Neymar impide el Maracanazo alemán y cuelga a Brasil al oro olímpico
La lucha por el oro enfrentó, posiblemente, a los dos países más antagónicos que existen en el planeta: el carácter disciplinado alemán frente a la desorganización brasileña, el júbilo sudamericano frente al pragmatismo europeo, el jogo bonito frente al rigor técnico.
Todo Brasil tenía la mira puesta en esa final. Maracaná, al igual que sucedió con la selección femenina, se llenó para animar a la canarinha. Tras el mal inicio en los Juegos Olímpicos de los de Rogerio Micale al cosechar dos empates consecutivos y sin goles ante Sudáfrica e Irak, Neymar tuvo que ponerse el traje de trabajo y tirar del carro hasta llevar a su seleçâo a la finalísima olímpica.
En el estadio olímpico les esperaba una Alemania anonadada ante la torcida carioca, probablemente a algún germano se le puso los pelos de punta con el patriotismo brasileño (en eso pocos les ganan). Los anfitriones salieron a 3000 revoluciones; cuando Gabigol o Neymar la tocaban al borde del área, Maracaná rugía como un león. Con un juego rápido, al primer pase y demasiado apoyado en la creatividad de Neymar, Brasil se imponía en el dominio del esférico. Y en el de las oportunidades de gol, pero la zaga alemana, seria, sólida y organizada como pocas, no les permitía ni oler el fondo de la red. Pero si tienes a alguien como Neymar las cosas cambian. Que no puede hilvanando una jugada, lo hace a balón parado. En una falta Neymar se sacó de la manga un disparo que enmudeció a Alemania mientras el capitán se llevaba los aplausos del histórico Maracaná. En una finalísima. En unos Juegos Olímpicos. En su país. Casi nada.
Y es que Neymar es un tipo que mientras todo el mundo se vuelve esquizofrénico con una caída momentánea de luz, él se te pone a hacer fuego con una piedra pero sin recordar ese dicho que dice que el fútbol es un deporte en el que juegan 11 contra 11 y siempre gana Alemania. Una jugada sin aparente peligro llevó el empate al luminoso. Volver a empezar. Y esta vez, Alemania se lo creía y Brasil padecía su desorden táctico ;y con estas se llegó a la prórroga.
Y aquí más de lo mismo, el caos en el juego carioca y el orden germano no les permitía llegar a la línea de fondo. Las sombras de un nuevo Maracanazo sobrevolaban Río de Janeiro, algo que ni quería imaginar ‘la torcida’ ni un desesperado Neymar. Se agotaban los minutos de la prórroga y todo se decidió en los penaltis. Otra vez los penaltis, los que dejaron fuera de los Juegos a las homólogas femeninas hacía tres días. El silencio invadió Maracaná. Los fatídicos penaltis.
Entraba uno tras otro. Sin fallo. Más de un corazón debió sufrir un infarto en la lluviosa noche de Río de Janeiro. Hasta el decisivo quinto penalti. Falló Petersen y marcó Neymar. Ya es parte de la historia de Brasil. Neymar bien vale un oro olímpico.
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