El laborioso oficio que se veía a diario en España durante la posguerra: hoy quedan muy pocos en las calles
El hogar español de la posguerra era sobrio por necesidad. Los muebles duraban décadas y se reparaban cuantas veces hiciera falta. La alternativa de comprar algo nuevo era un lujo que la mayoría no podía permitirse, así que cualquier oficio que alargara la vida de lo que ya había en casa tenía asegurada la clientela en cada portal que tocara.
Había entonces una variedad de trabajos que hoy no existen: el afilador, el paragüero, el colchonero ambulante. Entre todos había uno que se repetía con tal frecuencia en las calles que su pregón se convirtió en parte del sonido cotidiano de los barrios. Lo anunciaba con una sola palabra, alargada y repetida, hasta que alguien abría la ventana o bajaba al portal.
¿Cuál fue el oficio que se veía a diario durante la posguerra y hoy quedan pocos?
Símil al colchonero y a los afiladores, el oficio de la posguerra que se veía a diario y se enfocaba en muebles del hogar era el de sillero. Este artesano ambulante recorría calles y pueblos cargando a la espalda un hatillo de enea (también llamada espadaña o anea) para reparar y rehacer los asientos de sillas, banquetas, mecedoras, hamacas y bancadas.
Su pregón era inconfundible: «¡El sillerooo!», alargado y repetido, hasta que alguna vecina se asomaba al balcón o le llamaba desde el portal.
Era una estampa propia de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, en plena posguerra y en los años que la siguieron.
El sillero trabajaba en la calle, sentado en el suelo delante de la puerta del cliente, dando vueltas a la silla para ir tejiendo la enea en el asiento. Nadie se extrañaba de verlo; era parte del barrio.
¿Cómo trabajaba el sillero?
La enea es una planta acuática de hojas largas y anchas que crece en la orilla de ríos y acequias de corriente lenta. El sillero la cortaba, la secaba y la enrollaba en manojos que cargaba sobre los hombros. Era su materia prima y, en cierto modo, su cartel: quien lo veía pasar ya sabía a qué venía.
Su equipo era mínimo: un serrucho tensado con cuerda, una cuña para ajustar la madera, cola para las juntas flojas y las manos. No había tornillos ni clavos.
Cada asiento se tejía a mano, vuelta a vuelta, y la estructura de madera se ensamblaba sin fijaciones metálicas.
Y honestamente, si el sillero era bueno, era para hacerle un monumento: una silla bien hecha podía durar entre setenta y ochenta años. El oficio se aprendía de niño ayudando al padre; no había otra escuela.
¿Qué ocurrió con los silleros tras la posguerra?
A finales de los sesenta, el mobiliario español empezó a cambiar. Los nuevos tapizados de skay (material vinílico fácil de limpiar y de producción industrial) desplazaron a las sillas de enea en los hogares de clase media.
Las viejas sillas se malvendieron o se tiraron para hacer hueco a los nuevos modelos de salón. Sin sillas de enea que reparar, el sillero perdió su razón de ser en las calles.
A eso se sumó que los trabajos en fábricas y obras pagaban mejor y con más regularidad. La transmisión del oficio de padres a hijos se cortó. Los jóvenes de los sesenta y setenta no aprendieron a tejer enea; aprendieron a manejar máquinas. El pregón fue desapareciendo calle a calle, pueblo a pueblo.
Los pocos que quedan: de Alhaurín el Grande a Galicia
Hoy el sillero es un oficio en extinción real. En Málaga, los últimos maestros de Coín y Cártama murieron sin dejar continuadores.
El que queda en la provincia es Paco González, de Alhaurín el Grande, que aprendió el oficio de su padre con diez años y lleva ya más de cuatro décadas haciéndolo sin tornillos, con pino rojo y enea de primera calidad, a razón de dos días por silla. Medios locales lo presentan como el último sillero de Andalucía.
El panorama en el resto de España no es muy distinto. En Segura de León, en Extremadura, queda una persona mayor que aún lo practica. En el pueblo gallego de Tordea, en Castroverde, hubo nueve silleros; ninguno renovó.
Castilla-La Mancha mantiene el oficio en su registro de Legado Artesano, pero los nombres que figuran en él se cuentan con los dedos de una mano.