Opinión

Parece un pucherazo

Igual que está en la naturaleza del alacrán picar a la rana, aunque así los dos se ahoguen en el río, en la naturaleza del yerno del proxeneta está el mentir y hacer trampas. Este artículo se haría interminable si solamente pretendiera explicar la infinita lista de embustes, engaños y artimañas ejecutados por Pedro Sánchez desde que comenzó su carrera política. Muchos dicen que en sus inicios fue promovido por su suegro, el proxeneta, del que el ex comisario Villarejo afirma que en sus prostíbulos «se realizaban grabaciones de personajes del ámbito político». También hay quienes afirman que su modelo de gestión de los lupanares masculinos y femeninos, mal llamados saunas, ha inspirado al presidente del Gobierno en su forma de hacer política.

Sin duda, su tesis doctoral fake; el intento de alterar el resultado del Comité Federal del PSOE que lo expulsó, metiendo votos en una urna escondida detrás de una cortina; su falsa afirmación de que con Bildu no iban «a pactar»; la amnistía a unos golpistas a los que prometió que iba a traer a España para que respondieran ante la justicia; el sueño que decía que perdería si metía a ministros de Podemos en su Gobierno, etc., son sólo algunos ejemplos que demuestran que Pedro Sánchez está dispuesto a todo para aferrarse al poder y que no dudará en el futuro en repetir actuaciones similares a las que le han caracterizado en el pasado.

Es completamente honesto defender la regularización extraordinaria de inmigrantes desde una perspectiva humanitaria, ética y de integración social, como hace, por ejemplo, la Iglesia católica y como el Partido Popular mantenía en 2024, cuando Feijóo decía que los inmigrantes en situación irregular podían «estar tranquilos» porque el PP era «sensible con ellos» y buscaría «soluciones para una inclusión social correcta y legal». Del mismo modo, se esté o no de acuerdo, se puede argumentar con honradez que los hijos y nietos de emigrantes tengan cauces legales para recuperar la nacionalidad española de sus ascendientes, siempre que estos procesos tengan las suficientes garantías formales y jurídicas.

De hecho, las regularizaciones extraordinarias han sido defendidas por gobiernos de distinto signo político cuando concurrían circunstancias excepcionales, por lo que el debate no se centra en la legitimidad de estas medidas, sino en el contexto, el alcance y la finalidad con la que se impulsan, así como en las verdaderas intenciones de quien las promueve.

Pero el punto de vista tiene que cambiar, forzosamente, cuando, al mismo tiempo, un Gobierno que ha perdido todos los apoyos, cuyos ministros no pueden pisar la calle sin ser abucheados y al que las encuestas no otorgan ninguna posibilidad de ser revalidado, aprueba darle el voto a 2,6 millones de extranjeros que jamás pisaron España, a la vez que regulariza a más de 1 millón de inmigrantes ilegales y anuncia que va a nacionalizar a más de 350.000 saharauis que, hace solo una generación, renunciaron voluntariamente al pasaporte español. Y todo ello sin siquiera recabar un consenso parlamentario amplio, imponiendo medidas rechazadas por la oposición.

Y si, además de resultar tan sospechoso que todo este incremento en el número de votantes sea tan precipitadamente llevado a cabo por un Gobierno al que todas las encuestas dan por derrotado, al frente se encuentra el yerno del proxeneta que ha demostrado sobradamente que es capaz de todo para aferrarse al poder, hay que aplicar inmediatamente el test del pato: si parece un pucherazo, nada como un pucherazo y grazna como un pucherazo, entonces, probablemente, Sánchez está intentando dar un pucherazo, porque está en su naturaleza, como en la del alacrá