Opinión

Las formas

Sobre las formas en política, eso que en un tono pretendidamente elevado tiende a formularse como ‘estética’, se escribe mucho y muy categóricamente. Desgastado está afirmar que sin ética no hay estética, aunque pueda ser verdad. Quizás debido a una urgencia neosecular, vemos un severo modo de contradecir a la mujer del César, cuando estableció que además de ser honesta había de parecerlo, sibilino asunto. Hay un relajamiento general, señoras derrotadas en ropa de deporte, caballeros de una austeridad pavorosa, aunque acaso sea el reflejo del palacio, de sus sombras y de quienes lo habitan. Únicamente las personas de poco seso no juzgan por las apariencias, sentenciaba religiosamente Oscar Wilde.

Lleguemos ahora hasta China, tal vez sea momento de conjugar argumentos un poco sólidos, amén de no perder nuestra compostura estética respecto a su régimen político, por otra parte rehén de creaciones tan genuinamente occidentales como el marxismo y el capitalismo. El caso es que la cultura china atesora una estricta visión sobre las relaciones entre ética y estética. Según recoge Simon Leys, la búsqueda de la belleza en aquella civilización es “una tentación vulgar, una trampa, una tentativa deshonesta de seducir”. Así, nadie concibe una obra admirable si el autor, sea un poeta, un calígrafo o por extensión el pueblo, no exhibe pureza de corazón.

Volvamos a casa, a Occidente. Giulio Andreotti, estadista menudo que tuvo un entero Estado (el italiano, nada menos) en su cabeza, educado en la Democracia Cristiana de Aldo Moro, aprendió que el arte de la política lo es cuando, además de conspirar, seducir y jugar con numerosos contrapesos, las formas permanecen imperativas, su conocida finezza. Un cuerpo necesario, instrumento con el que gobernarse a sí mismo y a los demás. Aquel señor imperturbable conocía el efecto de las formas cuando estas son las apropiadas, las justas en cada situación. Permítanme que hable un momento de un amigo, del que no revelaré el nombre: una vez le echaron de un lugar, pero la persona que le transmitió la noticia lo hizo de tal forma que más que una invitación a irse parecía una petición de matrimonio. Con lo que no puso objeción alguna a largarse con viento fresco y sin hacer ruido.

Las formas todo lo son, incluso, y volviendo al argumento inicial de la ética y a los chinos, cuando se justifican en lo profundo, en el alma. A modo de ejemplo candente, esta semana el presentador de realities Jorge Javier Vázquez gritó que su programa es “de rojos y maricones y quien no lo quiera ver que no lo vea”. La reacción al aspaviento televisivo por parte de Inmaculada Colau fue que “hacía tiempo que nadie le callaba la boca al fascismo en prime time y con tanto estilo”. Hay aquí un conflicto de formas del señorito de las variedades televisivas y de la señora de las varietés políticas -al fin unidos por el cotilleo partisano-: se sienten rojos pero viven como perfectos burgueses; conmemoran la quincalla de entreguerras y sacan a relucir al espectral fascismo. Del cual, me temo, no tienen ni pajolera idea, pero da igual. The show must go on!