Opinión

El privilegio de ser padre

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Celebramos como cada año el Día del Padre con tazas, corbatas y toda esa épica de manualidades escolares bonita y reconfortante. El padre como figura entrañable, necesaria, incluso heroica. Y lo es. Pero hay algo en esa celebración que me chirría, desde estas gafas moradas tan poco sexys: ser padre, en comparación, no cuesta.

No cuesta en términos estructurales, quiero decir. No en el cuerpo, no en el tiempo, no en la trayectoria vital, al menos no tanto como a nosotras, ni mucho menos la mitad. La gran ventaja de los hombres no ha sido nunca la fuerza bruta —eso es un mito superficial—, sino su libertad respecto a la maternidad. Ahí está el núcleo del privilegio.

Las mujeres atraviesan la experiencia de tener hijos como quien se mete en una oposición sin fecha de salida. Años viviendo «como una atleta de alto rendimiento», sosteniendo simultáneamente embarazo, parto, trabajo, crianza, logística, afectos, deterioro físico, psíquico y culpa. La maternidad no es sólo un hecho biológico: es una reorganización total de la existencia. Y, sin embargo, seguimos hablando de ella como si fuera una especie de hobby con recompensa emocional. Nos metemos en el embarazo como quien se apunta a un Iron Man, mientras ellos ven la carrera desde el avituallamiento, aplaudiendo muy fuerte: ‘¡Venga, campeona, que ya asoma la cabecita!’.

Hasta que ser madre no deje de ser una condena económica para las mujeres, hablar de igualdad es retórica. Según Claudia Goldin, Premio Nobel de Economía en 2023, el «gran salto» en la desigualdad entre hombres y mujeres no ocurre al entrar en el mercado laboral ni por falta de educación, sino tras el nacimiento del primer hijo. La economía moderna penaliza la maternidad con menos salario, menos ascensos y carreras truncadas.

Ahí está la verdadera crisis de la familia en Occidente, que se tambalea porque su arquitectura económica sigue descansando sobre una deuda invisible: el coste reproductivo femenino no presupuestado. Las mujeres más formadas no están rechazando la pareja ni los hijos por capricho ideológico. Están evitando un contrato inasumible.

Y luego está la vida real, que siempre es más elocuente que cualquier teoría. Los cambiadores de bebé siguen, casi siempre, en el baño de mujeres. Mientras ellos arreglan el país en la sobremesa —en una especie de cumbre del G7 dominical—, nosotras ejecutamos el Comando Bayeta. No es que ellos sean malos, es que tienen una capacidad asombrosa para no ver las migas, una especie de daltonismo selectivo hacia la suciedad que les permite conservar una ligereza existencial envidiable.

Las estadísticas lo confirman: las mujeres dedican el doble de tiempo al trabajo doméstico y de cuidados. No es percepción: es estructura. Y esa diferencia explica casi todo lo demás —quién reduce jornada, quién cotiza y quién llega a la vejez con menos ingresos.

El padre contemporáneo es, muchas veces, un hombre implicado, cariñoso, presente. Pero se mueve en un orden que no le penaliza por serlo ni por no serlo del todo. Ese es el verdadero privilegio: la no penalización. Todavía escuchamos eso de: «Mi marido me ayuda un montón con los niños». Como si el señor fuera un becario muy voluntarioso en una empresa en la que no tiene acciones.

El privilegio es cómodo. Es moverse por el mundo sin que el mundo te recuerde constantemente tu falta de acceso, es la tranquilidad de que tus circunstancias coincidan con las reglas del juego. Y no tiene nada de ilegítimo. El único problema del privilegio es no saber que se posee. La verdadera indecencia no es tener ventaja, sino vivirla como si fuera neutral, como si fuera el resultado natural del mérito o, peor aún, como si fuera universal.

No se trata de negar el amor ni de caricaturizar a los hombres. Se trata de dejar de romantizar una desigualdad que sigue funcionando con una eficacia admirable. Hablemos de propiedad intelectual. Solo el 6% de las mujeres ponemos nuestro apellido al niño. ¡Es el mayor robo de derechos de autor de la historia! Nosotras ponemos el máster de nueve meses y el hosting del útero, pero la marca comercial se la lleva un socio que solo pasaba por allí. Es como si Steve Jobs hubiera hecho todo el trabajo y el logo fuera una pera.

La clave es esta: cultura, ilustración, traer al consciente toda esta mierda, y por supuesto, compensar a las mujeres que decidan, bien informadas, tener hijos. No hablo de limosnas ni de flores el Día de la Madre. Hablo de compensación material. De reconocer que la maternidad produce un bien colectivo y que ese bien debe pagarse a la mujer que gesta, pare y cría de manera directa, personal, intransferible. La maternidad no puede seguir siendo un lujo que prácticamente ninguna mujer trabajadora que desee seguir siendo independiente se puede permitir, tampoco un impuesto femenino del que el resto de la sociedad disfruta de gorra.

En muchos países europeos esto se ha entendido hace tiempo: en Polonia, Alemania, Austria, Suecia o Países Bajos existen ayudas directas por hijo que se mantienen durante años, y en Francia un sistema más complejo que combina prestaciones y servicios.

Y ¿cuál es la alternativa? ¿Permitir que solo las mujeres ultrarreligiosas sigan teniendo hijos, mientras las demás se retiran del juego? Eso sí será un suicidio colectivo.

Quizá el futuro empiece el día en que, por fin, ser madre deje de costar tanto y siga valiendo igual. Ese día tendremos mucho que celebrar.