Ahora resulta que Ceuta es españolísima

Ahora resulta que Ceuta es españolísima
Diego Buenosvinos

El Gobierno ha decidido que, llegados a este punto, decir que Ceuta es española era una afirmación de tan escaso voltaje que requería refuerzo gramatical. Y así, en un arranque de soberanía declinada, la ciudad dejó de ser simplemente española para ascender a «españolísima»: con superlativo, naturalmente, no fuera a ser que entre tanta diplomacia de equilibrista alguien confundiera la firmeza con una nota a pie de página. Y uno celebra el hallazgo y que se diga abiertamente porque es un acierto. Faltaría más no reconocerlo.

El problema es que llega después de que el Gobierno de Pedro Sánchez haya pasado años practicando una extraña modalidad de patriotismo administrativo: España, sí, naturalmente, pero procurando no molestar demasiado a nadie con ella: sea a catalanes, vascos, marroquíes, iraníes, palestinos, rusos, turcos y demás familias. Vamos, que releo lo que he puesto y sufro viendo tanto país ejemplar y tanto amigo de Sánchez. 

Y es que Ceuta y Melilla son España cuando alguien desde Rabat recuerda que las considera suyas; a pesar de que ni existía como país. Entonces aparece el Estado, se sacude el polvo, se ajusta la corbata y proclama que aquí no se toca nada. Ceuta es española. Y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, que lleva ocho años mirando hacia el Estrecho –es decir, hacia otro lado–, responde con otra palabra mucho menos épica y bastante más reveladora: lealtad. La de Marruecos, naturalmente.

Ahí está el prodigio diplomático. Desde la otra orilla se insiste en que Ceuta y Melilla son territorios pendientes –no sabemos de dónde cristo lo sacan–. Desde esta, agradecemos la extraordinaria cooperación, la excepcional colaboración y la proverbial lealtad del vecino, al dejar a 11.000 marroquíes danzando por Ceuta. Y cuando la realidad se pone incómoda, cuando la frontera vuelve a recordar que una frontera no es una línea dibujada con lápiz en un mapa, descubrimos que Ceuta pertenece a España.

Debe ser el nuevo modelo territorial: España es aquello que el Gobierno recuerda que es España cuando alguien amenaza con llevarse su discurso. Porque de fronteras no controlan ni el rellano de su casa.

Y es que, durante estos años, hemos asistido a una curiosa pedagogía nacional. A Cataluña se le ha explicado que cuanto más se distancie de España, más España estará dispuesta a comprenderla. Al País Vasco se le ha demostrado que la insistencia tiene premio, millones en subvenciones. A los socios parlamentarios se les ha concedido la facultad de discutir la nación, desmontarla por piezas, rebautizarla y hasta negociar su armazón.

Pero basta con que Marruecos mire hacia Ceuta para que suene la trompeta.

Y uno se pregunta dónde estaba entonces esa España tan nuestra cuando se discutía, con solemnidad y despacho, cuánto quedaba de España después de satisfacer las necesidades de quienes llevan décadas asegurando que no quieren pertenecer a ella.

Un país, al final, no se mide sólo por su PIB ni por el número de ministerios. Aunque algunos de ellos nos hayan regalado durante el eclipse una imagen difícil de borrar de la mente: todos con sus gafas, alineados y mirando al cielo, como una instalación artística involuntaria. Un Banksy institucional, como si el artista británico hubiera decidido abandonar la sátira callejera para organizar una excursión de compañeros de oficina. Cuatro colegas ante el fenómeno cósmico, perfectamente sincronizados, mientras abajo —como suele ocurrir— seguía pasando la vida popular, esa que quiere llegar a fin de mes.

Pero, en fin, perdónenme el inciso. Volvamos a Ceuta, que para desvaríos ya tenemos suficiente con el Consejo de Ministros. Decía que un país se mide también por sus fronteras, por la conciencia de su legitimidad y por la seguridad con la que defiende aquello que considera propio. Y Ceuta y Melilla no son dos accidentes geográficos ni dos molestias diplomáticas que se agradecen a Marruecos por ayudarnos a gestionar. Son una cuestión de soberanía y una pieza estratégica de primer orden.

Lo curioso es que España no ha conseguido ser extraordinariamente sensible con Gibraltar —donde llevamos siglos administrando una herida que nadie parece dispuesto a cerrar— y, al mismo tiempo, descubrir de vez en cuando que al otro extremo del mapa existen dos ciudades españolas rodeadas por un país que jamás ha ocultado sus pretensiones sobre ellas.

Con Gibraltar tenemos nostalgia, a veces cuando hemos podido tener su control. Con Ceuta y Melilla tenemos adjetivos superlativos.

Y luego está la pregunta que nadie formula porque en diplomacia las preguntas peligrosas se esconden debajo de la alfombra, junto a los papeles que no conviene enseñar: ¿qué debe este Gobierno a Marruecos para que cada episodio termine siempre en agradecimiento? ¿Qué clase de dependencia, temor, información o cálculo político convierte cualquier tensión con Rabat en una ceremonia de elogios a la cooperación?

No lo sabemos. Quizá algún día lo sepamos. De momento sabemos otra cosa: que cada vez que la presión aumenta, el Gobierno descubre que España existe. Y entonces una ministra sale y dice que Ceuta es españolísima.

Bienvenido sea el entusiasmo. Pero quizá convendría no esperar a la próxima invasión, al próximo asalto o a la próxima declaración desde Rabat para recordar algo tan elemental. Ceuta no necesita convertirse en españolísima cuando Marruecos aprieta. Bastaría con que España fuera española todos los días, de punta a punta.  

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