Investigadores españoles descubren por casualidad que los zorros, ciervos y linces de Chernóbil están cambiando sus costumbres por culpa de la guerra
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La zona de exclusión de Chernóbil se ha convertido en las últimas décadas en uno de los mayores refugios de fauna silvestre de Europa. La invasión rusa de Ucrania en 2022 alteró de golpe ese equilibrio. Un estudio internacional comprobó que zorros, ciervos y linces cambiaron sus costumbres durante la ocupación militar.
El trabajo, liderado por la Universidad de Friburgo (Alemania) y con participación de la Estación Biológica de Doñana, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), es el primero en el mundo que analiza los efectos de un conflicto armado sobre la biodiversidad antes, durante y después del combate.
El hallazgo llegó casi por casualidad. El equipo tenía una red de cámaras trampa instalada desde antes de la guerra y aprovechó ese material para observar cómo respondían los animales a los bombardeos, el fuego y los vehículos militares. Los resultados se publicaron en la revista científica Science en junio de 2026.
La guerra en Ucrania cambió el comportamiento de la fauna de Chernóbil
La respuesta varió según la especie. Los zorros y los ciervos redujeron su actividad nocturna en comparación con el mismo periodo del año anterior, como reacción al aumento de la intensidad del conflicto. Fue lo contrario de lo que los investigadores esperaban encontrar.
«En un principio, supusimos que, como respuesta a las perturbaciones provocadas por el conflicto armado, los animales se volverían más nocturnos y vigilantes, y evitarían los lugares con presencia humana constante», explica Svitlana Kudrenko, investigadora de la Universidad de Friburgo y primera autora del estudio.
Sin embargo, ese patrón no encajaba con todas las especies. Mientras algunos animales se volvían más cautelosos, otros modificaron sus rutinas de formas que el equipo no había anticipado. La brevedad de la ocupación, de apenas 35 días, impide extraer patrones definitivos, pero las alteraciones inmediatas fueron claras.
Un experimento científico en plena invasión rusa
La zona de exclusión, un área restringida de unos 30 kilómetros de radio alrededor de la central nuclear, quedó abandonada tras el accidente de 1986. Desde entonces funciona como un laboratorio natural de restauración ecológica y ha permitido el regreso de especies como el oso pardo o el lince euroasiático.
«La escasa población humana en la zona ha favorecido el aumento de las poblaciones de fauna silvestre», señala Kudrenko.
En enero de 2021, un año antes de la ocupación, se había iniciado un proyecto de seguimiento del lince euroasiático mediante cámaras trampa. Las fuerzas rusas ocuparon el territorio entre febrero y abril de 2022 y lo usaron como corredor hacia Kiev, con bombardeos, incendios y desplazamiento de vehículos militares.
Meses después, el equipo recuperó los datos de 31 cámaras gracias a las Fuerzas Armadas de Ucrania, que despejaron y aseguraron el terreno. El suelo escondía minas antipersona que causaron la muerte de al menos tres caballos de Przewalski, una especie reintroducida en la zona en los años 90.
«Además de nuestro proyecto de investigación original, también pudimos investigar lo que hasta entonces solo se había estudiado en zonas de entrenamiento militar», afirma Marco Heurich, coautor del estudio e investigador de la Universidad de Friburgo.
Respuestas diferentes según la especie animal en la zona de exclusión
El equipo analizó el comportamiento de once especies de mamíferos. Los corzos redujeron sus apariciones durante los periodos de mayor intensidad militar, mientras que las liebres aumentaron su presencia en las fases de anomalías térmicas asociadas a los incendios forestales. Ambas reacciones reflejan la sensibilidad de la fauna silvestre al estrés.
Durante la ocupación, varias especies podrían haber pasado de ver a los humanos como una molestia a considerarlos una amenaza letal, comparable a la de sus depredadores naturales, con posibles consecuencias ecológicas y evolutivas a largo plazo.
No todos los animales evitaron los asentamientos humanos. Los jabalíes y los perros mapache tendieron a apartarse de ellos, pero los zorros y los linces aparecían con más frecuencia cerca de esos lugares, un indicio de que los aprovechaban como fuente de recursos.
Una dimensión poco estudiada de los conflictos armados
El equipo advierte de que lo observado podría ser solo una parte del impacto real. Una guerra prolongada podría provocar cambios más profundos en el uso del hábitat, en la dinámica de las poblaciones y en la estructura de las comunidades animales.
«Desde la invasión rusa, Chernóbil ha pasado de ser un caso singular de restauración pasiva en ausencia de humanos a una zona de intensa actividad militar, donde la investigación está muy limitada», explica Nuria Selva, investigadora de la Estación Biológica de Doñana y coautora del estudio.
Selva reclama reforzar el apoyo a los científicos que trabajan en territorios en conflicto y pide dar continuidad a iniciativas como SAFE, que financia a investigadores en riesgo por persecución o violencia para que sigan su labor en instituciones europeas. «La guerra en Ucrania no ha terminado», recuerda la investigadora.
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