El «cariño» del caso Koldo –Armengol

El «cariño» del caso Koldo –Armengol
Diego Buenosvinos

Hay países que hacen historia y otros que hacen hemeroteca. España, con una vocación más barroca que eficaz, parece haberse especializado en lo segundo: una hemeroteca infinita donde cada semana es un palimpsesto de la anterior. Lo escribió Goya sin saberlo en sus «Caprichos»: el sueño de la razón produce mensajes

El llamado caso Koldo —que ya es más Murillo que sumario, más Velázquez que expediente, más penumbra que certeza— ha convertido la política española en una galería de ecos. Allí están los nombres, no como protagonistas de una épica, sino como figurantes de una conversación que nunca termina de apagarse.

Francina Armengol, Pedro Sánchez, Koldo García, Ángel Víctor Torres, Víctor de Aldama… nombres que entran y salen del relato como personajes de una obra de Buero Vallejo reescrita por Kafka en una redacción de periódico con exceso de café. No hay escena estable, sólo entradas y salidas del foco mediático.

Ahora la protagonista –Armengol– entra en escena, en el teatro político de Sánchez y, siendo la tercera autoridad del Estado, bajo el foco de unos documentos de la UCO y unos mensajes de WhatsApp que inquietan y proyectan la sombra de lo que ocurrió en los meses más críticos de la pandemia de la covid, cuando la urgencia lo condicionaba todo y el relato lo construían sus propios intérpretes a golpe de fiesta aun cuando estábamos confinados.

Y en este escenario, lo más humano —el lenguaje— se vuelve también sospechoso. Un «cariño» en un mensaje adquiere de pronto la densidad de un símbolo, como si Proust hubiera escrito En busca del tiempo perdido en un chat de madrugada. La literatura se ha democratizado tanto que ahora llega en forma de filtración.

España siempre tuvo tendencia a confundir conversación con juicio. Lo advirtió Valle-Inclán con su espejo cóncavo del esperpento: Los héroes clásicos reflejados en espejos cóncavos dan el Esperpento. Hoy los espejos son pantallas, y el reflejo se actualiza en tiempo real, señora Armengol. 

Durante la pandemia —ese tiempo suspendido donde la realidad parecía un cuadro de Hopper con demasiada urgencia— las decisiones se tomaban en la niebla, entre Sánchez, Illa y Simón. Después llegó la luz fría de la revisión, que en España nunca es luz de comprensión, sino de interrogatorio.

Los mensajes, las llamadas, los contactos, las versiones cruzadas forman ahora un mosaico que recuerda más a Las meninas que a un expediente administrativo: todo está ahí, pero nada se ve del todo claro. El espectador siempre está un paso atrás del sentido. Porque ver tanta información nos aturde. Según se describre en OKDIARIO, los investigadores detallan que fue Sánchez quien autorizó los test PCR en aeropuertos que acabó suministrando la trama de Koldo García, José Luis Ábalos y Víctor de Aldama.

Y sin desperdicio, otro párrafo del horror publicado por mis compañeros: Koldo le pregunta a Armengol si consiguió contactar con el ministro, a lo que ella le responde que no, que le ha enviado un mensaje pero que no ha contestado, añadiendo que el día anterior le llamó Pedro Saura, secretario de Estado de Transportes. «Me dijo que lo ve factible […] el problema es Sanidad […] Pedro lo vio bien», le avanza Armengol al asesor.

Y tras todo esto y más, la política sigue su liturgia. Pedro Sánchez como centro gravitacional del sistema, aunque el relato se disperse en múltiples direcciones. Ángel Víctor Torres en la memoria reciente de la gestión territorial y que ya veremos dónde acaba. Armengol en la intersección entre el Congreso y el pasado. Koldo como eje narrativo de un tiempo de urgencia. Aldama como nombre que aparece en los márgenes como un personaje de Dashiell Hammett, entre humo y teléfonos, pero demostrando que todo lo que dice se certifica.

Quizá por eso la política española se parece cada vez más a un cuadro de Bacon: figuras reconocibles deformadas por la velocidad del tiempo. Nadie está quieto lo suficiente como para ser explicado del todo.

Y entre tanto ruido, entre tanto eco, entre tanto «cariño», queda una sensación persistente: aquí todo se dice, pero nada termina de cerrarse con dimisiones y por extensión, con unas elecciones que merece España.

Porque en España, como en los malos relatos de Dostoievski leídos con prisa, siempre hay un nuevo capítulo que reabre el anterior.

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