La lectora María Pombo
Qué bonitas son las casas sin libros. Tan minimalistas, tan pulcras, tan blancas como una pared de hospital. Es algo tan estético que la siempre clarividente María Pombo, esa misma que pasea su palmito por las redes como faro de los analfabetos contemporáneos, vino a pontificar para gusto de algunos, como Juan José Millás, de modo irónico, sobre la presunta no necesidad de la lectura.
Llegan los intelectuales de pacotilla, que siempre aparecen cuando hay polémica, y no tienen siquiera el arrojo de señalar lo evidente: no hablamos de una ignorancia funcional, sino de un analfabetismo integral, orgulloso, que se convierte en moda cuando alguien con suficientes seguidores dicta tendencia.
La gachí de turno, que nadie lo dude, pone sobre la mesa su revelación: leer está sobrevalorado. Y lo dice como quien confiesa que no le gusta la coliflor o que se aburre en misa los domingos. Así de simple. La lectura, equiparada a ponerse unas mallas fluorescentes para ir al gimnasio o hacerse un retoque de cirugía estética. Como si cultivar la mente y cultivar el cuerpo fueran lo mismo, cuando en realidad, sin mente crítica, hasta el músculo más fibrado carece de sentido.
Y ahí está la trampa: el discurso de que «no pasa nada por no leer» parece inofensivo, casi simpático. Pero detrás se esconde un mensaje devastador: la lectura es prescindible, un accesorio superfluo, un adorno de estantería para lucir en Instagram. El pensamiento crítico reducido a un filtro de stories.
Lo que se nos vende como naturalidad es en realidad banalización cultural. Porque cuando renunciamos a la lectura, no sólo renunciamos a Cervantes, a Rosalía de Castro o a García Márquez; renunciamos también a la capacidad de pensar, de empatizar, de dudar de lo que nos cuentan. Un pueblo sin libros es un pueblo dócil, y un pueblo dócil es el sueño de cualquier poder que quiera ciudadanos que consuman pero no cuestionen.
No hay cirugía estética ni manual de autoayuda que sustituya la verdadera transformación que genera un libro. La autoayuda, esa hermana pobre de la literatura, puede dar cuatro recetas para sonreír frente al espejo, pero un buen ensayo o una buena novela nos convierten en seres más libres, más conscientes y, sí, también mejores personas.
Porque leer no es sólo un placer individual: es una responsabilidad colectiva. Las bibliotecas son trincheras silenciosas contra la ignorancia, y quien se atreve a menospreciarlas está cavando, sin saberlo, su propia tumba cultural.
Y aquí entra la responsabilidad de los referentes públicos. Cuando María Pombo, con millones de seguidores, proclama la inutilidad de leer, no está simplemente expresando un gusto personal: está instalando una moda que convierte la ignorancia en un valor al alza. Y eso, lejos de ser una anécdota, es un síntoma peligroso.
Así que, frente a la estetización de la nada, conviene reivindicar la estética de la palabra. ¿Que las casas con libros son más feas? Puede. Pero también son más libres, más profundas y más humanas. Porque, aunque a María Pombo no le guste, la lectura sigue siendo la mejor herramienta que tenemos para no convertirnos en una sociedad de maniquíes con móvil en la mano y cerebro apagado.
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