Los científicos no dan crédito: investigan manuscritos medievales hechos con piel animal y hallan en sus páginas ADN de un virus ovino infeccioso y mortal
Que se haya encontrado un virus ovino infeccioso en un texto de hace mil años parece algo de ciencia ficción. Y para quienes conocen el dicho «la realidad supera la ficción», eso fue lo que ocurrió. Hoy, los manuscritos medievales llevan siglos estudiados por historiadores y filólogos, que analizan su tinta, su caligrafía y su contenido religioso o literario.
Claramente, nadie había pensado en mirar la piel sobre la que está escrito ese texto como una fuente de información. Pero ese cambio de mirada llegó de la mano de un equipo internacional de genetistas y conservadores de documentos antiguos. Estos se encargaron de analizar pergaminos de varias bibliotecas europeas y aplicaron técnicas propias del laboratorio forense.
Viruela ovina: así es el virus ovino infeccioso hallado en los manuscritos
El protagonista de este artículo ya tiene nombre: viruela ovina, un virus ovino infeccioso y potencialmente mortal que pertenece a la familia de los capripoxvirus y que todavía hoy circula entre rebaños de medio mundo.
Los científicos localizaron su ADN en la piel utilizada para fabricar varios pergaminos medievales, entre ellos los Evangelios de York, uno de los manuscritos iluminados más valiosos que se conservan del periodo anglosajón tardío, con casi mil años de antigüedad.
En este marco, el hallazgo se publicó en la revista ‘Science Advances’ en un estudio liderado por Louis L’Hôte, investigador predoctoral del University College de Dublín, con un equipo de más de 30 instituciones formado por genetistas, virólogos, historiadores y conservadores de documentos.
Además, el virus apareció en pergaminos de piel de ternera y cabra, lo que apunta a raras infecciones cruzadas entre especies o a contaminación durante la fabricación, un proceso que mezclaba pieles de un mismo rebaño.
Cabe remarcar aquí que la familia de los capripoxvirus incluye también la viruela caprina y la dermatosis nodular bovina, enfermedades hermanas que afectan a cabras y vacas respectivamente.
El hecho de que se compare su evolución genética permite a los científicos entender mejor cómo estos patógenos saltan entre especies de ganado y por qué algunas cepas se vuelven más letales que otras, una pregunta central para prevenir futuros brotes ganaderos.
El pergamino, un archivo biológico que nadie había explorado hasta ahora
Durante siglos, el pergamino se estudió solo por lo que estaba escrito encima: la tinta, la caligrafía, las iluminaciones que tanto interesan a historiadores del arte.
Como se anticipó, nadie reparaba en que la propia piel, curtida y tratada para poder escribir sobre ella, seguía conservando material genético del animal del que procedía, igual que lo hacen otros restos orgánicos antiguos como huesos o dientes enterrados durante milenios.
Ese descubrimiento convierte a bibliotecas como la del Trinity College de Cambridge o la Biblioteca Bodleiana en auténticos archivos biológicos sin explotar, con miles de volúmenes fabricados a partir de piel animal repartidos por catedrales, universidades y museos de toda Europa.
Así, cada uno de esos pergaminos podría guardar todavía información sanitaria sobre los rebaños medievales que nadie ha llegado a examinar, sin necesidad de recurrir a excavaciones ni a restos fósiles.
¿Cómo el ADN de un virus ovino infeccioso sobrevivió mil años en un pergamino?
La clave está en el propio material del pergamino. Valga la redundancia, al fabricarse con piel curtida de oveja, cabra o ternera, cada página conserva restos genéticos del animal del que procede, incluidos los patógenos que circulaban por su organismo en el momento de morir.
«El pergamino también puede conservar ADN de patógenos animales», explica en este sentido Louis L’Hôte, autor principal del estudio, que compara estos documentos con auténticas cápsulas del tiempo, más resistentes de lo esperado.
En la misma línea, para reconstruir la historia completa del virus, el equipo combinó el ADN extraído de los pergaminos con muestras de dientes de oveja de la Edad del Bronce.
¿Y qué resultado se obtuvo? Pues, una cronología de más de 3.500 años de evolución viral, con dos grandes momentos de diversificación genética hace 11.500 y 3.700 años que coinciden con la domesticación del ganado y la migración de rebaños desde la estepa euroasiática.
Por qué este hallazgo importa hoy: la viruela ovina sigue activa
El interés no es solo histórico. La viruela ovina sigue siendo una amenaza real para la ganadería actual: es altamente contagiosa, provoca una mortalidad elevada entre los animales más jóvenes y reduce la producción de lana, carne y leche en los rebaños afectados.
De hecho, Grecia atraviesa en la actualidad un brote activo que, según L’Hôte, está causando «un daño económico considerable» entre los ganaderos de la zona.
El estudio, financiado por Taighde Éireann-Research Ireland y el Consejo Europeo de Investigación, abre una vía de trabajo que va mucho más allá de este virus concreto.
Y es que nos topamos aquí con el hecho de que bibliotecas y archivos de todo el mundo podrían esconder, en las pieles de sus manuscritos más antiguos, el rastro genético de brotes que hasta ahora se daban por perdidos para siempre, escondidos a la vista de cualquiera que supiera dónde mirar.