El oficio de toda la vida que aún se veía en Madrid durante la posguerra: a los niños de hoy les parece insólito
Hoy nadie lo recuerda, pero eran uno de los oficios más populares durante la posguerra
Este oficio fue esencial para la supervivencia que estuvo en el punto de mira durante la posguerra
El arriesgado oficio de la posguerra española que subsistía en Madrid
La capital española no siempre tuvo las comodidades actuales. Durante décadas, y especialmente en los años de posguerra, numerosos barrios carecían de infraestructuras modernas que hoy se consideran básicas. Esto obligaba a mantener sistemas tradicionales para cubrir necesidades cotidianas en miles de hogares.
En ese duro contexto, algunas profesiones heredadas de siglos anteriores seguían siendo necesarias para que la ciudad funcionara con normalidad. Eran trabajos físicos, organizados bajo normas municipales y muy visibles en el día a día de Madrid. Aunque hoy parezcan propios de otra época, durante mucho tiempo formaron parte del paisaje cotidiano.
¿Cuál es el insólito oficio que seguía presente en Madrid durante la posguerra?
La profesión a la que se refiere este episodio de la historia madrileña es la de los aguadores, trabajadores encargados de transportar agua desde las fuentes públicas hasta los hogares. Aunque su origen se remonta al siglo XV, su presencia se prolongó durante siglos y todavía se recordaba en algunos barrios de Madrid durante la posguerra.
Durante mucho tiempo, la ciudad no contó con agua corriente en las viviendas. Por esa razón, muchas familias dependían de fuentes públicas o pozos cercanos para obtener agua destinada a beber, cocinar o limpiar. Cuando las casas no tenían acceso directo a estos puntos, los aguadores se convertían en intermediarios imprescindibles.
El oficio nació a partir de los llamados azacanes, trabajadores de origen musulmán que transportaban agua mediante animales de carga, carros o grandes cántaros de barro. Con el paso del tiempo, esta actividad se consolidó como una profesión reconocida en la ciudad.
Durante más de cuatro siglos, desde el XV hasta principios del XX, los aguadores formaron parte del funcionamiento cotidiano de Madrid. Su presencia era habitual en plazas, fuentes y calles, donde esperaban turno para llenar los recipientes que después llevaban a las casas de sus clientes.
¿Cómo trabajaban los aguadores en la ciudad?
Como se mencionó previamente, el trabajo de los aguadores consistía en recoger agua en fuentes públicas y distribuirla entre los vecinos que pagaban por ese servicio. Dependiendo del método utilizado para transportarla, existían varias modalidades dentro del oficio.
Entre las más comunes se encontraban las siguientes:
- Chirriones: utilizaban carros con grandes cubas tirados por mulas o burros.
- Cantareros de azacán: transportaban varios cántaros de barro sobre animales de carga.
- Aguadores a pie: llevaban un cántaro al hombro y lo entregaban directamente en los domicilios.
A esta actividad se sumaban vendedores ambulantes que ofrecían agua para beber en la calle. En muchas ocasiones eran mujeres o niños que recorrían plazas y procesiones ofreciendo vasos de agua a los transeúntes.
El trabajo exigía resistencia física. Los recipientes podían superar fácilmente los diez litros de peso y los recorridos incluían calles empedradas o escaleras hasta las viviendas. Además, los aguadores debían cumplir ciertas obligaciones públicas. En caso de incendio, por ejemplo, estaban obligados a acudir con agua para ayudar a sofocar el fuego.
Burocracias por doquier: los aguadores cumplian normas y licencias
Aunque pueda parecer un trabajo improvisado, el oficio de aguador estuvo regulado por las autoridades desde muy temprano. Ya en 1501 el Concejo de la Villa de Madrid recogía normas destinadas a controlar su actividad.
En aquellas ordenanzas se advertía, por ejemplo, que los aguadores no debían correr con los burros por las calles para evitar accidentes. La regulación fue aumentando con el paso de los siglos.
Durante el reinado de Felipe II se establecieron límites en la capacidad de los cántaros utilizados para transportar el agua. Estos recipientes debían tener una capacidad máxima de cinco azumbres, equivalente a unos diez litros. Además, los alfareros de Alcorcón tenían que marcar los cántaros con un sello para evitar falsificaciones.
En el siglo XVII las autoridades asignaron a cada aguador una fuente concreta desde la que recoger el agua. Esto ayudaba a organizar el trabajo y a evitar disputas entre profesionales.
Ya en el siglo XIX la normativa se volvió aún más detallada. Un reglamento de varias decenas de páginas explicaba cómo obtener la licencia, qué fuentes podían utilizarse y cuáles eran las obligaciones del oficio. Para ejercer era necesario pagar un permiso municipal que tenía un coste inicial y una renovación anual.
¿Qué ocurrió con los aguadores tras la posguerra?
El declive de esta profesión comenzó cuando la ciudad empezó a modernizar sus infraestructuras de abastecimiento. La construcción de sistemas de distribución y la llegada del agua corriente a las viviendas transformaron la forma en que se organizaba el suministro.
Uno de los proyectos clave fue el desarrollo del Canal de Isabel II, que permitió llevar agua directamente a numerosos barrios de Madrid. A medida que las casas comenzaron a disponer de grifos propios, el trabajo de los aguadores dejó de ser necesario.
Aun así, la desaparición del oficio fue progresiva. Durante décadas siguieron existiendo casos aislados, especialmente en zonas donde la red de agua tardó más en extenderse.
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