Víctimas de sus normas tradicionales
La monarquía milenaria del Japón está siendo víctima de sus normas tradicionales que impiden a las mujeres acceder al trono e incluso transmitir derechos sucesorios. La ley sálica en su más exigente condición. Recuerdo la primera vez que visité Japón acompañando a los entonces Príncipes de España, Juan Carlos y Sofía, y, más tarde, en 1980, ya como reyes, la visita oficial. En ambas fueron recibidos por el emperador Hirohito y su esposa Nagako.
Todos quedamos prendados por la impresionante y elegante decoración del palacio imperial, donde granadas enanas adornaban el mobiliario y las mesas de las estancias. Granada, ¡ay!, mi Granada. Desde entonces hasta la fecha ha habido dos emperadores más: Akihito y su esposa Michiko y el actual, Naruhito, casado con Masako. Es sabido el problema de su esposa a causa de una complicada depresión que le ha impedido, a lo largo de los años y en múltiples ocasiones, acompañarle tanto en ceremonias del país como en los viajes oficiales. Son padres de una sola hija, la princesa Aiko, que cuenta con amplísimo respaldo social, pero que las dichosas normas tradicionales le impiden ser sucesora y acceder al trono. Es el hermano de Naruhito, Fumihito, el heredero al trono del Crisantemo, quien a su vez es el padre del príncipe Hisahito, segundo en la línea de sucesión, pertenecientes a la dinastía Yamato, la monarquía más antigua del mundo, remontándose a más de dos mil años. La casa imperial japonesa reconoce la legitimidad de ciento veinticinco monarcas que se han sucedido desde el fundador de Japón y su primer emperador, Jinmu Tenno, el 11 de febrero de 660 a. C., hasta llegar al actual emperador Naruhito.
Lo que parece increíble es que en el Japón actual, con 120 millones de habitantes, un PIB de 4,38 billones de dólares, con una renta per cápita de 35,703 $ y siendo la cuarta economía mundial, tras Estados Unidos, China y Alemania, todavía siga en vigor la dichosa ley sálica, que castiga e impide a la mujer ser la heredera al trono; pueda ser un país tan machista. Pues bien, en el centro de este debate se encuentra la joven Aiko, la única hija de Naruhito. De hecho, también deben dejar de ser miembros de la familia imperial aquellas princesas que se casen con «plebeyos» y, además, impidiendo a su descendencia poderles transmitir su linaje.
Su ley sálica
Y aunque hasta el momento no existe problema alguno en cuanto a los herederos, suponiendo que el joven Hisahito, cuando se casara, no tuviera descendencia masculina, caería sobre la monarquía más antigua del mundo el hecho más dramático de su historia. Adiós a la dinastía y todo por el empecinamiento en que una mujer pueda ser emperatriz de un país que, por otro lado, está en la cima de los más avanzados del mundo. Así como en Europa desapareció la ley sálica hace años, primando la progenitura, es de época medieval que todavía ocurra esto en un país como Japón. Según el político conservador Hirofumi Nakasone y, como recoge la prensa del país nipón, no pueden reinar por su sexo femenino, llegando a sugerir que «no tendría con quién casarse si fuera emperatriz», además de aludir a la presión que sufriría para tener hijos, por lo que la monarquía nipona se encuentra actualmente con una grave crisis sucesoria, debido a la ley de la casa imperial de 1947, que aplica una estricta ley sálica, impidiendo, vuelvo a repetir, que las mujeres puedan acceder al trono o, lo que es peor, transmitir el linaje real. Es curioso cómo una mujer sí puede ser jefe de Gobierno, como lo es la primera ministra, Sanae Takaichi, y no puede ser heredera una mujer. La Ministra ha obviado esa mayoría popular que querría abolir la dichosa ley sálica y ha optado por una reforma de la ley que hará que puedan «adoptarse como miembros de la familia imperial a aquellos hombres pertenecientes a antiguas ramas de la realeza». Demasiado complicado, demasiado inexplicable en el Japón del siglo XXI.
El perfil bajo de la familia imperial
A pesar de todos estos problemas, no existe movimiento republicano alguno en Japón. Totalmente impensable. Los japoneses sienten un respeto por la institución imperial, un respeto ligado a la cultura, la historia y la identidad nacional. El emperador japonés no es solo una figura ceremonial como sacerdote del sintoísmo, que mantiene la armonía espiritual entre el pueblo, la tierra y los dioses. No existen escándalos, ni injerencias políticas ni protestas públicas. Y la familia imperial, a diferencia de las familias reales europeas, incluida sobre todo la española, mantiene un perfil bajo, aunque goza de un fuerte apoyo popular, incluso entre los jóvenes. Y aquí y ahora quiero recordar las palabras del emperador Akihito el día de su abdicación en 2016, donde destacó: «La familia imperial, más que descender o imponerse, debe estar cerca del pueblo y compartir sus alegrías y tristezas a través de una conducta correcta y constante”.
Chssssss…
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