Curiosidades
Posguerra

El tradicional oficio que aún se veía en Madrid durante la posguerra: hoy solo aparecen en fiestas señaladas

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La historia de Madrid no se entiende sin sus oficios ambulantes, especialmente aquellos que lograron mantenerse activos durante la posguerra. En un periodo caracterizado por el racionamiento, la autarquía y las dificultades económicas, ciertas profesiones siguieron presentes en calles, plazas y parques, adaptándose a las circunstancias del momento.

Entre esas actividades destaca una vinculada a la repostería tradicional, que combinaba venta, juego y espectáculo. La posguerra condicionó su desarrollo, tanto en la obtención de materias primas como en la forma de ejercer el oficio, convirtiéndolo en un reflejo de la vida cotidiana de la época.

¿Cuál fue el oficio popular en el Madrid de la posguerra y que hoy aparece muy poco?

Durante la posguerra, los barquilleros siguieron recorriendo Madrid como lo habían hecho desde finales del siglo XIX. Aunque su origen se remonta a siglos anteriores, fue en ese periodo cuando su presencia adquirió un valor especial. No solo vendían un dulce, sino que aportaban una forma sencilla de entretenimiento en una ciudad marcada por las carencias.

El barquillero se desplazaba a pie, cargando una gran lata cilíndrica conocida como barquillera, y buscaba lugares con afluencia de gente: mercados, ferias improvisadas, calles céntricas o zonas de paseo.

En la posguerra, su actividad estaba lejos de ser lucrativa, pero permitía a algunas familias obtener un sustento básico en un contexto económico limitado.

La barquillera y el juego como reclamo

El elemento central del oficio era la barquillera, normalmente metálica y de color rojo. En su interior se guardaban los barquillos, protegidos de la humedad, mientras que en la parte superior se situaba una ruleta numerada. Este mecanismo transformaba la compra en un pequeño juego de azar.

Las normas eran sencillas y conocidas por todos durante la posguerra:

Este sistema convertía al barquillero en algo más que un vendedor, reforzando su papel social en un momento en el que el ocio escaseaba.

La elaboración artesanal de los barquilleros en tiempos de escasez

La posguerra influyó de forma directa en la elaboración de los barquillos. Los ingredientes básicos (harina, azúcar, miel o canela) no siempre estaban disponibles por los cauces oficiales. En muchos casos, se recurría al mercado negro para conseguir materia prima suficiente y mantener la producción.

La fabricación se realizaba en pequeños obradores familiares o incluso en viviendas particulares. Se utilizaban moldeadoras manuales de hierro que se calentaban sobre brasas de carbón. La masa, líquida y sin levadura, se vertía en el molde, se tostaba y se enrollaba rápidamente antes de que se endureciera.

El resultado era un barquillo fino, crujiente y fácil de transportar, adaptado a las limitaciones de la posguerra.

De la posguerra a las fiestas actuales

A partir de la segunda mitad del siglo XX, el oficio comenzó a desaparecer. La mejora económica, la llegada de productos industriales y el cambio en los hábitos de consumo relegaron al barquillero a un papel testimonial.

En Madrid, su presencia quedó asociada casi exclusivamente a fiestas populares como San Isidro, La Paloma o San Cayetano.

Hoy, los barquilleros aparecen en actos muy señalados, vestidos con el traje tradicional de chulapo, como recuerdo de una actividad que fue habitual incluso en la posguerra.

Aunque el oficio ya no se ejerce como antaño, algunos obradores artesanales mantienen la elaboración de barquillos como legado de una tradición que formó parte de la historia cotidiana de la capital.