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La maldición de la Casa de los Lujanes: los oscuros secretos y muertes repentinas que rodearon al palacio medieval más antiguo de Madrid

La maldición de la Casa de los Lujanes es uno de los grandes misterios de la historia de España. Lo vemos aquí.

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  • Francisco María
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Si paseas por la plaza de la Villa un martes cualquiera al caer la tarde, la mirada se te va casi sola hacia esa torre de ladrillo y mampostería que rompe la monotonía del conjunto. La Casa de los Lujanes es, con bastante diferencia, el testimonio civil más antiguo que nos queda en el Madrid de los Austrias. Levantada a mediados del siglo XV por una familia aragonesa que pisaba fuerte en la villa, la mayoría la recuerda por haber sido la celda improvisada de Francisco I de Francia tras el desastre de Pavía en 1525.

Pero si rascamos un poco bajo la pátina gótico-mudéjar de sus muros, salta rápido otra historia menos oficial. Crónicas antiguas, cartas olvidadas y el murmullo de los mentideros de la época fueron alimentando una fama oscura de muertes repentinas, pleitos ruinosos y tragedias familiares que persiguieron a la estirpe fundadora. Lo que en Madrid se conoció durante siglos como la maldición de los Lujanes.

El ascenso de un linaje y los cimientos del palacio

Para entender cómo se fragua una leyenda de este calibre hay que mirar al Madrid bajomedieval. Los Lujanes no eran de aquí, venían de Aragón, pero se adaptaron a la política castellana con una rapidez pasmosa. Acumularon tierras, cargos en el concejo y un peso económico envidiable. Pedro de Luján, a quien llamaban el Viejo, quiso plasmar ese poderío levantando un caserón que dejara pequeños a los demás.

La torre exenta fue una provocación en toda regla. Desafiaba abiertamente las ordenanzas municipales sobre fortificaciones privadas y levantó ampollas entre las grandes familias patricias de la villa, como los Vargas o los Zapata.

En los callejones no tardó en correr el rumor de que los cimientos se apoyaban sobre antiguos pasadizos y estructuras subterráneas del Madrid musulmán donde se habrían practicado cultos proscritos. Las malas lenguas vaticinaron muy pronto que semejante soberbia terminaría pagándose cara.

La prisión del rey francés y el eclipse de los Lujanes

El punto de inflexión histórico ocurrió en 1525, cuando Carlos V mandó traer a Madrid a su prisionero más ilustre. El monarca francés Francisco I, derrotado y humillado en Pavía, pasó semanas recluido en la estancia superior de la torre antes de que lo trasladaran a las dependencias del Alcázar.

Aquella estancia real dejó un rastro amargo. Enfermo, sumido en fiebres continuas y devastado por el encierro, se cuenta que el rey galo escupió bastantes maldiciones contra la torre y sus carceleros.

Casualidad o no, a partir de ese momento la suerte de los Lujanes dio un vuelco dramático. Los herederos principales empezaron a morir de forma prematura en la plenitud de la vida. A eso se sumaron litigios encarnizados por las herencias que devoraron la fortuna familiar en minutas de abogados y procuradores.

En cuestión de un par de generaciones, la estirpe que había manejado los hilos de Madrid perdió sus hombres fuertes, se arruinó y terminó vendiendo la propiedad por partes para liquidar deudas.

Fenómenos inexplicables y pasadizos bajo la plaza de la Villa

A lo largo de los siglos XVII y XVIII el edificio fue perdiendo su empaque señorial. Pasó por mil manos y sirvió casi para cualquier cosa: desde oficinas administrativas y archivo hasta casa de vecinos con pisos alquilados a particulares. Fue en esa etapa cuando los relatos sobre cosas raras en su interior se dispararon entre la gente del barrio.

Serenos, criados y vecinos hablaban de crujidos raros a deshoras en el maderamen de la torre, sombras recortadas en galerías a oscuras y pisadas pesadas que recordaban a las de un convaleciente arrastrando los pies. La imaginación popular lo tuvo claro: era el fantasma del rey francés que seguía vagando por allí, o tal vez los espíritus de antiguos sirvientes caídos en los túneles del sótano.

Los pasadizos

Esos pasadizos subterráneos no eran un invento. Las obras y catas arqueológicas posteriores confirmaron que el caserón conectaba bajo tierra con otros edificios cercanos y con los viejos viajes de agua madrileños. Durante las guerras civiles castellanas, aquellos pasajes oscuros sirvieron para ajustes de cuentas a espaldas de la justicia, emparedamientos improvisados y huidas a la desesperada.

El destino del monumento en la era moderna

Entrado el siglo XIX, el conjunto gótico rozaba el abandono absoluto. Estuvo a punto de caer bajo el pico de las piquetas durante los planes de remodelación urbana y las desamortizaciones. La torre se salvó de milagro gracias a la presión encarnizada de historiadores, eruditos y cronistas de la villa que pelearon su valor histórico ante las autoridades.

Hoy la realidad del edificio es mil veces más prosaiica. Alberga sedes institucionales de prestigio, como la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País. El trasiego de académicos, actas y conferencias contrasta de forma chocante con el pasado turbio que guardan sus muros.