Vino, buen rollo y Aranda de Duero: los protagonistas del Sonorama-Ribera
Nunca fui de festivales. Ni me va el rollo místico con la música ni me sé al dedillo muchas de las letras de algunos de los grupos que más me gustan, así que menos aún las letras del 80% de las bandas que acudían al Sonorama Ribera 2016. Desconozco si entre los 60.000 asistentes que se dejaron pasar por el festival había más gente como yo, pero afronté los cuatro días en Aranda de Duero como si de unas vacaciones con los colegas (más un poquito de trabajo) se tratase.
Y no fue nada mal. Desde Asturias son unos 400 kilómetros, así que entre que montas la dichosa tienda de campaña, pasas por el súper y llenas el estómago con una hamburguesa, se te pasa la tarde. Pero la noche es joven. Disfruté de bandas que de no ser por el Sonorama jamás habría visto, como Molotov o el mítico Dúo Dinámico. Y qué decir de Fuel Fandango. Lo único que se me ocurre: somos fans de ti, de tus vestidos carmesí y de tus abanicos infinitos, Cristina Manjón.
“Quiero amanecer mañana, como un loco después de las seis”, pensaba al volver hacia el camping de madrugada. Pero no había tiempo, porque Sonorama no es un festival al uso. El recinto donde se ubican los escenarios sin esa localidad, a medio camino entre pueblo y ciudad que es Aranda de Duero, no es nada. Y se nota. Los conciertos sorpresa, las catas de vino y las visitas a las bodegas son un elemento más, por no decir clave, en este festival.
Una de las cosas que más se agradece del Sonorama-Ribera es el buen rollo que desprenden todos los asistentes. Ni todo el calimocho de la ribera del Duero consigue apagar esa dinámica y eso no hay dinero que lo pague.
Tick Tick Tick Tick Tick Tick Tick…Boom! The Hives reventaron la noche del viernes de una forma espectacular. Todos los raros fuimos al concierto. Y es que el blanco y el negro con el que siempre viste la banda sueca representa perfectamente las dos dos partes que forman Sonorama: el día y la noche. Ambientes distintos y complementarios que hacen que sea un festival especial. Y es que pocas veces uno puede disfrutar de grupos como Love of Lesbian tocando en una pequeña plaza, volviendo al lugar del que salieron.
El sábado, la Plaza del (buen) Rollo brillaba como el éxtasis. Ambientazo. Los pocos que cabían debajo de las sombrillas de Red Bull quizá se libraron de una melopea mayor, pero al resto nos tocó sufrir. En aquel momento, no sé cómo, apareció de la nada uno de los nuestros con una caja de sidra (la primera de varias). Así somos los asturianos, incluso fuera de nuestro trozo de tierra y en una región vinícola barremos para casa. Si eres uno de los que probaron alguno de los millones de culines que escancié ese día espero que al menos leas y compartas esta crónica, porque acabé sin brazo.
Los hay que no pueden ni ver las pistolas de agua, pero a mí me dieron la vida. Gracias a todos los que me disparasteis en algún momento y evitasteis que mi cuello se volviera más rojo que Julio Anguita.
Hay algunos ‘peros’, por supuesto. Así es, puto. La gente se queja y se queja. Nunca falta el clásico tonto que asegura que la masificación está rompiendo “la esencia” del festival y ‘blablabla’, pero de las pocas cosas que se puede echar en cara es el sistema de los vasos reciclables. Un coñazo estar con él toda la noche, problemas del primer mundo. Lo cierto es que la organización ha estado impecable. Las pulseras contact-less, con la salvedad de que no se devuelve lo que no se gasta, son un acierto: ahorran tiempo a todos y permiten ir sin efectivo encima.
Uno, que habitualmente se ducha con el agua a temperatura magma volcánico, las pasó bien putas cada una de las veces que abrió aquella llave. A los fans de Pokémon Go, estoy seguro de que tras aquellas lonas negras, que escondían las duchas, habitaba un Articuno.
Vamos a lo importante. Los precios dentro del recinto eran asequibles y razonables. El sistema de medición más universal que existe, el del precio por cubata, no deja lugar a dudas. Teniendo en cuenta que no te queda otra, seis euros por una copa en vaso de sidra parece más que aceptable.
Reconozco que lo que más me ha gustado del festival, de largo, es el tiempo que pasas en Aranda. La Plaza del Trigo de la capital ribereña recibe ese nombre porque antaño acogía un mercado de cereales. Las nuevas generaciones, lejos de dar la espalda a la cebada, han continuado con esa tradición a su manera: los ‘cachis’ de cerveza se alzan al son de los grupos que por allí se dejan caer. Mención especial al equipo de protección civil, que en apenas cuatro días y con una manguera aspersor salvó más vidas que Alexander Fleming. No todos los héroes llevan capa. A algunos con una manguera les basta.
El domingo, los supervivientes que quedaban parecían agarrarse con esperanza al “resistiré” con el que el Dúo Dinámico había abierto el festival el jueves. Se echa en falta algún día de barbecho para darle descanso al cuerpo y, sobre todo, al hígado, pero aun así, Taburete consiguió hacer saltar a toda la plaza a eso de las dos de la tarde antes de irse al motel. Sidecars cerró con un mágico concierto en el mismo camping la decimonovena edición del Sonorama Ribera, pero la organización ya se prepara para 2017 y, de hecho, este mismo miércoles salen a la venta los primeros abonos.
Y es que no es lo mismo imaginarlo que poder estudiarlo con detalle, por eso servidor volverá, siempre que le sea posible, a disfrutar del vigésimo aniversario del festival. Y vosotros también deberíais.
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