Opinión

¿Y ahora va a hacer alguien algo distinto?

Efectivamente, este miércoles en el Congreso la situación más patética no era la de los diputados socialistas que, o pasaban corriendo como si fueran a cobrar una quiniela o reproducían los dientes, tú dientes, que es lo que les jode de Isabel Pantoja a Cachuli. Después de todo, algunos de ellos no son tan tontos y en su fuero interno saben lo que hay y lo que ha habido en Moncloa y en Ferraz. Pero los más patéticos, digo, eran todos los socios que no tenían información interna, que se enteraban directamente por los periodistas y que, en un imposible doble escorzo del tipo Barón Ashler de Mazinger Z, mostraban su preocupación, e incluso su indignación, a la vez que reconocían que se mantendrá el apoyo al gobierno progresista (sintagma que, por lo visto, implica un derecho natural a sobrevivir). Una panoplia, en fin, de reacciones que están entre la disociación y la esquizofrenia, y que cada uno disimula como puede: los pucheritos de los peneuvistas, la indignación inocua de Belarra, el equilibrismo de Sumar para terminar culpando al PP o los grititos de impostado cabreo de la vice Yolanda.

De entre todas, las más abracadabrantes fueron la teoría conspiranoide de Enrique Santiago, para quien las actuaciones policiales y judiciales contra el Gobierno y el PSOE responden a una iniciativa de Trump y Netanyahu, que el nuevo embajador americano ha coordinado con Abascal, Ayuso y Feijóo en recientes reuniones en la embajada de los EEUU. También nos dejó patidifusos Rufián llevando su línea roja para solicitar elecciones a la sentencia firme por financiación irregular. Más o menos equivale al ahorita mismo de los mexicanos, ¡que viene a significar que no ocurrirá nunca!

Ha quedado claro, entonces, que no van a hacer nada ante una realidad como la que están mostrando los autos, los informes y los sumarios de todas las causas abiertas, que compendian un caso PSOE/Sánchez que opaca por alcance y gravedad cualquier otro de los que hemos sufrido hasta ahora. Más les valdría dejar de ridiculizarse y reconocer su incondicional apoyo al régimen con el descaro retador con que lo hacen los de Bildu, que, si no se avergüenzan de apoyar los crímenes de ETA, no van a hacerlo por apoyar a un gobierno y a un presidente corruptos.

Tampoco se puede esperar nada desde dentro del PSOE, donde solamente será discordante de la resistencia numantina la voz de García Page. Pero como éste solamente cree en la democracia de los partidos, no la de las instituciones ni la de los ciudadanos, no se plantea salirse del carril. Tendría que pensar si la verdadera deslealtad antidemocrática no está en la traición al programa, la ideología y los principios del partido, y en el seguidismo de un liderazgo política, económica y moralmente corrompido.

Por otro lado, el Gobierno se mantiene firme en su trincherilla con parapeto de roble y sillones de cuero azul; ha delegado en Óscar Puente la defensa gruesa, por ser quien reúne la falta de compostura, de educación y de rigor intelectual. A falta de cualquier argumento, y a partir de observaciones interesadas y de absurdas conclusiones partidistas, desplegó ayer en el Congreso su rol amenazante y asustador para colocar la teoría de una justicia injusta y de un Estado antidemocrático. Claro, es facilísimo comprar su relato si caes en que hay, entre otros, cuatro jueces de la Audiencia Nacional investigando a la vez las causas abiertas al régimen.

En cualquier caso, y aunque alguno de los stakeholders del sanchismo moviera ficha, Sánchez no cambiará en un ápice su estrategia. Sabe que solo desde el poder puede defender a su mujer y a su hermano, a su gobierno y a su gurú, y en definitiva a sí mismo. Por eso la resistencia no es discutible. A ese único fin, y aprovechando cualquier oportunidad, hay que orientar toda la actividad del Gobierno y del partido: el hantavirus y la performance del Hondius en Granadilla, el bolo con la FAO en Roma y hasta la reunión con el Papa y su visita de la próxima semana, forman parte del trampantojo que necesita tener montado. Ahora su cálculo es que se vayan repitiendo los eventos (vale cualquiera y en cualquier lugar del mundo), que vayan aplacándose los casos de corrupción y que los adversarios le abran, con alguna cagada, que la tendrán, una ventana de oportunidad por la que colar las elecciones en unas condiciones un poco más favorables.

Por último, hay que reconocer que en la otra esquina se comparte cierta parálisis y poco más se hace que esperar, eso sí con cierto alboroto, que el régimen se descomponga. La admonición de Aznar no deja de entenderse como una propuesta teórica y sólo les queda fustigar su falta de iniciativa, imaginación y predicamento con la certeza del incendio que estaría montando la izquierda si fueran ellos quienes estuvieran en la oposición.