Energía de fusión impulso desde química de fusión fría
Seguro que has escuchado hablar de la fusión fría y de otro tipo de fusiones químicas. ¿Sabes en qué consiste la energía de fusión?
Avances en energía de fusión
La carrera hacia la fusión nuclear
Fisión y fusión nuclear
Cuando pensamos en fusión solemos imaginar “un sol embotellado”: anillos magnéticos gigantes conteniendo plasma ardiente o baterías de láseres apuntando a un minúsculo blanco. Ese es el camino clásico, el de la alta energía. A un lado del escenario, sin embargo, hay otra línea que se niega a desaparecer: la de las reacciones nucleares a baja energía en materiales cargados de hidrógeno o deuterio, lo que muchos llaman fusión fría o LENR. ¿Puede la química, electroquímica, ciencia de materiales, superficies, darle un nuevo impulso a esta idea?
Un poco de historia, sin dramatismos
A finales de los 80, dos electroquímicos aseguraron haber visto señales de fusión en un laboratorio corriente. La noticia dio la vuelta al mundo y, poco después, el globo se desinfló: la mayoría de equipos no pudo reproducir los resultados. Aquel episodio dejó cicatrices, pero no enterró todas las preguntas. Con el tiempo, distintos grupos han vuelto a mirar el problema con más calma, más instrumentación y menos promesas. La conclusión general ha sido prudente: no hay demostración sólida de energía útil procedente de LENR, aunque sí se han identificado buenas prácticas y rutas experimentales más serias para seguir explorando.
¿Qué se está probando hoy?
La palabra clave es control. Control de materiales, de cargas, de calor, de contaminaciones. En el corazón de muchos ensayos hay metales como paladio o níquel cargados con hidrógeno o deuterio. La hipótesis de trabajo es sencilla de enunciar y difícil de lograr: si consigues altísimas cargas dentro de la red metálica y empujas al sistema a estados fuera del equilibrio (con pulsos eléctricos, gradientes, co-depósitos), podrían aparecer zonas activas donde las barreras habituales se modulan y se favorecen reacciones poco comunes.
Aquí la química manda. Importa la microestructura (defectos, dislocaciones, límites de grano), la nanoporosidad, la limpieza de superficies y la forma de cargar y descargar el material. También importan, y mucho, las mediciones: si afirmas ver “calor extra”, necesitas calorímetros bien calibrados, celdas selladas, balances energéticos cerrados y controles ciegos. Y no basta con calor: cualquier indicio de reacción nuclear debería venir acompañado de firmas nucleares. Sin esas huellas, el fenómeno se queda en “algo raro pasó en la celda”, que no es suficiente.
Por qué ahora se habla de “impulso”
En los últimos años han aparecido programas de verificación que financian equipos independientes para comprobar, con protocolos acordados, si ciertos informes resisten el escrutinio. En paralelo, grupos universitarios han refinado la electroquímica de toda la vida con herramientas modernas: micro fabricación, caracterización in situ, control fino de la estequiometría y del estrés mecánico de las redes metálicas.
Y en la periferia del término “fusión fría” han surgido enfoques de sólido-estado que, sin prometer energía neta, muestran que la estructura de un material puede condicionar reacciones nucleares inducidas. ¿Es lo mismo que una “fusión a temperatura ambiente” autosostenida? No. ¿Ayuda a entender qué condiciones materiales son relevantes? Sí.
¿Qué falta para convencer a cualquiera?
Tres piezas, bien atornilladas:
- Repetibilidad: que lo que afirmas ocurra en manos ajenas con un protocolo público y bien definido.
- Medición redundante: calorimetría independiente (idealmente más de un método) y un inventario energético sin rendijas.
- Firma nuclear clara: productos o radiación que no puedan explicarse por química convencional, correlacionados con los episodios de calor.
La historia de este campo está repleta de picos de entusiasmo seguidos de bajones por falta de estos tres tornillos. Por eso hoy la consigna sensata es: menos titulares, más tablas y cuadernos abiertos.
¿Cómo encaja esto con la fusión “caliente”?
La comparación ayuda a poner los pies en la tierra. La fusión convencional, tokamaks, stellarators, láseres, choca con una física durísima, pero tiene un camino claro: confinamiento, estabilidad, materiales, y, poco a poco, hitos medibles (mejores coeficientes de ganancia, tiempos de confinamiento, potencias pico). El reto es convertir esos avances en electrones en la red de manera fiable y económica.
LENR, en cambio, aún está en la fase cero: demostrar de forma incontestable que existe un fenómeno reproducible con saldo energético explicablemente nuclear. Si un día eso se consigue, llegará la fase uno: entender el mecanismo; y más tarde la fase dos: amplificar y convertir esa energía de manera práctica. Es un camino mucho más largo de lo que a veces se sugiere.
¿Qué señales serían buenas noticias en el corto plazo?
Publicaciones con datos brutos y calorimetrías gemelas que lleguen a la misma cuenta.
- “Round robins”: el mismo experimento replicado, paso a paso, por varios laboratorios sin contacto previo y con ciegos.
- Medidas de helio o cambios isotópicos hechas en instalaciones metrológicas externas, con muestras testigo y cadenas de custodia estrictas.
- Protocolos que especifiquen cuánto dura el efecto, bajo qué condiciones se apaga y cómo se “enciende” de nuevo (si se puede).
- Todo eso suena poco glamuroso, pero es exactamente lo que separa un efecto real de un espejismo.
El veredicto honesto a día de hoy
¿Hay un impulso? Sí: mejores materiales, mejores medidas y más ganas de comprobar en serio. ¿Hay una prueba concluyente de que la química esté regalándonos energía de fusión utilizable? No. Lo responsable es mantener un escepticismo constructivo: ni cerrar la puerta por prejuicio, ni abrirla de par en par a la primera señal dudosa.
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