Justicia divina en Son Moix
La fe mueve montañas y escalar la que los hombres de Arrasate tuvieron en frente no era fácil, sino una lucha titánica contra los elementos. Primero un gol en contra apenas iniciado el encuentro, después un arbitraje errático, imprevisible y desmesurado, además de falto de personalidad, que les dejó en inferioridad numérica durante una hora frente a un rival, más fuerte o más débil, pero de Champions al fin y al cabo. Larin, razonablemente discutido durante tantas ocasiones, se desató tras no llegar a rematar un balón que Muriqi, tras llegar solo ante Gazzaniga, le había cedido con excesiva generosidad. Luego fue protagonista indiscutible de la trabajada victoria al seguir la pared larga en dos tiempos trenzada con el kosovar y, sobre todo, al correr casi medio campo para importunar al guardameta visitante al punto de forzar su error y revertir el marcador.
Hasta le expulsión del kosovar, el Mallorca había llegado más que su oponente, sin presumir de nada. Al contrario, nos temíamos lo peor al observar cómo los catalanes se anticipaban a las acciones y las ideas de su anfitrión, mucho más lento y espeso. Pero lo que era imposible de creer tras la tarjeta roja al «Pirata», renovó las fuerzas, puso la sangre local en ebullición y en un alarde de confianza, firmeza y solidaridad, no sólo defendió con uno menos sin conceder oportunidades ante Greif, sino que resistió un asedio global sin mayor agobio que la parsimonia del cronómetro.
Le tocaba al Girona poseer el balón y lo hizo, pero muy de memoria y escasa genialidad. Las escaramuzas de Bryan Gil ante Mojica fueron perdiendo peligrosidad y la estratagema de desplazar a Danjuma a la banda izquierda para arrastrar a los centrales y abrir hueco, no funcionó pese a la insistencia de Miguel cuyos centros jamás encontraron rematador. Ni con toda la carne en el asador, con cinco artilleros pisando área, dos en cada banda y un central, todo en mitad de terreno bermellón, el filial del City fue capaz de doblegar aquel muro que inventó Javier Aguirre y su sucesor, el técnico de Berriatua, ha sabido conservar hasta el punto de que nadie se acordó de Raillo ni de Samu. Del árbitro, si; durante mucho tiempo.
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