Opinión

La izquierda golpea la democracia

Pasó el 6 de diciembre, y la Constitución sigue ahí. España vuelve a dormitar en sus problemas, los que tiene y los que el gobierno crea, en su estrategia de mantener a la gente ocupada decidiendo qué escándalo le indigna más. Sánchez ha conseguido que nuestro umbral del dolor sea imprevisible, porque no nos da tiempo a calibrar el sufrimiento de la ofensa provocada cuando ya tenemos otra a la que echar árnica de inmediato. Nuestra tolerancia como sociedad al escándalo político empieza a ser preocupante. Cuando el cabreo por indultar a los golpistas alcanzó su cénit, Sánchez consideró que aún pueden supurar más las heridas pacientes del pueblo y alimentar una reforma del delito de sedición para que los sediciosos lo vuelvan a hacer con alegre y pactada impunidad. Mientras observa a la plebe distraída con su enésima felonía, opera para que los ladrones queden libres de pecado, sobre todo si el trincón es socialista, sanchista o socio de socialista y sanchista. Todo transcurre con la normalidad de una autocracia dirigida, donde se dicta y nombra a los jueces que deben decidir sobre las leyes que el Ejecutivo, de obediencia al caudillo, perpetra en cada reunión de maitines.

Sánchez es quien mejor ha entendido, y por ello aplica, la célebre ventana de Overton, una teoría política que consiste en la ampliación del rango de tolerancia a determinadas políticas que pueden ser aceptables por la opinión pública sin que esta las considere extremistas. Es decir, la progresiva implantación de ideas y acciones que se aplican bajo cualquier premisa y que acaban por legalizar cualquier ocurrencia, aunque vulneren con ello leyes y convenciones morales o sociales. Acabaremos aceptando la malversación porque siempre será preferible al golpe de Estado. Y daremos por buena la sedición siempre y cuando no haya muertes. Así empieza la decadencia de una democracia.

Detrás del proyecto de Sánchez y su banda, que bautizó Rivera en aquella olvidada pero brillante sesión plenaria, está la destrucción de la nación que preside. Para el autócrata, España es la excusa. Su división y muerte, tal y como la conocemos hoy, el objetivo. Mientras la balcaniza, incrementa su poder autoritario, infestando de sanchismo todas las instituciones del Estado. Su republicanismo no es luminoso ni ilustrado, sino violento y callejero, de donde forjó su retornó al lugar del que un día sus conmilitones le echaron por la mitad de lo que ahora está haciendo. A Leguina, penúltimo purgado, no lo expulsa el Partido Socialista Obrero Español, sino la Plataforma Sanchista de Obedientes Embusteros. La destrucción del PSOE da para otro artículo.

Al caudillo de Moncloa le derribará la fuerza de los hechos. Como le ha sucedido a la corrupta Kirchner y al golpista Castillo, dos títeres bolivarianos del Grupo de Puebla, el foro donde la cochambre totalitaria de izquierdas se reúne para decidir dónde dan el siguiente golpe de Estado en nombre de la gente a la que luego van a someter. Al comunismo nunca le importó el pueblo, salvo para reprimirlo y vivir a su costa. En España los tenemos dentro del Gobierno (Montero, Garzón, Yoli unicornios) y fuera, con Errejón, Iglesias y el mayor recaudador de arcas ajenas, Monedero, que sigue dando lecciones de moralidad mientras se acuesta con los peores sátrapas del mundo. Que esta tropa estalinista defienda a corruptos, ladrones y asesinos es en realidad un ejercicio de solidaridad delictiva: usan sus mismas prácticas: mentir como axioma de vida, vestirse de héroes de la clase obrera y protectores del menos pudiente y defender causitas para seguir justificando el cuento, esto es, el trinque.

Lo sucedido en el continente hermano es, sin embargo, esperanzador para quien aún confía en el sistema judicial. Se respeta más el orden constitucional y el Estado de derecho en Perú que en España. Allí, a los golpistas, se les detiene. Aquí, se les perdona. Allí, el dictador es destituido. Aquí, el autócrata sigue investido. La historia vuelve a poner al socialismo frente a su siniestro espejo, bajo una realidad que siempre retorna al lugar del crimen: la izquierda, cuando no gobierna, golpea la democracia. Y cuando gobierna, también.