José Antonio Marina, filósofo español sobre la educación: «Hemos pasado de una educación autoritaria a una permisiva, por eso tenemos niños vulnerables y pasivos»
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José Antonio Marina es uno de los pensadores españoles más influyentes en el ámbito de la educación y la filosofía práctica. Marina lleva décadas analizando con rigor y valentía los grandes desafíos del sistema educativo. Una de sus reflexiones más directas y provocadoras sintetiza un problema que considera urgente: «En los últimos 50 años hemos pasado de una educación autoritaria a una actitud permisiva, por eso tenemos niños vulnerables y pasivos».
Una afirmación que incomoda precisamente porque señala algo que muchos intuyen pero pocos se atreven a formular con tanta claridad.
La educación de ahora, de un extremo al otro
El diagnóstico de Marina parte de una observación histórica. Durante gran parte del siglo XX, la educación en España y en buena parte de Occidente respondía a un modelo rígido, centrado en la obediencia, la disciplina impuesta y la autoridad incuestionable del adulto. Un modelo que generaba individuos sumisos, pero también personas con una estructura interna clara y una tolerancia alta a la frustración.
La reacción contra ese sistema, legítima en muchos aspectos, derivó con el tiempo en el extremo contrario. El rechazo al autoritarismo se tradujo, en demasiados casos, en la renuncia a poner límites, en la evitación del conflicto y en una sobreprotección del menor que, paradójicamente, lo dejó más desarmado frente a las dificultades de la vida real.
Marina no defiende el regreso al pasado. Lo que señala es que el péndulo ha oscilado demasiado, y que el resultado de ese movimiento son generaciones de niños y jóvenes con escasa tolerancia a la frustración, baja capacidad de esfuerzo sostenido y una fragilidad emocional que se manifiesta cada vez a edades más tempranas.
El problema de la sobreprotección
Uno de los conceptos centrales en el pensamiento de José Antonio Marina es el de la sobreprotección como forma encubierta de abandono. Proteger a un niño de todo conflicto, de todo fracaso y de toda incomodidad no es un acto de amor, sino una privación: se le priva de la posibilidad de desarrollar las herramientas internas que necesitará para enfrentarse al mundo.
La vulnerabilidad que describe Marina no es emocional en el sentido positivo del término, sino estructural. Son niños que no han tenido la oportunidad de equivocarse y levantarse, de tolerar el aburrimiento, de aprender que el esfuerzo tiene sentido aunque los resultados no sean inmediatos. Y esa carencia, advierte el filósofo, no desaparece al llegar a la adolescencia o a la edad adulta: se arrastra y se amplifica.
Una educación que exige y acompaña
Para Marina, la solución no pasa por recuperar la vara ni la letra con sangre, sino por encontrar un modelo que combine exigencia y afecto, límites y libertad, autoridad legítima y respeto a la autonomía creciente del menor. Un equilibrio que denomina «autoridad cálida» y que considera perfectamente alcanzable, aunque requiera esfuerzo y coherencia por parte de familias y docentes.
En ese modelo, el adulto no renuncia a su papel de guía. Acompaña, pero también exige. Protege, pero también deja caer. Entiende que un niño que nunca se enfrenta a la dificultad es un niño al que se le está negando la posibilidad de crecer.
Una reflexión que interpela a toda la sociedad
El mensaje de José Antonio Marina no va dirigido únicamente a maestros o pedagogos. Interpela a padres, a legisladores, a medios de comunicación y a una cultura que con frecuencia premia la comodidad inmediata sobre el desarrollo a largo plazo. Construir personas capaces, resilientes y comprometidas exige aceptar que la educación, en su sentido más profundo, no siempre es cómoda ni para quien la imparte ni para quien la recibe.
En un momento en el que los índices de ansiedad, fracaso escolar y dificultades emocionales entre los jóvenes no dejan de crecer, la reflexión de Marina no es solo filosófica. Es, ante todo, una llamada a la responsabilidad colectiva.
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