Pedagogía del progreso
El psicólogo y divulgador científico Steven Pinker demostró en su obra La tabla rasa que el cerebro humano no es una vasija vacía que se vaya llenando en virtud de la cultura y la experiencia, sino que está dotado de un equipamiento de serie. En otras palabras, la naturaleza determina nuestros rasgos. Esta concepción del ser humano como organismo biológico ha sido tildada de reaccionaria por una izquierda que sigue anclada en el precepto de que todos somos iguales y que es la sociedad la que modela nuestras aptitudes. Pero Pinker no es un conservador, sencillamente, sostiene que no cabe identificar el legítimo rechazo político y moral a prejuzgar a un individuo en función de una categoría con la negación de que nadie es biológicamente indistinguible o que la mente de un recién nacido es un lienzo en blanco.
Su última obra, En defensa de la Ilustración, constituye un formidable alegato en pro del optimismo histórico, sustentado, como en él es habitual, en pruebas. En este caso, en cantidades ingentes de datos acerca del estado del mundo desde que, en el S. XVIII, se produjera lo que él denomina “la gran escapada”, es decir, una aceleración del progreso de proporciones inauditas. El pasado viernes, Pinker recaló en el Ateneo de Madrid, en un acto organizado por el foro que promuevo en el Parlamento Europeo (PE), Euromind, y en el que también participó el economista Luis Garicano, candidato de Ciudadanos a las elecciones al PE y autor del recién publicado El contrataque liberal. En esencia, se trataba de seguir extendiendo la idea de que las condiciones de vida van a mejor. No en vano, y como expuso el propio Pinker, tanto los medios de comunicación como los ciudadanos de a pie son más bien remisos a aceptar a esa evidencia. O lo que es lo mismo: el catastrofismo es más susceptible de viralización que el hecho de que el progreso se extienda gradualmente por todo el planeta. En este sentido, el sesgo de negatividad presta auxilio a los designios proféticos, y alimenta la reivindicación melancólica de pasados tan esplendorosos como inexistentes. En medio de este “pesimismo irreflexivo”, en fin, crecen las malas hierbas del fatalismo y el radicalismo.
A ello se refirió prolijamente Garicano –otro convencido “pinkeriano”– en su intervención. A su juicio, la demanda social de populismo obedece a la ansiedad ante el cambio tecnológico y la rápida concentración del poder económico. También al auge de una “economía de los intangibles”, que permite vender masivamente bienes digitales trascendiendo los mercados tradicionales. Las “economías de red” que favorecen que un solo ganador acapare todo el beneficio (“the winner takes it all”), el desarrollo de las inteligencias artificiales o la concentración de los salarios en el talento tecnológico y en grandes megalópolis, son gérmenes de la polarización que vivimos. Y, en última instancia, desencadenantes de la angustia de los ‘perdedores de la globalización’.
Pinker y Garicano coincidieron en fortalecer el principio de ciudadanía mediante la idea de cosmopolitismo, esto es, a partir de la ampliación del perímetro de la identidad, para responder al “tribalismo”. Es lo que Garicano describió como un “patriotismo positivo, que reconozca la diversidad y que mire al futuro, no al pasado”. Es muy posible que también necesitemos desarrollar una épica de la razón para los nuevos tiempos, y ello sin dejar de librar la batalla por las emociones. O, por decirlo con Pinker, “aplicar el conocimiento y la simpatía a la mejora de la realización humana no puede ser algo aburrido: es algo glorioso, heroico y espiritual”.
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