Opinión

Las contradicciones de la izquierda

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

Creo que fue el periodista y escritor Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) el primero en hablar de las «contradicciones de la izquierda». Me parece que lo decía también por él. No en vano tenía fama de ser buen gourmet y de fumador de puros.

A MVM no le conocí personalmente. Mi padre lo tenía vetado en su biblioteca, apenas dos estanterías, por «rojo». Pero en cambio sí que coincidí profesionalmente con Joan Barril (1952-2014) en La Vanguardia. Aunque él era un articulista reconocido y yo un simple redactor de la sección de política.

Barril, todo hay que decirlo, empezó en los aledaños del PSC. Incluso presentaba un programa soporífero en ComRàdio, la emisora de la Diputación de Barcelona cuando mandaban los socialistas con mayoría absoluta. Más que nada porque él era más de periodismo escrito que radiofónico. Más tarde evolucionó hasta llegar a posiciones próximas a Unió Democràtica. Como al primero, también le gustaba comer bien. Debilidad gastronómica que se reflejaba en su físico.

Uno de sus restaurantes preferidos era El passadís d’en Pep. Un establecimiento de Barcelona que se caracteriza por la ausencia de carta. Ellos te traen lo que quieren. Todo, por supuesto, productos de primerísima calidad. Era también uno de los locales preferidos de Woody Allen. Cuando venía a Barcelona, repartía sus preferencias entre este y Ca l’Isidre, cuyo dueño se preciaba de haber rechazado la carrera por las estrellas Michelin.

Yo, al Passadís, fui una sola vez. Una vez que me invitó Josep Antoni Duran i Lleida cuando estaba al final de su carrera parlamentaria, a pesar de que todavía no lo sabía. O sea que ya hace mucho tiempo. Recuerdo que, de entrada, nos trajeron unas gambas de Palamós. Las rechacé con la excusa de que no me gusta el marisco. Lo cual es cierto. Pero también pensando en el sablazo final. Pese a que debía pagar a Unió.

Viene a cuento estas batallitas personales a raíz de la detención del ex ministro laborista británico Peter Mandelson por el caso Epstein. La detención se produjo en una «mansión georgiana de dos plantas valorada en unos quince millones de euros al lado del Regents Park de Londres», según explicaba La Vanguardia el pasado lunes. Lo digo porque no me invento nada. Además, es propietario también de un «coquetón chalet de campo en el condado de Wiltshire», añadía el diario del Grupo Godó.

No está mal, pensé, para el que fuera uno de los ideólogos del nuevo laborismo. Aquella paja mental —un laborismo de derechas— que permitió a Tony Blair llegar al poder. La verdad es que a este tampoco le fue mal ser laborista.

El ex primer ministro británico —y su mujer— tenían al menos diez casas y 27 pisos (por un valor de unos 35 millones de euros) repartidos entre Londres y Manchester, según reveló el diario The Guardian, nada sospechoso de estar escorado a la derecha, el 16 de marzo del 2016. El patrimonio incluía una casa de 8,5 millones de libras cerca de Hyde Park y varias propiedades en Marylebone, otro barrio chic.

Ya puestos, recordar que Barack Obama —progre versión USA, es decir: demócrata—, se compró en el 2019 una lujosa mansión de 600 metros cuadrados ubicada en Martha’s Vineyard, la isla de Massachusetts en la que, por cierto, también veraneaban los Kennedy. No obstante, estos eran una familia acaudalada mucho antes de dedicarse a la política.

La primera vez que yo pensé en las «contradicciones de la izquierda» fue cuando el periódico francés Le Parisien pilló al socialista francés Dominique Strauss-Kahn, de compras por tiendas de lujo de París en un Porsche Panamera en mayo del 2011. El vehículo tenía entonces un precio de 100.000 euros en su versión más económica. Alegó que no era suyo, pero ya indicaba en qué ambiente se movía.

Strauss-Kahn intentó ser el candidato socialista en las presidenciales del 2007 hasta que topó con Ségolène Royal, la ex de François Hollande, que a su vez perdió ante Sarkozy. Paradójicamente, luego su antigua pareja sí que llegó a presidente de la República. Posteriormente, malbarató definitivamente su carrera política cuando, como director gerente del Fondo Monetario Internacional, fue acusado de violación en un hotel de Nueva York.

En fin, ya puestos, recordar a Pablo Iglesias, que no tuvo inconveniente en mudarse de Vallecas a una zona residencial de Galapagar -chalet con piscina incluida- y llevar a sus hijos a la privada. Normal, todo el mundo quiere lo mejor para sus retoños, pero entonces que no presuman de «rojeras».
O el mismísimo Gabriel Rufián, que iba diciendo en el 2015 que a los 18 meses iba a volver a la República Catalana o que Puigdemont era un judas por convocar elecciones anticipadas y no enfrentarse al Estado.

Ahora promueve una alianza de izquierdas para poder continuar en Madrid. No me extraña; a casi 140.000 euros anuales como líder de ERC en el Congreso, difícilmente encontrará un sueldo equivalente en el sector privado. Ni siquiera de community manager. Lo que decía: las contradicciones de la izquierda.