Zapatero y Sánchez: los dandis del banquillo
España siempre ha tenido una debilidad: confundir la política con la metafísica. Aquí los expedientes no se leen, se interpretan. Y los jueces no instruyen causas: levantan mapas de una realidad que, por costumbre nacional, nunca encaja del todo consigo misma.
El juez Calama, en esta última estación del viaje, no interroga: disecciona. Y en ese gesto hay algo casi literario, como si estuviera intentando poner orden en un país donde las palabras «estructura», «sociedad» o «consultoría» han dejado de pertenecer al diccionario económico para instalarse en el de la ambigüedad nacional y moral, en este caso de un expresidente, Zapatero, que junto a Pedro Sánchez, excenifican a dos ‘dandis’ que han llevado a España a su peor historia reciente.
«La tesis que maneja la investigación es que Análisis Relevante se ha utilizado para derivar, digamos, comisiones», desliza el instructor. Ese «digamos» es España entera: un país que no afirma del todo porque ya sabe que todo lo dicho puede ser reescrito en el párrafo siguiente.
Y entonces aparece el dinero, que es siempre el único personaje que no actúa, sólo circula. El juez lo dice con una frialdad casi didáctica: los fondos «van a usted como persona física y también a sus hijas». Y uno piensa que en este país incluso las transferencias bancarias tienen árbol genealógico.
Las hijas, claro, entran en escena como entran siempre en las tragedias contemporáneas: no como metáfora, sino como expediente dentro de la presunción que nunca negaremos hasta el final del relato. Y de pronto la política española adquiere ese aire de saga familiar donde ya nadie distingue entre lo privado y lo estructural, entre lo doméstico y lo institucional.
Pero Zapatero no es sólo un nombre: es una época que aún no ha terminado de archivarse. El expresidente responde con la serenidad de quien conoce el peso de la biografía pública: niega, matiza, explica. «No hablé con nadie del sector público», viene a decir, como si el lenguaje pudiera aún levantar muros donde ya hay puertas abiertas.
Y alrededor de esa escena aparece el país político completo, como un coro griego mal sincronizado que no sabe qué hacer, porque PNV, Junts y ERC pavonean elecciones entre dientes pese a la podredumbre actual; señores, dejen de dar vergüenza ajena. El PSOE, que ha aprendido a convivir con registros de la UCO lleva sus propias sombras como quien convive con una humedad inevitable. Los nombres que circulan en voz baja en los pasillos de miles de socialistas —Ábalos, Koldo, Cerdán— no necesitan ser desarrollados: ya funcionan como signos de puntuación de una época que escribe sus propias frases sin pedir permiso. Son la peor versión de la España actual.
Y en este clima, la política española se parece cada vez más a una oficina donde todos han trabajado alguna vez para alguien que ya no está, pero sigue firmando mentalmente los papeles.
El juez apunta a lo que siempre incomoda: la falta de contratos, la ausencia de huellas, la economía de la confianza como forma de administración. «Un contrato realmente vacío de contenido», sugiere, y uno casi ve ese documento perfecto: firmado, pero inexistente; legal, pero imaginario; formal, pero narrativo.
Y es que Zapatero ha convertido la consultoría en género literario sacándonos del scroll al papel de nuevo –leemos folios y folios de las investigaciones– hasta que llegamos al relato público y sus ecos: Venezuela, relaciones internacionales, redes de influencia, joyas que aparecen y desaparecen como símbolos más que como objetos…
Y en medio de todo, Sánchez no es tanto un personaje como una continuidad: el heredero de un escenario donde cada crisis es también una prueba de resistencia narrativa, en un país donde incluso la incertidumbre judicial se convierte en parte del decorado político, con la sombra —siempre posible, nunca confirmada— de futuras decisiones de la justicia, es decir, imputaciones.
España, al fondo, asiste. No como juez ni como jurado, sino como público que ya ha visto demasiadas versiones del mismo argumento y aun así sigue comprando entrada sin derecho a elecciones. Nunca entenderé a este país: debería estar en la calle cada domingo, pero calla ante todo este marrón. Eso es que se llega a fin de mes.
Temas:
- Zapatero
Lo último en Opinión
Últimas noticias
-
El director de ‘Primetime’ revela cómo convenció a Robert Pattinson para que aceptase el papel de Chris Hansen: «Luchaba contra una adicción…»
-
El crecimiento de la deuda pública sigue imparable y asciende a 1,75 billones de euros en agosto
-
Pablo Motos, en ‘El Hormiguero’: «El otro día me puse los calzoncillos de Omar Montes»
-
Éstas son las 24 circunscripciones donde PP y Vox deben entenderse para amarrar los 3/5 del Senado
-
Última hora de las huelgas, elecciones generales del 29-N y actualidad política hoy | Ceuta sufre un «cero energético» al irse la luz en toda la ciudad por una avería