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El restaurante de Madrid con 200 años de historia con el mejor cocido de la capital, el paraíso donde cenó el Papa León XIV

restaurante Madrid Papa Leon XIV
Blanca Espada

Madrid vivió a comienzos de junio una de esas visitas que dejan huella más allá de lo institucional. Durante varios días, entre el 6 y el 9 de junio, el Papa León XIV estuvo en la capital participando en distintos actos, algunos de ellos bastante multitudinarios, aunque otros fueron más íntimos, como su cena de la mano de uno de los restaurantes más emblemáticos de la capital donde además se sirve el mejor cocido de todos.

La cena se celebró el domingo 8 de junio en el Palacio Episcopal, en el barrio de los Austrias, pocas horas después del acto que el Pontífice había protagonizado en el Movistar Arena. Fue una velada pensada al detalle, no sólo como una comida, sino como una forma de enseñar al Papa una parte muy concreta de la identidad cultural española. Detrás de ese menú estaba uno de los restaurantes más históricos de Madrid, con casi dos siglos de trayectoria y una cocina muy ligada a la tradición. Un nombre que, para muchos, sigue siendo sinónimo como decimos, de cocido, de salones clásicos y de una forma de entender la restauración que apenas ha cambiado con el paso del tiempo.

El restaurante de Madrid en el que estaba el Papa León XIV

La propuesta gastronómica no fue improvisada. La Real Academia de Gastronomía diseñó un recorrido por algunos de los productos y recetas más reconocibles del país, buscando ese equilibrio entre tradición y calidad que pudiera representar bien la cocina española ante una figura como el Papa. La cena comenzó con una selección de aperitivos donde no faltaron referencias claras a la despensa nacional. Se sirvió jamón ibérico, croquetas de cocido (uno de los guiños más directos a la cocina madrileña) y salmón ahumado, en una combinación que mezclaba producto clásico con elaboraciones muy reconocibles.

A partir de ahí, llegaron platos que forman parte del imaginario gastronómico del país, como el gazpacho o la ensaladilla, elaborados con materia prima de distintos puntos de España. Como principal, el equipo apostó por un pescado del Cantábrico, manteniendo esa idea de mostrar variedad sin perder coherencia. El cierre fue uno de los grandes símbolos del restaurante: su soufflé, una receta que forma parte de la casa desde sus orígenes y que sigue elaborándose prácticamente igual que hace décadas.

Una cena breve, cercana y con protagonismo del producto

La velada se desarrolló en un ambiente bastante contenido, sin alargarse más de lo necesario. Comenzó tras el acto en el Movistar Arena y terminó en torno a las 21:30, con un servicio en el que participaron cerca de una veintena de profesionales. Más allá del menú, uno de los aspectos que más se destacó fue la actitud del Papa, que se mostró cercano con el equipo y quiso saludar personalmente a los trabajadores que habían participado en la cena. Un gesto sencillo, pero muy comentado después.

También hubo protagonismo para los vinos, todos ellos procedentes de Castilla y León, reforzando esa idea de construir un menú con identidad propia. La selección incluyó referencias de León y Bierzo, en línea con el resto de la propuesta.

Un restaurante con casi dos siglos de historia en Madrid

El encargado de dar forma a toda la cena fue Lhardy, uno de los restaurantes más emblemáticos de la capital. Fundado en 1839 en la Carrera de San Jerónimo, ha sido durante generaciones un punto de encuentro para la vida política, cultural y social de Madrid. Sus salones han pasado por todo tipo de etapas, pero han mantenido una seña de identidad muy clara:, que es la cocina basada en la tradición, con platos que han sobrevivido al paso del tiempo. Entre ellos, el cocido madrileño, que sigue siendo una de sus grandes referencias y uno de los motivos por los que muchos clientes siguen acercándose hasta allí.

Y en los últimos años, el restaurante ha cambiado de manos, pero ha mantenido esa esencia que lo convierte en un lugar reconocible dentro de la ciudad. No es sólo un sitio donde comer, es también una parte de la historia de Madrid.

 

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El valor simbólico de la elección

Que la Real Academia de Gastronomía apostara por este restaurante no fue casual. La elección tenía un peso simbólico claro, que era el de mostrar una cocina que forma parte de la identidad del país, apoyada en recetas conocidas, producto de calidad y una larga trayectoria. No se trataba de sorprender con propuestas innovadoras, sino de enseñar lo que ya existe y funciona, lo que lleva décadas formando parte de la cultura gastronómica española, así que en ese sentido, la cena fue algo más que un encuentro puntual en el Palacio Episcopal, sino que sirvió para configurar una mesa en la que, durante unas horas, la tradición, el producto y la historia se sentaron juntos.

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