Colau y la revolución
A estas alturas del nuevo siglo, descartadas catarsis imaginativas, podemos afirmar que la revolución ha muerto. O al menos, no se la espera como antes. Eso que llamamos ‘opinión pública’ y los mecanismos cínicos del sistema democrático han acabado con ella. Quizás a Pedro Sánchez le apetezca, por vanidad, darle el puyazo nombrando a Iglesias ministro de alguna cosa. En verdad, y después de los denodados trabajos de la elite podemita estos años, vemos perecer, por fin, al monstruo. Sus últimas apariciones, en España, obedecen a lo que Marx calificaba de “miserable farsa”.
El fenómeno Podemos ha resultado portentoso como actualización de nuestros queridos e inmutables géneros del esperpento y la picaresca. A su líder máximo comenzamos a conocerle, años ha, por sus actuaciones en la ‘pequeña pantalla’. Su viaje político y sentimental, tan frívolo desde el inicio, ha finalizado con el broche de una vida ya aburguesada, con mujer en el partido, niños, chalet y asistenta. Tiempo habrá de que la alta literatura, o el teatro barroco, se ocupen de este hijo de España, continuador de nuestra más trillada tradición.
Permítanme ahora gastar unas palabras en virtud de otro caso, el de la compatriota Inmaculada Colau, flamante alcaldesa. Hasta el cansancio se ha ventilado -ella no pierde oportunidad de recordarlo- su pasado activista, que es como aquella tierra mítica que vio partir a los héroes. Los tiempos no son gloriosos, así que de Ada conocemos el bautizo político disfrazada de abejita. Fue un escrache a un mitin que ofrecían los comunistas, dato que nos informa de su caso y condición: una outsider que consigue penetrar en el sistema. El resto de la historia no concede muchas dudas y sí algunas certezas. Estas se refieren a una palpable degradación de Barcelona, por ejemplo en materia tan sensible como la seguridad. El sentir general ciudadano, subjetivo, es de haber perdido capacidades respecto a un pasado ‘modélico’. Otra certeza sería el desembarco de la nueva política, hecha de numeritos y gestos para el consumo político. Y un descarado nepotismo. También la imposibilidad de la revolución, ni nada parecido. La política concede numerosos hilos y desenlaces. Lo que hoy parece fango mañana puede ser flor. Las circunstancias (la ambicionada conquista de Barcelona por el independentismo) han mantenido la vara en la mano de Colau, gracias al apoyo de Valls y el PSC. Lo más afortunado que a un político puede sucederle es convertirse en “un mal menor”. Y a la alcaldesa de las ocurrencias le ha tocado en gracia esa dicha.
Luego, y aquí entro en el terreno de las dudas, de los enigmas que llaman a las ciencias ocultas de la política y la cultura, están esos 156.157 votos conseguidos por esta señora, que dijo en 2015, antes de ser alcaldesa, aquello de “si hay que desobedecer leyes injustas, se desobedecen”. El tiempo nos ha permitido desnudar tanta ligereza pseudorrevolucionaria. En todo caso, esa bolsa de votantes podría obedecer a un delicioso insurreccionalismo, no tanto de salón como de chancla y bicicleta.
Variaciones estéticas del nuevo siglo. El periodista Pepe Albert de Paco ofrecía un apunte al respecto: en Barcelona hay miles de “Colaus”, que piensan que, por el solo hecho de estar aquí, el mundo les debe algo. Una especie de hedonismo alumbrado por esa cosa tan hispana que es la indignación. En tal eventualidad has quedado, oh revolución. Por lo que respecta a Barcelona, la ciudad, mucho tendrá que cambiar la gestión y la filosofía municipales para que no se vaya definitivamente al garete.
- Carlos García-Mateo es escritor y autor del blog Barcelonerías.
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