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¡Despierta España!

Todo articulista aspira, en el fondo, a escribir una publicación extraordinaria. Y cuando quien escribe no es un profesional consagrado o un nombre afamado, ese deseo se intensifica: expresar una idea clara, construir un mensaje que resuene, que alcance a un número relevante de lectores. Pero, sobre todo, que trascienda. Que influya. Que sirva para cambiar actitudes, conciencias y voluntades.

Sin embargo, qué difícil resulta hoy trasladar una visión que logre una valentía mayoritaria en torno al cambio profundo que España necesita. Para que eso ocurra, casi debería producirse un milagro: una catarsis colectiva en la que la mayoría de los medios de comunicación se pusieran de acuerdo para alcanzar un punto de reflexión rigurosa, alejada del cerrilismo y del sectarismo ideológico. Un momento de liberación de esas cadenas que hoy atenazan el debate público y que impiden reconocer una evidencia incómoda: España no puede continuar ni un minuto más en esta oscura senda de degradación institucional y política.

Daría igual, en el fondo, qué partido hubiera conducido al país hasta esta situación en una democracia hoy absolutamente devaluada. Pero no da igual. Porque ha sido el PSOE. Y conviene decirlo sin ambages. Un partido que, en líneas generales, ha resultado nefasto para España. Su trayectoria histórica anterior a la Dictadura fue criminal y destructiva; y en el periodo democrático, salvo el paréntesis de Felipe González, ha reincidido -desde Zapatero- en una dinámica guerracivilista, de traición, corrupción y deriva autoritaria.

Como si se tratara de una maldición histórica, el socialismo español ha vuelto a dividir a España entre buenos y malos, sin el menor proyecto de nación unida, próspera y fuerte. La casa común se ha ido fragmentando cada vez más, mientras sus enemigos de siempre no solo condicionan, sino que prácticamente dirigen su rumbo hacia el abismo.

Hoy asistimos a una gestión desastrosa, negligente y, en muchos aspectos, criminal, encabezada por un PSOE liderado por un individuo sin el más mínimo escrúpulo. En lógica democrática, esta situación debería haber provocado ya una repulsa masiva de la ciudadanía. Y, sin embargo, observamos con estupor que el Gobierno sigue contando con apoyos y que su presidente continúa proclamando, sin el menor atisbo de ética, la existencia de una supuesta gestión «excelente».

La pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado a estos niveles de degradación en todos los ámbitos de nuestra democracia? Y la respuesta, aunque incómoda, apunta en varias direcciones. El Gobierno es responsable. La oposición, también. Pero sería deshonesto no reconocer que, en cierta medida, todos somos responsables de haber permitido este deterioro progresivo.

En este contexto, sólo queda Vox para despejar la gran duda: si todavía es posible otra forma de gobernar, otra manera de pensar y de actuar verdaderamente al servicio de España y de los españoles. Porque la realidad bipartidista ha sido cruel y sus políticas nos han conducido hasta aquí: pactos con nacionalismos desleales, ataques sistemáticos a la unidad nacional, seguidismo en lo esencial, colonización de la Justicia, indultos y amnistías a golpistas, cesiones ante el terrorismo, liberaciones indignantes, imposiciones ideológicas globalistas, corrupción estructural, inseguridad creciente, inmigración descontrolada, crisis energéticas, tragedias evitables en infraestructuras… y un largo etcétera que los ciudadanos conocen demasiado bien.

Romper esa inercia no será fácil. Casi todo el sistema parece diseñado para impedir que esa alternativa siquiera tenga la oportunidad de intentarlo. Pero si no se produce ese punto de inflexión, si España continúa atrapada en el mismo engranaje político que la ha debilitado durante décadas, no estaremos ante una simple alternancia fallida. Estaremos ante la confirmación de que hemos aceptado, resignadamente, otra etapa oscura de nuestra historia.