCentro entre el 29 de enero y el 3 de mayo de 2026, esa voz conocida se abre, se ramifica y se deja oír desde ángulos inesperados. No es una retrospectiva ni un escaparate de éxitos: es un territorio nuevo, creado expresamente para este espacio, donde la dibujante valenciana se enfrenta a su propio imaginario y lo convierte en un lugar habitable.

CentroCentro apuesta con esta muestra por una lectura menos cómoda de la ilustración. Aquí no hay nostalgia ni revisión amable del pasado. Lo que se propone es un recorrido por un universo en construcción, lleno de fisuras, criaturas extrañas y escenas que parecen sacadas de un sueño que todavía no ha terminado de ordenarse.

Un espacio para pensar con imágenes

La palabra alemana Wunderkammer remite a los gabinetes de maravillas del Renacimiento, aquellas habitaciones donde se reunían objetos imposibles de clasificar. Ana Juan recoge esa tradición y la traduce al lenguaje del dibujo contemporáneo. El resultado no es un archivo, sino un mapa mental.

Cada pieza funciona como una estación dentro de un recorrido sin instrucciones. Hay seres que se observan desde la distancia, figuras que se repliegan sobre sí mismas, escenas que parecen suspendidas en mitad de una transformación. No hay cartelas que lo expliquen todo ni relatos cerrados. La exposición confía en que el visitante complete las historias con su propia mirada.

Del trazo al volumen

Aunque el dibujo sigue siendo el centro de gravedad del proyecto, la exposición va más allá del papel. A lo largo del recorrido aparecen obras que se desbordan hacia la escultura y la animación, como si el trazo necesitara ocupar el espacio para terminar de decir lo que tiene pendiente.

Ese tránsito revela una de las claves del trabajo de Ana Juan: su capacidad para mantener una coherencia visual incluso cuando cambia de soporte. La línea sigue siendo reconocible, pero se adapta, se estira, se fragmenta. El virtuosismo técnico está ahí, pero no se impone. Funciona como una herramienta al servicio de algo más incómodo: la necesidad de ordenar, aunque sea de manera provisional, un mundo caótico.

La ilustración como territorio expandido

Durante años, el nombre de Ana Juan ha estado ligado al ámbito editorial. Portadas, libros ilustrados, colaboraciones internacionales. Wunderkammer no niega ese pasado, pero lo desplaza. Aquí la ilustración deja de ser un producto para convertirse en un proceso visible.

La artista se permite dudar, tantear, abrir líneas de trabajo que no buscan un resultado definitivo. De ahí que la muestra tenga algo de laboratorio y algo de confesión pública. Se asiste al nacimiento de imágenes que todavía no saben qué serán, y eso, en un contexto expositivo, resulta tan raro como estimulante.

Una experiencia que no se deja domesticar

No es una exposición complaciente. Hay belleza, sí, pero también incomodidad. Algunas figuras inquietan, otras despiertan una ternura difícil de explicar. Ese vaivén entre atracción y desasosiego mantiene al espectador alerta, obligado a negociar constantemente su relación con lo que ve.

Ese juego de tensiones convierte a Wunderkammer en una de las propuestas culturales más singulares del invierno madrileño. No está pensada para recorrerla deprisa ni para acumular fotos. Exige tiempo, silencio y una cierta disposición a perderse.

CentroCentro y la apuesta por el riesgo

Que esta exposición se celebre en CentroCentro no es casual. El espacio ha ido construyendo una identidad basada en proyectos que no buscan el aplauso fácil. La planta 5, con su amplitud y su luz particular, se convierte aquí en un escenario que potencia la sensación de estar dentro de otro mundo, lejos del ruido del Palacio de Cibeles que se queda al otro lado de las paredes.

Durante más de tres meses, hasta el 3 de mayo, el público tendrá ocasión de visitar esta muestra que, sin grandes alardes, propone algo cada vez más escaso: una experiencia artística que no se agota al salir por la puerta.

Una invitación a mirar de otra manera

Wunderkammer no promete respuestas. Ofrece preguntas. Sobre la identidad, sobre la memoria, sobre la fragilidad de las formas que creemos estables. Ana Juan no impone su universo; lo deja abierto, esperando que alguien lo complete con su propia historia.

En un momento en el que muchas exposiciones parecen diseñadas para el consumo rápido, esta se permite el lujo de ser lenta, irregular y a veces desconcertante. Y precisamente por eso merece la pena. Porque salir de CentroCentro después de recorrer este gabinete secreto no deja la sensación de haber visto algo, sino la de haber estado en un lugar que sigue creciendo en la cabeza mucho después de haberlo abandonado.