Lluís Homar devuelve el sentido a los ideales del emperador Adriano
Homar está sublime en 'Memorias de Adriano', al tiempo que el acompañamiento es el decorado preciso e incluso demoledor
Memorias de Adriano le costó a Marguerite Yourcenar años de hurgar en información y sumergirse en documentos, hasta que finalmente en 1943 decidió iniciar el libro, que finalizó en 1950 publicándose al año siguiente.
Le pudo la fascinación por un personaje que consideraba uno de los últimos espíritus libres de la antigüedad y con tantos documentos en el escritorio es de imaginar que tuvo en cuenta que Adriano fue uno de los llamados «cinco emperadores buenos», los que van de Nerva a Marco Aurelio, con Adriano en el centro de la ecuación. Coincide con el momento de la consolidación del Imperio Romano, priorizando la estabilidad fronteriza que en el caso de nuestro protagonista se concretó en el célebre Muro de Adriano levantado en Britania para protegerse de las hordas bárbaras lugareñas.
Marguerite Yourcenar enfatiza en Memorias de Adriano los ideales de un emperador ilustrado: Humanitas, Felicitas, Libertas, que reflejan el cénit de su edad de oro. También lo subraya la puesta en escena al proyectarse en el ciclorama las tres palabras. Homar las regresa en una colosal inmersión.
Durante hora y media asistimos a un intenso monólogo que pone a prueba y sin descanso la capacidad de Lluís Homar para enamorarnos con la palabra, al tiempo que se sumerge literalmente en la piel de Adriano para hablarnos con magnética profundidad del poder, la muerte y la soledad. Supremo.
Prácticamente de inmediato se consideró Memorias de Adriano una obra maestra, puesto que, añadido al éxito entre lectores y críticos, se calificó la escritura como un alarde en el arte de fusionar minuciosidad histórica con el estilo poético y reflexivo exhibido por la escritora francesa. Hay además otro elemento a tener en cuenta y es la coincidencia de estar escribiendo el libro en plena ruina moral generada por la II Guerra Mundial, reflexionando precisamente en este escenario sobre la figura del hombre nuevo que fue a encarnar el emperador romano, impulsor del helenismo y las artes, además de gran reformador de leyes enfocadas en el bienestar de los ciudadanos y todo esto, de alguna manera, bullía en la mente de Marguerite Yourcenar.
Hay que situarse en 1943 y la terrible destrucción de Europa para imaginar el incendio emocional que causaba en Yourcenar repetirse, una y otra vez, Humanitas, Felicitas, Libertas como leitmotiv de su libro; al tiempo que 18 siglos antes, la visión del buen gobierno en la mente de Adriano.
¿Cómo afrontar la soledad del poder y los valores, todavía hoy vigentes, de aquel personaje que ella consideraba un espíritu libre de la antigüedad? El monólogo sin ir más lejos. Que sea él mismo quien nos cuente su camino y la manera en que decidió transitarlo. Había un problema para el teatro, caso de plantearse alguien la adaptación escénica: un monólogo en exceso denso y, por eso mismo, únicamente apto para mayúsculos tótems de la escena.
En España tenemos un precedente y es el de José Luis Gómez el año 1998 atreviéndose a afrontar el monólogo, dirigiéndose él mismo en el Teatro de La Abadía, fundado por él poco antes. Pues bien, 27 años después, le ha llegado el turno a Lluís Homar de la mano del Festival de Mérida.
No sabría decir si el equipo técnico que le acompaña es idóneo porque me consta que en Palma no ha gustado la escenografía de José Novoa y puede que tampoco la dirección de Beatriz Jaén. Por el contrario, la dramaturgia de Brenda Escobedo sí que enganchó unánimemente al público por la gran recreación del monólogo soñado tiempo atrás por Marguerite Yourcenar.
Debo aclarar desde ya mismo que a mí sí me gustó todo el planteamiento y sin reservas. Lluís Homar está sublime, muy grande en todo el recorrido, al tiempo que el acompañamiento es el decorado preciso e incluso demoledor en relación a recrear las sombras que acompañan el poder desde el punto de vista contemporáneo, que en definitiva esa fue la intención de Yourcenar.
Estamos acostumbrados, incluso a veces hastiados, del empleo del vídeo en las producciones chic del momento; si bien esta vez es demoledor el juego incisivo de los medios audiovisuales en la manipulación, unido a la púrpura que acompaña al poder. Los cinco personajes que envuelven a Lluís Homar van jugando papeles diversos desde ser parte de la corte aduladora a figuras concretas en la exposición del desarrollo histórico. Exceptuando esa escena capital sobre los pensamientos amorosos de Adriano, frente a Antínoo, su esclavo-amante encarnado por el bailarín-actor-coreógrafo, Àlvar Nahuel. Majestuosa su intervención a partir de una coreografía propia, reconocida unánimemente por su presencia escénica y técnica corporal. Son sublimes todos y cada uno de sus juegos escénicos. De hecho, todo el recorrido del monólogo anda bien perfumado por unos movimientos de excelente diseño.
Les diría a quienes piensan que estaban fuera de lugar ciertas evoluciones, que en su conjunto hablamos de la maquinaria propia de un reloj: dándole el pulso a cada instante, con una precisión impecable en la que sobresale la monumental construcción de un relato en tiempo presente, trasladando esa reflexión clásica imaginada por Yourcenar a un contexto contemporáneo.
Nada tiene de extraño que Marguerite Yourcenar abriese su relato con una cita de Flaubert: «Cuando los dioses ya no existían y Cristo no estaba aún, hubo un momento único desde Cicerón a Marco Aurelio en que estuvo el hombre solo». Exactamente lo que está sucediendo ahora mismo, con las renuncias de Occidente a sus raíces, provocando su inevitable decadencia.
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