RAMÓN TENÍA RAZÓN

El Barcelona vive en una burbuja arbitral en España

Barcelona
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Daniel Calle
  • Daniel Calle
  • Madrigal de la Vera (Cáceres, 1993). Coordinador de la sección de deportes. Antes en El Mundo, El Español y El Debate. Una década informando sobre la actualidad deportiva.

La derrota del FC Barcelona ante el Atlético de Madrid por 0-2 en la Champions ha vuelto a poner de manifiesto una realidad que muchos venimos denunciando: el club azulgrana vive en una burbuja arbitral en España que estalla sistemáticamente cuando cruza la frontera. La expulsión de Pau Cubarsí fue, sin duda, el punto de inflexión que permitió al conjunto de Simeone vivir con relativa tranquilidad una segunda parte que apuntaba a ser más complicada dados los antecedentes, pero lo que realmente debería hacernos reflexionar no es la jugada en sí, sino por qué en España esa roja otras veces no ha sido considerada como tal.

Para entender el desconcierto culé, basta con acudir a los datos, que son sencillamente grotescos. En las últimas diez temporadas, el saldo de expulsiones del Barcelona en competiciones españolas (Liga y Copa) es de +56: han recibido 95 rojas sus rivales frente a solo 37 para los azulgranas. Sin embargo, en el mismo periodo en Champions League, el saldo se invierte de forma dramática: -5, con 13 expulsiones para el Barça y sólo 8 para sus oponentes.

Si ampliamos el foco al siglo XXI, la diferencia es aún más sangrante. En la Liga, el Barcelona presenta un saldo de +69, mientras que el Real Madrid se queda en un pírrico +1. Curiosamente, cuando ambos equipos salen a Europa, la balanza se equilibra de forma natural: +11 para el Barça y +11 para el Madrid. Esta igualdad en territorio internacional es lo lógico; lo que hace saltar todas las alarmas es la anomalía estadística que se produce en España, donde el Barcelona parece gozar de una inmunidad que no encuentra en el resto del continente.

He defendido en diversas ocasiones que el «suelo» arbitral del que disfruta el Barcelona en España, con arbitrajes tradicionalmente más amables y criterios laxos en jugadas dudosas, termina siendo contraproducente para ellos en la máxima competición. Al no haber desarrollado «anticuerpos» ante el rigor y la exigencia del arbitraje europeo, el equipo se siente desnudo y desprotegido cuando se encuentra con colegiados que no dudan en aplicar el reglamento con mayor rigor y previsibilidad.

Los defensas son los mismos, pero el baremo cambia. Lo que en España se resuelve con una advertencia o una amarilla, en Europa es roja directa. Esa falta de costumbre ante la rigurosidad les lleva a cometer errores de bulto, como la acción de Cubarsí.

Más allá de que el arbitraje de Kovacs no fuera precisamente de alto nivel, lo que el Barcelona no puede entender es que las jugadas dudosas a veces caigan en contra. Acostumbrados a un ecosistema donde la moneda suele salir cara, el impacto de la realidad europea es demoledor. Es imperativo que exista un criterio único, pero mientras en España sigan ocurriendo cosas extrañas —especialmente bajo la sombra alargada de lo que ya conocemos sobre el caso Negreira—, el Barcelona seguirá sufriendo este choque cultural cada vez que juegue fuera.

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