Opinión
OPINIÓN

Lo de Belfast lo veíamos venir

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

No deja de ser curioso que el enésimo relato del horror, ese en que un tipo llegado de una cultura distante es acogido como refugiado y lo agradece con algún acto de inconcebible barbarie, haya sucedido en Belfast, una ciudad que sabe mejor que la mayoría lo que ocurre cuando las comunidades empiezan a recelar unas de otras.

Durante décadas, Belfast fue el epicentro de una guerra civil de baja intensidad entre católicos partidarios de la unión con la República de Irlanda y protestantes defensores de mantenerse en el Reino Unido. Ambos grupos, por lo demás, eran irlandeses, y nadie les habría diferenciado por su aspecto ni tampoco mucho por sus referentes culturales. Porque, pese a lo que podamos repetir hasta agotarnos, la diversidad no es la fuerza de ninguna comunidad; en el mejor de los casos, es una dificultad superable.

Lo que la isla tiene ahora encima, lo que tiene toda Europa Occidental, es un cóctel potencialmente mucho más peligroso, dos grupos mucho más distantes en cualquier aspecto que se quiera considerar. Unos, además protegidos por el poder y otros, los nativos, a menudo demonizados por él.

Y ahora los disturbios vuelven a Belfast. El intento de decapitación de un joven local por parte de un solicitante de asilo sudanés ha desencadenado una oleada de protestas y ataques contra alojamientos de inmigrantes que ha obligado a intervenir a la policía y ha provocado la condena inmediata de las autoridades.

La reacción oficial ha sido tan previsible como los propios disturbios. Los políticos han pedido calma. Los medios han denunciado el racismo. Los comentaristas han condenado la violencia. Todo ello es perfectamente comprensible. Lo que resulta más difícil encontrar es a alguien dispuesto a responder una pregunta elemental: ¿esperaban realmente que no ocurriera nada de esto? ¿En qué mundo no es esta combinación una receta para el desastre a medio o largo plazo?

Porque lo interesante de lo de Belfast, como lo de Henry Nowak en Southampton, está en las decisiones políticas que los hicieron, si no inevitables, sí perfectamente previsibles.

Durante años, una parte creciente de la población europea ha expresado inquietudes sobre la inmigración masiva. Lo ha hecho en elecciones, en encuestas, en debates públicos, en manifestaciones y en redes sociales. Millones de europeos las comparten. Y millones de europeos tienen además la sensación de que da igual qué canal legítimo traten de usar para expresar su descontento, que quienes gobiernan lo ignoran olímpicamente, como si todo eso de la voluntad popular fuera una fábula para niños.

En España vemos algo parecido en torno a la corrupción que rodea a Pedro Sánchez por todos lados. Una parte importante de la opinión pública contempla los escándalos que se suceden alrededor del poder con una mezcla de indignación y resignación, sintiendo que los mecanismos normales de corrección parecen cada vez menos eficaces por culpa de un secuestro de las instituciones, del Estado en sí, a la venezolana. Y nada cambia.

En Gran Bretaña también se pide una y otra vez al ciudadano que se fíe de las instituciones. Durante años se les ha asegurado que determinadas preocupaciones carecen de fundamento. Durante años se les ha explicado que los problemas que creen percibir son imaginarios, anecdóticos o producto de la manipulación política. Y cuando finalmente aparecen conflictos como los de Belfast, la respuesta consiste en exigir más confianza en las mismas instituciones que no lograron anticiparlos.

No se trata de que la violencia esté justificada, de que sea legítima; la cuestión es que es de todo punto previsible. Da igual que todos nos indignemos muchísimo por la reacción violenta de muchos irlandeses si hemos dejado que se llegue a ello siendo perfectamente predecible. Nadie necesita simpatizar con quienes queman un albergue para preguntarse si una parte de la población podía acabar reaccionando de forma explosiva tras años sintiéndose ignorada.

Un ingeniero no hace un puente esperando que la gravedad, en atención a él, se abstenga de funcionar, ni un médico se indigna con una infección tachándola de inmoral. Ambos intentan comprender fenómenos reales para evitar consecuencias indeseables. Pero da la sensación que pensar con realismo, que debería ser el alma de la toma de decisiones políticas, refleja un alma poco empática o poco compasiva. Es al contrario.

Puede no gustarnos la naturaleza humana, pero ignorarla es suicida. Usted quizá seguiría sin robar por pura decencia, pero sería un error tirar a la basura el Código Penal esperando que todo el mundo se comporte como el salvaje rousseauniano.

Y sí, es agradable y consolador imaginar que las identidades colectivas tienen una importancia limitada, que los vínculos culturales y tribales son secundario, que las comunidades históricas pueden transformarse rápidamente sin generar tensiones significativas. No digo siquiera que no sería deseable que el mundo funcionara así. Pero los políticos gobiernan sobre sociedades reales, no sobre Disneylandia.

Durante milenios, los seres humanos han mostrado apego a su territorio, a su lengua, a su religión, a sus costumbres y a las comunidades a las que pertenecen. Puede celebrarse o lamentarse. Pero ignorarlo no parece lo más prudente.

El gran lema del comunismo -a cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus capacidades- suena genial, incluso razonable. Hasta que se intenta aplicar y de repente todo el mundo tiene un montón de necesidades y muy escasas capacidades. Por eso el comunismo devendrá siempre en miseria, represión, opresión y mentiras, porque no es un error sobre las circunstancias, sino sobre la propia naturaleza del hombre. Y Europa corre el riesgo de cometer un error parecido cuando diseña políticas migratorias como si los instintos de pertenencia fueran residuos del pasado destinados a desaparecer mediante campañas educativas o comunicados oficiales.

Lo peor no es que haya sucedido algo tan bárbaro como lo de Belfast o Southampton; lo peor es que el sistema garantiza que seguirá pasando, cada vez más a menudo. Y la gente corriente no sabe ya cómo hacer para que se le escuche, porque nada cambia.

Quemar albergues es un problema. Pero no es el problema primario, sino uno directamente derivado de políticas muy deliberadas, muy conscientes y muy estúpidas. Y así seguimos, construyendo tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.