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OBITUARIO

Miguel Ángel Merigó González, ingeniero hasta el final

El articulista de OKDIARIO y prestigioso ingeniero falleció a los 86 años el pasado domingo

El pasado domingo falleció en Mallorca, a los 86 años, mi padre, Miguel Ángel Merigó González.

Los lectores de OKDIARIO quizá conozcan su nombre por los artículos que durante los últimos años publicó en estas páginas junto a su amigo Pedro Cantarero, con quien compartió una intensa colaboración intelectual durante esta última etapa de su vida.

Escribieron sobre energía, agua, inundaciones, incendios, el gran apagón y, más recientemente, sobre la seguridad ferroviaria.

Lo que probablemente conozcan menos es la historia del hombre que había detrás de esos artículos. Mi padre nació en Madrid y desde muy pequeño tuvo que demostrar una fortaleza que le acompañaría durante toda su vida. Con tan solo siete años, en aquella España difícil de la posguerra, enfermó de tuberculosis y la superó.

Años después emigró con sus padres a Ginebra, una decisión familiar que acabaría cambiando completamente el rumbo de su vida. Desde Ginebra se marchó posteriormente a Lausana para estudiar Ingeniería Eléctrica en la École Polytechnique de Lausanne.

En 1967, mi padre inició una nueva etapa profesional en General Electric, en Lynchburg, Virginia. Allí vivimos hasta 1975. Fueron ocho años importantes para su carrera profesional, pero también una parte fundamental de nuestra historia familiar.

Eran los primeros años de las comunicaciones móviles, muchísimo antes de que palabras como GPS, telefonía móvil o geolocalización formasen parte de nuestro vocabulario cotidiano.

En General Electric participó en el desarrollo de un sistema pionero para localizar vehículos en zonas metropolitanas utilizando señales de radio. En enero de 1970, General Electric solicitó en Estados Unidos la patente US 3,680,121, Mobile Locator System for Metropolitan Areas, en la que figuran como inventores Roy E. Anderson y Miguel A. Merigó.

El principio resultará familiar a cualquier ingeniero de telecomunicaciones actual: varias estaciones receptoras sincronizadas recibían la señal procedente del vehículo y, mediante las diferencias en los tiempos de llegada, podían determinar su posición. Todo esto en 1970.

El sistema no se quedó en una patente. Fue probado experimentalmente y sus resultados se publicaron en 1972 en IEEE Transactions on Vehicular Technology.

En 1975 regresamos todos a Madrid, comenzando una nueva etapa de nuestra vida familiar. Y pocos años después la vida volvió a poner a prueba aquella fortaleza que había demostrado desde niño. A los 42 años le diagnosticaron un cáncer de colon. También lo superó.

Vistas ahora, al final de su vida, aquellas dos experiencias —la tuberculosis a los siete años y el cáncer a los 42— ayudan a comprender algo esencial de su carácter.

Mi padre tuvo una vida larga y extraordinariamente plena, pero no una vida en la que todo resultara fácil. Tuvo una enorme capacidad para superar los momentos difíciles y seguir adelante. Y lo hizo sin perder sus ganas de vivir, su curiosidad, su cariño por los demás ni su sentido del humor.

Muchos años después, mis padres hicieron de Pollença, en Mallorca, su hogar. Allí comenzó también una última etapa intelectual que sería muy importante para él. En esos últimos años tuvo una importancia especial su amistad con Pedro Cantarero. De aquellas investigaciones y conversaciones surgieron los artículos que publicaron conjuntamente en OKDIARIO.

Juntos escribieron sobre las terribles inundaciones de Sant Llorenç des Cardassar, sobre el precio de la electricidad, el gas y la soberanía energética; sobre el agua y el almacenamiento hidroeléctrico; sobre las inundaciones de Valencia; los grandes incendios; el apagón eléctrico y la seguridad ferroviaria.

Estoy seguro de que aquellas conversaciones, investigaciones y artículos fueron también una importante fuente de ilusión para él durante estos últimos años. Por eso, al recordar hoy los artículos de Miguel Ángel Merigó en OKDIARIO, creo que es justo recordar también a Pedro Cantarero, su amigo y compañero en todos ellos, y agradecerle personalmente los años de amistad, conversación y trabajo que compartió con mi padre. Mi padre tenía más de ochenta años y seguía calculando, investigando, debatiendo con Pedro y escribiendo. Siguió siendo ingeniero hasta el final.

Miguel Ángel era también un hombre extraordinariamente cariñoso, profundamente unido a su mujer, a sus hijos, a su nuera y a sus nietos. Y tenía un magnífico sentido del humor que conservó hasta sus últimos días. Esa combinación es una de las cosas que más recordaré de mi padre:

Cuando pienso en todo su recorrido —Madrid, Ginebra, Lausana, Virginia, otra vez Madrid y finalmente Pollença—, resulta extraordinario pensar en todo lo que cabe dentro de una sola vida.

Aquel niño de siete años que superó una tuberculosis en la España de la posguerra emigró después a Suiza, se hizo ingeniero, formó una familia, se marchó con ella a Estados Unidos, participó en los primeros desarrollos de las comunicaciones móviles, regresó a España, superó un cáncer a los 42 años y, más de cuatro décadas después, continuaba estudiando, escribiendo, discutiendo con un amigo, haciendo bromas y disfrutando de su familia.

Él nunca perdió la curiosidad. Ni las ganas de vivir. Como hijo suyo, al mirar ahora hacia atrás, me resulta difícil imaginar un legado mejor.

Gracias, papá. Por enseñarnos a preguntar, a pensar, a seguir adelante y, también, a reír.