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Cuando el fuego recuerda quiénes somos

En Mallorca, Sant Antoni no es sólo una fiesta. Es un espejo donde numerosas localidades se reconocen sin filtros, una noche larga de fuego, demonios y canciones que no piden permiso a nadie para existir. Mientras los calendarios oficiales avanzan hacia una uniformidad cómoda, Sant Antoni insiste en quedarse, en recordarnos que la identidad no se negocia ni se importa en contenedores culturales.

Desde la mirada de Vox, Sant Antoni representa algo esencial y hoy incómodo: la continuidad de una tradición popular que no necesita tutelas ideológicas ni relecturas forzadas. Es una celebración nacida del pueblo, sostenida por generaciones y transmitida con una naturalidad que desarma a quienes prefieren una cultura aséptica, sin raíces y sin carácter. Aquí no hay complejos ni cuotas, hay memoria compartida.

Los dimonis, con su teatralidad ancestral, no son un problema a corregir, sino un lenguaje simbólico que Mallorca entiende desde hace siglos. El fuego purifica, el canto une y la calle se convierte en casa común. Frente a la obsesión contemporánea por regularlo todo, Sant Antoni reivindica la espontaneidad responsable, la convivencia real, no la diseñada en despachos lejanos.

También está la bendición de los animales, un gesto que habla de respeto por la vida cotidiana y por el mundo rural que durante demasiado tiempo ha sido tratado como decorado folclórico. Para Vox, defender Sant Antoni es defender a las familias que viven y trabajan la tierra, y una forma de entender Mallorca que no cabe en según qué campañas de marketing turístico ni en consignas vacías.

Hay quien mira estas fiestas con desconfianza, como si fueran un residuo incómodo de un pasado que convendría diluir. Se les reprocha ruido, se les reprocha desorden, se les reprocha no adaptarse al gusto global. Pero lo que en realidad molesta es que Sant Antoni no pide perdón por ser lo que es. No se pliega a modas importadas ni a discursos que pretenden reescribir la tradición desde una superioridad moral impostada.

Mallorca no es un parque temático y Sant Antoni lo recuerda cada enero con una claridad casi insolente. La isla tiene leyendas y éstas se expresan en los rituales heredados y en la capacidad de celebrar juntos sin pedir certificados de virtud. Vox defiende esa Mallorca real frente a quienes la quieren fragmentada, diluida o convertida en producto.

Escribir sobre Sant Antoni hoy no es nostalgia, es responsabilidad. Las tradiciones que se abandonan no vuelven y las que se vacían de sentido acaban siendo caricaturas para turistas. Proteger Sant Antoni es proteger la libertad cultural de Mallorca, su derecho a seguir siendo ella misma.

Cuando el fuego se apaga y la noche termina, queda algo más que ceniza. Queda la certeza de pertenencia, la complicidad entre vecinos y la intuición de que no todo debe cambiar para ser legítimo. Sant Antoni sigue ahí, terco y luminoso, recordándonos que Mallorca no necesita reinventarse, sólo respetarse.

En tiempos de ruido político y consignas fugaces, Sant Antoni ofrece una lección serena. No habla de exclusión, sino de pertenencia; no impone, convoca. Desde Vox la defensa de esta fiesta no es una pose, es un compromiso con la soberanía cultural frente a la homogeneización. Mallorca merece decidir cómo celebra y qué símbolos transmite a sus hijos.

Defender Sant Antoni es apostar por una sociedad consciente de su historia, orgullosa de sus raíces y libre para caminar hacia el futuro sin renunciar a sí misma con dignidad, tradición y sentido común, frente a imposiciones ajenas y pasajeras ideológicas.