Opinión

Las malas hierbas de Podemos

Pablo Echenique acaba de envolver en seda una daga para ajusticiar a sus disidentes en otra de esas metáforas cursis que tanto se gastan los dirigentes de su partido. El objetivo es razonable. Nadie en su sano juicio sería comunista o chavista si las formidables barbaridades que piensan fueran presentadas sin bisutería retórica: mejor pensar que se les ha ido la mano con la melaza que con el veneno.

Es un poco como echar colonia al sudor pero, de entrada, disimula amenazas tan rotundas como la lanzada por el secretario de Organización de Podemos. Tal vez, la persona menos indicada de España para criticar la sanidad pública o la capacidad de integración de la sociedad. Él mismo es un feliz ejemplo de que en este país, con todas sus imperfecciones, se cuida a quien lo necesita y no se ponen barreras a su progreso si él mismo pone algo de su parte.

“Para que crezca el amor no sólo hay que regarlo, sino también extirpar las malas hierbas de la violencia enquistada”, ha dicho desde su atril eléctrico Echenique, que probablemente no podría llevar la vida que merecidamente lleva en su amada Venezuela:  allá, hace escasos años, la política de atención e integración del rimbombante Chávez consistió en cacarear avances tan ofensivos desde una mirada europea como soltar 300 millones de dólares para comprar a los necesitados pañales desechables, bastones, neveras, colchones o sillas de ruedas sin motor.

Pero ésta es otra historia, que bien haría en recordar el meritorio Echenique cada vez que se queja de la Sanidad española, del trato a las minorías y de la igualdad de oportunidades. En pocos países de su sesgo ideológico un tipo igual de listo que él sería científico de un organismo público y dispondría de una cómoda excedencia para ser eurodiputado en Bruselas, diputado en Aragón y cabecilla de Podemos en Madrid en sólo unos meses, sin que nadie le pregunte por qué es el más idóneo para todo ni por qué nadie de alguno de sus círculos valía para alguna de esas misiones. Que todos somos ‘gente’, pero unos más que otros.

Tal vez, por todo ello, su propia familia se vino a España desde Argentina y tal vez, por ello, él mismo no ha querido acercarse de nuevo a la mítica tierra del Comandante con su discreta esposa venezolana: España es un país de mierda, de mafiosos, de represión, de viejos analfabetos y de ultras, sí; pero como en España en ningún sitio. Déjenos sentirnos orgullosos, al menos, de que gente como usted, que lo merece todo, lo tenga casi todo.

En tres días de digestión electoral, Echenique ya ha refrescado el caso de León Trotsky, la primera mala hierba enquistada; Monedero ha culpado a los ancianos por votar con el orto e Iglesias y sus corifeos, con desigual sutileza, han venido a decir que su frustrado asalto a los cielos se explica por el miedo cateto que tanto ignorante compra a los fabricantes sin escrúpulos de mercancía contra Podemos. Sólo calla Errejón, o no calla pero apenas se le entiende sin el auxilio de un traductor de cursi-español/español-cursi.

Echando una rápida cuenta, los jubilados sobran de repente en España. También los votantes del resto de partidos, los hijos de éstos —pues el miedo es más hereditario que la calvicie— y, por último, los disidentes internos.

La democracia, decía Bernard Shaw, garantiza que no nos gobiernen mejor de lo que nos merecemos. Lo mismo no somos tan tontos como creía, camarada Mercader.