La frase de San Juan de la Cruz sobre el amor que invita a reflexionar: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor»
Entre las frases importantes de la religión católica, traemos aquí una frase sobre el amor para reflexionar, de San Juan de la Cruz.
Frase de San Agustín sobre el amor
San Ignacio de Loyola sobre la confianza
Santa Teresa de Jesús
Hay frases que atraviesan los siglos con la fuerza de un axioma silencioso. Una de ellas, acuñada por san Juan de la Cruz en sus cartas a las carmelitas descalzas, resume una de las intuiciones más revolucionarias de la mística occidental: «Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor». Leída con la ligereza de los tiempos modernos, podría parecer un eslogan optimista de autoayuda impreso en una taza de café. Sin embargo, cuando uno rasca la superficie de la Castilla del siglo XVI, entre celdas oscuras, persecuciones y una reforma religiosa que rozaba la intemperie física, comprende que estas palabras no nacen de la ingenuidad, sino del realismo más descarnado.
Una escritura hecha desde la experiencia
El fraile abulense no escribía desde la comodidad de un despacho iluminado por la luz eléctrica, sino desde la experiencia de quien ha tocado los límites del desamor institucional y el sufrimiento humano. Dirigía sus epístolas a mujeres que vivían enclaustradas, expuestas a tensiones comunitarias, enfermedades y estrecheces económicas. A ellas les recordaba una ley espiritual que contradice el pulso natural del ser humano.
Ante el vacío, la sequedad o el conflicto, nuestra reacción visceral suele ser la trinchera, la queja o la distancia defensiva. San Juan de la Cruz proponía exactamente lo contrario: adelantarse al contexto, inyectar gratuidad donde reina la escasez y transformar el terreno baldío a base de una voluntad tercamente constructiva.
Esta premisa cambia por completo la lógica del intercambio comercial que rige gran parte de nuestras relaciones actuales. Estamos acostumbrados a amar en proporción directa a lo que recibimos, midiendo los afectos con la precisión mezquina de un contable. Si la otra persona se muestra distante, fría o hostil, el manual de supervivencia cotidiana nos empuja a replegar velas y cerrar el grifo de la empatía.
El místico, en cambio, invierte los términos de la ecuación. Sostiene que el amor no es un premio que se otorga solo a quien lo merece, sino una simiente que se arroja sobre la tierra seca con la única esperanza de que, tarde o temprano, la tierra responda.
Una acción desde la libertad
Pensemos en el peso de ese verbo inicial: pon. No dice «espera a que brote» ni «busca dónde hay afecto para instalarte cómodamente». Exige una acción deliberada, un esfuerzo activo que brota de la libertad interior. Poner amor en un espacio donde impera la aspereza exige una valentía poco común. Significa escuchar a quien no tiene razón, perdonar una ofensa antes de que pidan disculpas o sostener la mirada a alguien que nos ha decepcionado.
No se trata de un enamoramiento almibarado ni de una emoción efímera que sube y baja como la marea, sino de una decisión firme de la voluntad orientada al bien del otro, incluso cuando el cuerpo entero pide huir o contraatacar.
Segunda parte del mensaje
La segunda parte de la sentencia promete un resultado que parece mágico: ·y sacarás amor·. Aquí radica el verdadero desafío de la experiencia mística sanjuanista. La cosecha no es automática ni inmediata. Quien planta afecto en un terreno hostil suele llevarse más de un chasco y unas cuantas espinas en las manos antes de ver el primer brote verde.
La transformación de la realidad tiene lugar a través de una paciencia arcillosa que sabe esperar los tiempos de la maduración. Cuando alguien experimenta que es tratado con una benevolencia desmedida, algo se tambalea en sus esquemas defensivos habituales. El cinismo se desarma, la coraza cede milímetro a milímetro y surge, casi de forma imprevista, una reciprocidad que antes parecía imposible.
Una vida ordinaria vacía
Llevar este principio a la trinchera de la vida ordinaria resulta exigente hasta rozar lo imprudente. Vivimos inmersos en sociedades hiperconectadas pero profundamente solitarias, donde el desencuentro laboral, la polarización ideológica y las fracturas familiares generan a diario pequeños infiernos cotidianos.
En esos microclimas de tensión, aplicar la fórmula de san Juan de la Cruz supone un acto de auténtica subversión pacífica. En lugar de avivar el fuego con una respuesta airada o un silencio cortante, introducir un gesto de comprensión desarma el engranaje del conflicto. No es debilidad; es la constatación lúcida de que el rencor solo engendra réplicas idénticas en una cadena sin fin.
A modo de conclusión
Al final, las palabras del fraile carmelita nos devuelven la responsabilidad sobre el clima emocional que habitamos. Solemos pasar la mitad de la vida lamentándonos de la falta de afecto, de la incomprensión de los demás o de la frialdad del entorno, como si el amor fuera un recurso natural ajeno a nuestro control que se agota o abunda por capricho del destino.
San Juan de la Cruz nos sacude de esa pasividad cómoda recordándonos que somos nosotros los encargados de abrir la canilla. Donde no hay calor, nos toca encender la chispa. Y aunque el frío del mundo sople con fuerza, la insistencia callada de ese gesto cotidiano termina por alterar el paisaje humano que nos rodea.
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