En 1997 reintrodujeron 1.541 alces en una región donde llevaban 120 años extintos: 29 años después, la manada se ha desbordado y supera los 13.000 ejemplares
En el sureste de Kentucky, en Estados Unidos, un programa de recuperación de fauna ha conseguido que los alces vuelvan a recorrer unos montes donde desaparecieron en el siglo XIX.
La iniciativa arrancó en 1997 y aprovechó un paisaje inesperado: antiguas minas de carbón a cielo abierto. Casi tres décadas después, la población supera los 13.000 ejemplares.
De la extinción local a una población de más de 13.000 alces
La historia comenzó mucho antes de las primeras liberaciones. La caza intensiva y la transformación de los bosques redujeron progresivamente las poblaciones de alces de los montes Apalaches hasta provocar su desaparición regional. La recuperación de estos grandes herbívoros se convirtió en uno de los proyectos de restauración de fauna más destacados del este estadounidense.
El Departamento de Pesca y Recursos de Vida Silvestre de Kentucky puso en marcha el programa en diciembre de 1997. El primer día liberaron siete animales en terrenos mineros recuperados del sureste del estado. Durante los cinco años siguientes, las autoridades y las organizaciones colaboradoras soltaron alrededor de otros 1.500 ejemplares en distintos puntos.
El balance superó las expectativas iniciales. La Rocky Mountain Elk Foundation, organización dedicada a la conservación del hábitat y los alces, documentó el crecimiento de esta población, que se ha convertido en la mayor manada silvestre de la especie al este de las Montañas Rocosas.
¿Por qué las antiguas minas de carbón favorecieron su expansión?
El crecimiento de la población de alces en Kentucky se explica, en parte, por la combinación de praderas abiertas y bosques. Aunque la minería a cielo abierto transformó profundamente el paisaje, la rehabilitación de algunos terrenos creó espacios con abundante vegetación herbácea que estos animales aprovechan para alimentarse.
Las praderas proporcionan hierba y otras plantas, mientras que los bosques cercanos ofrecen cobertura y zonas de refugio. Esta combinación de ambientes favorece la disponibilidad de alimento y permite a los alces utilizar distintos espacios según sus necesidades.
El clima también ha contribuido al éxito del programa. Los inviernos relativamente suaves y la escasez de grandes depredadores en la zona favorecen la supervivencia de los ejemplares.
La combinación de alimento, refugio y condiciones ambientales adecuadas ayuda a explicar por qué la población ha crecido hasta superar el objetivo inicial de 10.000 animales.
El regreso de los alces no significa recuperar la especie original
La recuperación de Kentucky tiene un matiz biológico importante. Los animales que viven actualmente en sus montes no pertenecen a la misma subespecie que desapareció de la región. El alce oriental se extinguió, mientras que el programa introdujo ejemplares de wapití de las Montañas Rocosas (Cervus canadensis nelsoni).
Aunque ambos presentan semejanzas visibles, esta diferencia impide considerar el proyecto una recuperación exacta de la población histórica. Se trata, más bien, de establecer una población de una subespecie emparentada en un territorio donde los alces habían desaparecido.
Además, las praderas de las antiguas minas no equivalen a los ecosistemas naturales originales. La rehabilitación puede generar recursos para la fauna, pero no elimina todos los efectos de la actividad extractiva ni garantiza la misma diversidad vegetal que ofrecía el paisaje antes de la explotación.
Una recuperación que también plantea nuevos retos
El aumento de la población ha favorecido otras iniciativas de conservación en el este de Estados Unidos. Kentucky se ha convertido en una referencia para programas de reintroducción y ha contribuido a extender el interés por recuperar estos animales en otros territorios de los Apalaches.
La presencia de alces impulsa el turismo de observación y la actividad cinegética regulada, dos fuentes de ingresos vinculadas a la fauna. No obstante, el crecimiento de la manada exige gestionar el hábitat, vigilar su distribución y compatibilizar la conservación con otros usos del suelo.
El principal desafío consiste en mantener poblaciones viables a largo plazo sin perder de vista la calidad de los ecosistemas.