Opinión

El ‘problemita’ de los universitarios es el ministro Castells

Uno se pregunta cómo hemos podido vivir tantos siglos sin un ministro de Universidades, pero enseguida se cae en la cuenta de que es al revés: nuestra Universidad puede presumir de su larga vida gracias a que no ha existido la figura del ministro de Universidades. Hasta que llegó Podemos y su reparto de dinero público a mansalva, para cubrirse todos los puntos de sus jorobadas espaldas, y empezó la fiesta de disfraces. Aquí estamos ante el gato cósmico, el del miedo a los ratones.

Cuando se anunció el estado de alarma, ninguno de nosotros sabíamos el tiempo ni las circunstancias en que se nos tendría encerrados en casa. Evidentemente, todos los padres que tenían a sus hijos estudiando fuera, lo primero que hicieron –al menos, los sensatos- fue recluirlos lo antes posible con ellos, previniendo lo que pudiera pasar y velando por su seguridad. Un estado de alarma debe crear lo que su propio nombre indica: alarma social. Esto lo hemos entendido todos los españoles a la perfección, menos uno: el ministro de Universidades, que acusa a los alumnos de haberse ido de sus lugares de estudio en busca de “un sitio más divertido”.

Me cansa escuchar a los poderes de cualquier grado y a los compañeros docentes descalificar continuamente a los alumnos, culpándoles de todo lo malo que sucede en el ámbito universitario. En los años que llevo dando clase, y he pasado por varias universidades, másteres y disciplinas, todo lo que he encontrado al otro lado de la tarima ha sido gratísimo (salvo un caso de una alumna herida a muerte en su pobre alma atormentada, que me hizo valorar aún más al resto). Afirmo rotundamente que los alumnos están sedientos por encontrar profesores serios, que les enseñen a pensar, que les planteen las cuestiones de cada materia con orden y lógica, que les exijan, que sean rígidos y estrictos, que les traten con el mismo respeto que se les exige y que, con todo lo dicho, confíen en ellos y en sus capacidades.

Durante el estado de alarma, al igual que el ministro del “problemita”, también recibo diariamente un sinfín de correos electrónicos de los doscientos alumnos que tengo este año matriculados en ´Fotoperiodismo`, que es la asignatura que imparto este cuatrimestre. En todos y cada uno de ellos, he encontrado un pupilo correctísimo en las formas, preocupado por hacer bien su labor, intranquilo por la situación, interesado por la asignatura y por aprender y, en definitiva, nada acorde con la definición que de ellos hace el ministro de Podemos. Quizás deba aclarar que mi docencia es en una universidad pública, por si no queda implícito. Por cierto, una de las más antiguas de España, con quinientos años de historia y muchas eminencias académicas sustentándola a lo largo de ellos.

El comportamiento de los alumnos –hablo de los míos, pero me atrevería a generalizar en la gran mayoría- está siendo ejemplar. La manera en que se han adaptado a la situación, en que han cogido el testigo de las nuevas formas de docencia y evaluación o cómo han gestionado su inquietudes y tiempo libre, para mí ha sido, hasta ahora, sobresaliente. No creo que haya que limitarse a hablar del caso concreto de la nueva “amiguita” de Castells, con la que se cartea a diario; sería más conveniente elevar el vuelo y mirar desde arriba a toda la comunidad universitaria, alabando la maravillosa gestión de reconversión que hemos llevado a cabo entre todos, y que esperemos que acabe de manera feliz, por el bien, sobre todo, de los chicos, que serán dentro de nada los profesionales que tengan que levantar este desastre.

Lo mejor que podía hacer el ministro Castells es reconocer que su ministerio es un fraude, ser honrado, dimitir y destinar su sueldo a los programas de Investigación y Desarrollo, para que los jóvenes, tras licenciarse, puedan acceder a la apasionante bodega del conocimiento y de la investigación en primera línea de batalla. No hay “problemita” en ninguno en ellos, el problemita es de la gestión del gobierno y de sus inventos para dar de comer a los “pelagambas”. No es tiempo de posturas agresivas, es tiempo de solidaridad, de trabajar duro y de contar con las personas más capaces y honradas. Esos alumnos a los que desprecia con sus palabras necias son tan víctimas de la mala gestión de su gobierno como el aire que levanta las alas de nuestra esperanza para el mañana. Sólo hay un camino: el del esfuerzo.