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Ni ajedrez ni pasatiempos: la actividad recomendada por el método Montessori para que los mayores de 65 años mejoren su función cognitiva

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

La búsqueda de métodos efectivos para mantener la agilidad mental en la tercera edad es una constante. Lejos de las tradicionales partidas de ajedrez o los pasatiempos más comunes, el método Montessori para mayores de 65 años propone una alternativa centrada en la práctica sensorial y en el contacto directo con estímulos cotidianos.

Esta metodología, conocida por su capacidad de adaptarse a diferentes etapas vitales, recomienda una actividad muy concreta: la cesta sensorial de estímulos y aromas cotidianos, un recurso que ayuda a mejorar la función cognitiva a través de un proceso conocido como estimulación multisensorial.

Cómo es la cesta sensorial para la estimulación cognitiva de los mayores de 65 años

La cesta sensorial consiste en reunir objetos, texturas y aromas del día a día para que la persona mayor los explore, los reconozca y los asocie con recuerdos y experiencias propias. Su eficacia se explica a través de varios mecanismos que actúan de forma conjunta sobre el cerebro.

El primero tiene que ver con la neuroplasticidad. El cerebro, incluso en edades avanzadas, conserva la capacidad de crear nuevas conexiones neuronales, y los estímulos variados que ofrece la cesta obligan al cerebro a procesar información compleja. Identificar objetos y olores específicos funciona, en este sentido, como una auténtica gimnasia mental que ejercita la corteza cerebral.

El segundo mecanismo está relacionado con el poder único del olfato como memoria evocativa. El olfato es el único sentido conectado de forma directa con el sistema límbico, la zona cerebral que regula las emociones y la memoria a largo plazo. Por eso un aroma cotidiano, como el del café, la lavanda o la tierra mojada, puede recuperar recuerdos que parecían bloqueados, un fenómeno conocido popularmente como el efecto Proust.

El tercer mecanismo activa la memoria de trabajo y semántica. El simple hecho de reconocer y nombrar un objeto o un aroma obliga a la persona a vincular ese estímulo actual con experiencias pasadas de su propia vida, además de fomentar la verbalización y la construcción de frases al describir lo que siente.

Por último, esta práctica ayuda a prevenir el aislamiento y mejora el estado de ánimo. Aromas como el de la manzanilla contribuyen a bajar los niveles de cortisol, el ejercicio de atención focalizada reduce la agitación física, y compartir los recuerdos que van surgiendo genera conversación y bienestar emocional, algo especialmente valioso para combatir la soledad en esta etapa de la vida.

Cómo se transforma un estímulo en un recuerdo dentro del cerebro

La conexión entre los estímulos de la cesta y la mente se produce a través de una auténtica autopista biológica que une los receptores de los sentidos con los centros de control del cerebro. Entender este recorrido ayuda a comprender por qué un simple olor o una textura pueden tener un efecto tan inmediato sobre la memoria y las emociones.

En el caso del olfato, el camino es especialmente directo. Las moléculas del aroma entran por la nariz y son recibidas de inmediato por el bulbo olfatorio. Esta señal, a diferencia del resto de sentidos, esquiva el tálamo, que actúa normalmente como filtro del cerebro, y llega directamente a la amígdala, encargada de las emociones, y al hipocampo, vinculado a la memoria. El resultado es que el olor activa el recuerdo incluso antes de que la mente llegue a razonarlo.

El tacto sigue un camino distinto, pero igualmente revelador. Cuando las manos exploran una textura, ya sea suave, rugosa, fría o cálida, los mecanorreceptores de la piel envían impulsos eléctricos que ascienden por la médula espinal hasta el cerebro. Allí, la corteza somatosensorial dibuja una especie de mapa mental del objeto, permitiendo que la mente identifique su forma y su material sin necesidad de recurrir a la vista.

El verdadero efecto se produce, sin embargo, cuando ambos caminos convergen en lo que podría llamarse integración multisensorial. Al recibir el olor y la textura de manera simultánea, la corteza asociativa del cerebro une ambas señales en una sola idea, generando una especie de efecto dominó que enciende múltiples áreas cerebrales en ambos hemisferios. El resultado final es un cerebro más activo, más despierto y más conectado con la realidad presente.