Los expertos en psicología lo confirman: las personas que se quedan calladas en las discusiones no son tranquilas, en realidad están acumulando resentimiento y agotamiento emocional
La psicología explica por qué algunas personas se quedan calladas durante las discusiones y acumulan resentimiento
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Cuando se produce una discusión hay quien necesita decir inmediatamente lo que piensa y quien hace justo lo contrario. Se queda callado, escucha y, aunque esté molesto, apenas responde. Desde fuera es fácil interpretar esta actitud como una señal de tranquilidad e incluso pensar que esa persona sabe controlar mejor sus emociones. Sin embargo, la psicología explica que detrás de ese silencio pueden estar ocurriendo muchas más cosas.
Callarse cuando se discute puede servir para frenar esa tensión y que puede llevar además a que se acabe subiendo de tono, pero también puede convertirse en una forma de evitar constantemente los conflictos. Y aquí aparece el problema. Si una persona tiene algo que decir, pero una y otra vez decide guardárselo por miedo, inseguridad o puro cansancio, el malestar no desaparece al terminar la conversación. Con el tiempo, esas pequeñas cosas que nunca se dijeron pueden acabar pesando mucho más de lo que parece.
Las personas que se callan en las discusiones acumulan resentimiento
No existe una única explicación. Hay quien necesita unos minutos para pensar antes de responder y también quien sabe que, si habla estando enfadado, probablemente diga algo de lo que después se arrepienta. En estos casos, guardar silencio puede ser incluso una buena decisión. Pero hay otras razones menos evidentes.
El miedo a la reacción de la otra persona es una de ellas. Alguien puede evitar decir que algo le ha molestado porque teme provocar una discusión todavía mayor. También puede preocuparle ser rechazado, decepcionar al otro o que expresar una opinión diferente termine teniendo consecuencias en la relación. Las experiencias anteriores también cuentan ya que una persona acostumbrada a vivir discusiones desagradables puede haber aprendido que callarse es la forma más rápida de conseguir que todo termine.
Investigaciones publicadas en el Journal of Counseling Psychology han estudiado precisamente cómo las experiencias dentro de las relaciones pueden influir en la manera en la que expresamos o reprimimos emociones como el enfado. A todo ello hay que añadir algo bastante más sencillo: el agotamiento. Cuando una misma conversación se ha repetido demasiadas veces, llega un momento en el que algunas personas dejan de responder porque sienten que hablar ya no servirá para nada.
El resentimiento puede empezar con cosas que parecen insignificantes
Una discusión puede terminar en cuestión de minutos, pero eso no significa que el problema haya quedado solucionado. Imaginemos una situación bastante habitual en la que una persona se enfada por algo, intenta explicarlo y acaba callándose para no seguir discutiendo. El enfrentamiento termina y aparentemente todo vuelve a la normalidad. Sin embargo, esa persona continúa pensando que no la han escuchado o que, una vez más, ha tenido que ceder.
Si ocurre una sola vez, posiblemente no vaya más allá. Cuando se repite durante meses o años, la situación cambia. Los pequeños enfados empiezan a sumarse y lo que inicialmente era una molestia concreta termina mezclándose con otras anteriores y puede aparecer el resentimiento. Esto explica también algunas reacciones que parecen desproporcionadas. De repente alguien estalla por un comentario sin demasiada importancia y quienes están a su alrededor no entienden qué ha ocurrido. El problema es que posiblemente no esté reaccionando únicamente a ese comentario. Puede estar respondiendo también a todo aquello que llevaba tiempo guardándose dentro.
Cuando te callas pero sigues discutiendo horas después en tu cabeza
Por otro lado puede darse el caso de que al no haber dicho nada en el momento de la discusión, la persona acabe pensando en todo lo que sí tenía que decir, e incluso imagina cómo habría continuado la conversación o recuerda una frase concreta una y otra vez. Es decir, que por fuera hubo silencio, pero dentro, no tanto.
Ese proceso puede resultar especialmente agotador cuando ocurre con frecuencia. La conversación terminó para la otra persona, pero quien no consiguió expresar lo que sentía continúa atrapado en ella. Poco a poco puede aparecer incluso la sensación de que siempre ocurre lo mismo: «para qué voy a decir nada», «otra vez he terminado cediendo» o «nunca se tiene en cuenta lo que pienso».
Cuándo quedarse callado durante una discusión puede ser en un problema
No es lo mismo elegir el silencio que no atreverse a hablar. Hay discusiones que no llevan a ninguna parte y decidir no responder o esperar a estar más tranquilo puede ser una forma saludable de gestionar el conflicto. El problema aparece cuando alguien quiere expresar lo que siente, pero se calla por miedo a la reacción del otro, acepta algo únicamente para terminar la discusión o después pasa horas pensando en todo lo que debería haber dicho.
En estos casos, la comunicación asertiva puede ayudar a expresar el malestar sin convertir el desacuerdo en una pelea. Decir «esto me ha molestado»» o pedir unos minutos antes de continuar puede ser mucho más útil que guardar silencio constantemente. Cuando este comportamiento se repite y existe la sensación de que las propias necesidades siempre quedan en segundo plano, las pequeñas frustraciones pueden terminar acumulándose y convertirse en resentimiento.
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