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Psicología

Los psicólogos coinciden: las personas que rechazan besos y abrazos no son distantes, más bien tienen una mayor sensibilidad al contacto físico y buscan cuidar su entorno

Algunas personas o incluso podría decirse que la mayoría, suelen saludar de forma natural con dos besos, abrazan a un amigo o muetran cariño a través del contacto físico. Sin embargo, también las hay que prefieren mantener las distancias, sobre todo cuando apenas conocen a quien tienen delante. Este comportamiento puede confundirse con frialdad, pero evitar un abrazo no dice demasiado, por sí solo, sobre el carácter de una persona ni sobre el afecto que siente hacia los demás o al menos así lo explica la psicología.

La necesidad de mantener cierta distancia cambia mucho de una persona a otra y además, cambia según el momento. La confianza, la educación recibida en casa, las experiencias personales o las costumbres del lugar donde hemos crecido influyen en una cuestión tan cotidiana como aceptar un beso o un abrazo. Incluso dentro de una misma familia hay quienes buscan continuamente ese contacto y quienes lo reservan para ocasiones concretas. La psicología pone el foco precisamente en estas diferencias antes que en interpretar el rechazo a un beso o un abrazo como una señal de distanciamiento emocional.

Qué dicen los psicólogos sobre las personas que rechazan besos y abrazos

Una de las cuestiones que ayudan a entender esta conducta es el espacio personal. Cada uno establece, de manera más o menos consciente, una distancia física con los demás. Es así como no solemos permitir que un desconocido se acerque tanto como nuestra pareja, nuestros padres o un amigo de toda la vida. Y cuando esa distancia se reduce más de lo que nos resulta cómodo, apartarnos puede ser una reacción bastante espontánea. El problema es que quien está al otro lado puede interpretarlo de otra forma.

La psicología señala en este sentido la importancia de la autonomía corporal. Elegir quién puede tocarnos y de qué manera permite mantener el control sobre una interacción. Hay personas que prefieren un saludo verbal o dar la mano cuando todavía no tienen confianza suficiente para aceptar un abrazo. Respetar esa preferencia puede formar parte del propio autocuidado. No obliga a buscar una explicación más profunda ni significa necesariamente que exista un problema en la relación con los demás.

Lo aprendido en casa también influye

La relación que mantenemos con el contacto físico no empieza en la edad adulta. La psicóloga Suzanne Degges-White apunta a las experiencias de la infancia como uno de los factores que pueden influir posteriormente. Quien ha crecido en una casa donde apenas se utilizaban los abrazos para demostrar cariño puede mantener una relación diferente con ellos al hacerse mayor. Y luego están en el extremo contrario, las familias donde besar y abrazar es algo habitual. Son formas distintas de aprender a mostrar afecto y pueden acompañarnos después fuera del ámbito familiar.

No es, sin embargo, la única explicación. La personalidad, las experiencias anteriores y la sensibilidad sensorial también pueden intervenir. En algunos casos existen experiencias negativas que hacen que la persona proteja especialmente su espacio físico. En otros no hay ningún acontecimiento detrás: simplemente no le gusta demasiado que la toquen. Por eso, evitar los abrazos tampoco permite deducir automáticamente que alguien tenga baja autoestima, haya sufrido un trauma o mantenga malas relaciones personales.

Los besos y abrazos tampoco significan lo mismo en todas las culturas

La cultura añade otra diferencia. En España resulta habitual saludar con dos besos en muchas situaciones sociales, incluso entre personas que acaban de conocerse. Esa costumbre no se reproduce de la misma manera en otros lugares. CNN recoge que en algunos países asiáticos el abrazo puede considerarse invasivo. También cita el caso de Finlandia, donde el contacto corporal suele reservarse en mayor medida para personas con las que existe intimidad.

Es decir, que la distancia que una persona mantiene al hablar, la manera de saludar o la frecuencia con la que toca a los demás están condicionadas en parte por esas normas sociales. De este modo, algo completamente normal para una persona puede resultar demasiado cercano para otra sin que ninguna de las dos esté intentando transmitir rechazo.

No es lo mismo incomodidad que miedo al contacto físico

Preferir no dar dos besos o no ser especialmente aficionado a los abrazos no supone por sí mismo un problema psicológico. La situación cambia cuando ser tocado provoca un miedo intenso y persistente, una ansiedad difícil de controlar o síntomas físicos como taquicardia y que puede llegar a ser haptofobia, el miedo intenso a ser tocado. Algo que en muchos casos se relaciona con experiencias traumáticas que pueden afectar a la manera en que se vive el contacto físico. Por ello, cuando el malestar empieza a perjudicar las relaciones o impide desarrollar actividades cotidianas, puede ser recomendable consultar a un profesional.

Es un caso diferente a los de una persona que sencillamente necesita más confianza antes de aceptar determinadas muestras de afecto. No querer abrazar a alguien que acabamos de conocer no significa que nos caiga mal ni que seamos incapaces de mostrar cariño. Para muchos, la frontera está simplemente en quién puede entrar en ese espacio y cuándo. Y esa distancia puede desaparecer con el tiempo. A veces, antes del primer abrazo, lo único que falta es conocerse un poco más.