Fumarse al ayatolá
Una mujer iraní sin velo, enciende un cigarrillo (lo tienen prohibido) con la foto en llamas del ayatolá y es tan sexy como refrescante. Hay gestos que concentran todo lo que el mundo (y el régimen) lleva décadas necesitando. No es una performance simpática: es un desafío temerario a un Estado que puede encarcelarte, azotarte o matarte por «indecencia», por no aceptar el papel de menor de edad eterna, de mano de obra, incubadora, cocinera, limpiadora y prostituta gratuita.
El velo es, para cualquiera que no esté ciego, la mayor de las agresiones físicas, psíquicas y sociales a una mujer en los países musulmanes y aquí, en Europa, a plena luz del día. Obligar a una mujer a velarse es impedirle el aire, la mirada, la voz, la ciudadanía. Es aniquilarla. Cuando el sistema se toma la libertad de decidir sobre tu cabeza es porque ya ha colonizado todo lo demás, el velo es la punta visible de un entramado entero de violencia patriarcal legalizada. Ser mujer en la República Islámica es vivir en un sistema donde la desigualdad sexista no es un fallo, sino el diseño (de unos tíos) perverso donde la mitad de la sociedad ha sometido e instrumentalizado a la otra mitad.
La niña puede ser casada a los 13, incluso antes con el visto bueno de un juez y la firma del padre; el hombre puede acumular hasta cuatro esposas permanentes; la herencia de ella vale la mitad que la de él; su testimonio cuenta menos; su pasaporte depende del marido; su deseo es rechazado, su cuerpo un campo de minas donde legisla la teología. No pueden bailar, montar en bicicleta, asistir a fiestas mixtas, trabajar sin permiso… La palabra apartheid de género no es una exageración: describe una arquitectura legal inadmisible que todos debemos censurar.
La ley contempla la pena de muerte, la lapidación para ciertos casos de adulterio. ¿Lapidación? Estamos hablando probablemente de la práctica más macabra, cruel y primitiva que se ha dado en lo más sórdido de la historia de la humanidad para determinados «delitos» sexuales, castigos penales por relaciones fuera del matrimonio, mientras un hombre puede comprar sexo al contado envuelto en papel religioso: el famoso matrimonio temporal. Un contrato por horas, días o meses, una dote que funciona como tarifa, un permiso divino para hombres sin asumir responsabilidades. Él entra «piadoso» sale limpio. Ella entra desesperada, pobre, viuda, niña, y sale estigmatizada, sin derechos, a menudo sin protección alguna contra embarazos no deseados o infecciones de transmisión sexual en un contexto donde pedir preservativo te convierte en sospechosa. El sermón oficial demoniza el condón, la educación sexual y la autonomía femenina, pero bendice un mercado sexual encubierto siempre que el hombre conserve su honor intacto.
Y luego está el divorcio, ese lujo que a ellas casi nunca se les concede. Él puede dejarla sin explicar demasiado; ella tiene que demostrar violencia extrema, abandono, adicción, enfermedad, todo ante un sistema judicial que parte de la idea de que la esposa «buena» aguanta. La divorciada es una paria: pobre, señalada, madre sin red. Si intenta huir del matrimonio equivocado, puede encontrarse con la justicia divina o con la justicia de los hombres de su familia.
Mientras tanto, el ayatolá se permite dar lecciones al mundo sobre la «dignidad» de la mujer desde lo más profundo de su incapacidad intelectual, cultural y afectiva.
Por eso queman su foto para encenderse un cigarrillo. Porque ese trozo de papel es la condensación de todo lo que impide sus vidas. Fumarse al ayatolá no es un meme: es un manifiesto humano. Y cuando una parte del feminismo mira hacia otro lado, por miedo, por relativismo o por complejo de superioridad, la humillación se duplica.
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