Curiosidades
Psicología

La psicología lo confirma: los niños que jugaban en la calle en la década de 1970 y 1980 desarrollaron una habilidad que muchos adultos han perdido

  • Laura Mesonero
  • Laura Mesonero Ortiz (Madrid, 2002) Periodista especializada en SEO editorial y desarrollo de audiencias digitales, con experiencia en medios nacionales de referencia como La Razón (Grupo Planeta), The Objective media y ahora en OkDiario. Experta en estrategia de contenidos orientada a Google Discover y Google Search. Perfil híbrido entre redacción, análisis de datos y visión estratégica.

Hubo una época en la que salir a jugar a la calle formaba parte del día a día de muchos niños. Después del colegio, era habitual bajar a la calle, encontrarse con los vecinos y pasar horas jugando.

No había un horario perfectamente organizado para cada tarde ni un adulto encargado de decidir qué actividad tocaba en cada momento. Los propios niños tenían que organizarse, ponerse de acuerdo, inventar juegos y solucionar los pequeños conflictos que surgían.

La psicología del desarrollo ha estudiado precisamente la importancia que tienen este tipo de experiencias para adquirir autonomía. Y aunque no se puede afirmar que todos los niños que jugaron en la calle desarrollaran las mismas capacidades, el juego libre ofrece oportunidades para practicar habilidades relacionadas con la toma de decisiones, la autorregulación y las relaciones sociales.

Aprender a resolver los problemas sin un adulto

Cuando un grupo de niños juega sin supervisión constante, los pequeños problemas aparecen inevitablemente.

¿Quién empieza? ¿Qué reglas tiene el juego? ¿Qué ocurre si alguien no quiere seguirlas? ¿Quién se queda fuera? ¿Qué hacer cuando dos niños quieren asumir el mismo rol? Situaciones aparentemente insignificantes, pero que obligan a negociar y buscar soluciones.

En lugar de recurrir inmediatamente a un adulto, los niños tienen que aprender a llegar a acuerdos entre ellos. A veces lo consiguen hablando; otras, cambiando las reglas y otras discutiendo.

Ese proceso puede contribuir al desarrollo de habilidades sociales y de autorregulación, que permiten gestionar las emociones y adaptar el comportamiento a las circunstancias.

La libertad también enseñaba a tomar decisiones

Jugar en la calle implicaba además tener que decidir constantemente qué hacer.

No existía una pantalla que proporcionara automáticamente un entretenimiento nuevo. Si el juego se terminaba, había que inventar otro. Si los amigos no estaban, había que buscar una alternativa.

Esta libertad puede favorecer que los niños desarrollen progresivamente una mayor capacidad para tomar decisiones y resolver problemas por sí mismos.

Una capacidad que también necesitan los adultos

La autonomía no es una habilidad exclusiva de la infancia. También resulta fundamental durante la vida adulta.

Una persona acostumbrada a tomar pequeñas decisiones por sí misma puede sentirse más preparada para afrontar situaciones nuevas, aceptar que no siempre existe una solución perfecta y buscar alternativas cuando algo no sale como esperaba.

Sin embargo, la vida moderna también ha reducido la necesidad de tomar determinadas decisiones. Podemos recibir indicaciones para llegar a cualquier lugar, pedir comida desde el teléfono, encontrar entretenimiento inmediatamente o consultar cómo hacer prácticamente cualquier tarea.

La tecnología facilita muchas cosas, pero también significa que cada vez tenemos menos oportunidades para resolver pequeños problemas por nuestra cuenta.