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Malestar con Sánchez entre los ministros del PSOE por su dejadez con Ceuta: «Es sorprendente que se cogiera vacaciones»

El malestar tiene una razón de peso: Sánchez apenas estuvo 105 minutos en Ceuta

  • Esther Jaén
  • Corresponsal política en OKDIARIO. Colaboradora y analista política en radio y televisiones. Te leo en esther.jaen@okdiario.com

El malestar interno crece entre los propios ministros del PSOE por la gestión que Pedro Sánchez ha hecho de la invasión de Ceuta. Fuentes consultadas por OKDIARIO aseguran que varios miembros del Ejecutivo socialista no entienden que se haya ido a La Mareta en lugar de quedarse en Madrid mientras la ciudad autónoma vivía la peor crisis migratoria de su historia. «Es sorprendente que se cogiera vacaciones», señalan las mismas fuentes, en referencia al palacio presidencial de Lanzarote donde Sánchez pasó sus vacaciones.

El malestar tiene una razón de peso: Sánchez apenas estuvo 105 minutos en Ceuta y se marchó de la ciudad cubierto de insultos. El presidente dudó hasta el último momento si viajar o no, y finalmente salió de Madrid el pasado 31 de julio poco antes de las 10:00 horas, aterrizando en Ceuta a las 11:37. A las 13:22, nada más terminar el acto, volvió a subirse al helicóptero rumbo a Málaga, de ahí a Madrid en Falcon hasta la base de Torrejón, y finalmente, a La Moncloa, donde aterrizó a las 15:25. En total, poco más de una hora en la ciudad que su Gobierno describía como en emergencia, antes de partir al día siguiente de vacaciones a La Mareta.

Los ministros, cubiertos de insultos en Ceuta

Mientras tanto, otros miembros del Gobierno han tenido que dar la cara sobre el terreno en peores condiciones. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, fue recibido con abucheos y gritos de «cobarde», «traidor» y «Ceuta está al límite» por medio centenar de personas a su llegada a la ciudad, y evitó acercarse a los congregados frente a la Delegación del Gobierno, donde se iba a reunir con el presidente de la ciudad, Juan Jesús Vivas. Por el contrario, la ministra de Defensa, Margarita Robles, sí se aproximó a los ciudadanos un día antes y escuchó de primera mano sus quejas sobre la situación. Otras ministras, como Ana Redondo, ni siquiera llegaron a poner un pie en Ceuta pese a los aberrantes casos de violaciones de niñas.

A la dejadez de Sánchez con Ceuta se suma ahora una guerra abierta dentro de su propio Gobierno. El choque entre Margarita Robles y Fernando Grande-Marlaska por las dos versiones contrapuestas sobre si el CNI alertó o no a las Fuerzas de Seguridad y a la Delegación del Gobierno de los movimientos migratorios previos a la invasión ha terminado obligando a Sánchez a ejercer de árbitro.

Esa fractura interna se escenificó el pasado jueves en el propio Congreso de los Diputados durante la comparecencia de Sánchez sobre la crisis de Ceuta. Margarita Robles se mantuvo prácticamente sentada y sin aplaudir en varias de las intervenciones del presidente, distanciándose así de forma visible del resto de la bancada del PSOE.

La ministra de Defensa evitó especialmente sumarse a los aplausos cuando Sánchez negó la existencia de avisos previos sobre la magnitud de la entrada masiva en Ceuta y cuando anunció que ordenaba publicar «todos los informes» sobre la crisis para que pudieran ser examinados por medios y ciudadanos. La escena no pasó desapercibida en el hemiciclo: el propio portavoz de ERC, Gabriel Rufián, llegó a señalar directamente a la ministra durante su turno de intervención, subrayando que «aquí ha aplaudido casi todo el mundo de esta bancada, menos una persona, la señora Robles», y que tenía «un problemón importante».

El choque entre ambos ministros estalló cuando Marlaska aseguró que «no hubo ningún informe relativamente similar a lo que pasó» en Ceuta, contradiciendo directamente a Robles, quien horas antes había afirmado en el Congreso que el CNI y el Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas «realizaron la labor que les es exigible» y «dio la información requerida». La ministra de Defensa defendió además que la actuación de los servicios de inteligencia está amparada por el deber de secreto, una garantía que, admitió, «muchas veces opera como una losa» al impedir hacer pública su labor.