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En 1948 EEUU arrojó a un río 76 castores en paracaídas y solo murió uno: 78 años después, han conseguido resucitar el ecosistema al completo

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

En agosto de 1948, el Departamento de Caza y Pesca de Idaho lanzó 76 castores en paracaídas sobre una remota zona montañosa del estado. La operación, bautizada como «Operación High Dive» e ideada por el oficial Elmo Heter, buscaba trasladar a los animales desde zonas urbanas en expansión hasta un hábitat virgen donde pudieran reconstruir ríos y humedales sin molestar a la población.

De los 76 ejemplares, solo uno murió durante el traslado. Casi 80 años después, sus descendientes han transformado por completo el paisaje de la región, hasta el punto de que agencias como la NASA monitorizan hoy la zona por satélite para estudiar el impacto de estos roedores en la lucha contra la sequía y los incendios.

Por qué Estados Unidos lanzó castores en paracaídas

Las autoridades de Idaho optaron por el paracaídas porque el transporte terrestre tradicional, a lomos de mulas, fallaba y ponía en riesgo la vida de los animales por el estrés y el calor. Necesitaban además sacar a los castores de las zonas urbanas donde causaban destrozos y reubicarlos en montañas sin carreteras.

Los roedores se habían instalado en zonas pobladas de Idaho tras la Segunda Guerra Mundial, donde bloqueaban los canales de riego y talaban árboles en propiedades privadas. En lugar de eliminarlos, el Departamento de Caza y Pesca de Idaho decidió reubicarlos en las montañas, donde sus presas podían retener agua y frenar la erosión del terreno.

El destino elegido, la cuenca de Chamberlain, carecía de carreteras y caminos seguros para vehículos. Los primeros intentos de transporte a caballo o en mula resultaron un fracaso: los animales de carga se mostraban asustados e insubordinados al llevar los bultos con castores vivos, que se movían y desprendían un olor fuerte durante el trayecto.

Las autoridades aprovecharon entonces el excedente de paracaídas de seda que había dejado la Segunda Guerra Mundial, lo que convirtió el lanzamiento aéreo en una opción rápida, barata y menos dañina para los animales que el traslado por tierra.

Cómo funcionaban mecánicamente las cajas autoabribles

Las cajas diseñadas por Elmo Heter se abrían mediante un sistema de gravedad y tensión elástica, sin ningún componente eléctrico ni explosivo. El objetivo era que permanecieran cerradas durante la caída y se abrieran de inmediato al tocar el suelo.

Cada caja de madera, con orificios de ventilación, estaba dividida en dos mitades simétricas unidas por bisagras en la base. Unas bandas elásticas gruesas conectaban ambas partes y ejercían una fuerza constante para mantener la caja abierta. Para introducir al castor, los técnicos forzaban el cierre de las dos mitades venciendo la resistencia de los elásticos, y después pasaban unas cinchas por encima de la tapa, conectadas directamente a las líneas del paracaídas.

Durante el descenso, el peso combinado de la caja y el animal tiraba hacia abajo de esas cinchas, lo que mantenía el contenedor firmemente cerrado en el aire. En el instante en que la caja tocaba el suelo, el peso dejaba de colgar del paracaídas, las cuerdas se aflojaban y la tensión que sujetaba la caja desaparecía.

Sin esa fuerza que las retuviera, las bandas elásticas internas se contraían y abrían las dos mitades hacia los lados, como las páginas de un libro, dejando que el castor saliera caminando sin sufrir ningún daño.

Antes del lanzamiento oficial, Heter probó el mecanismo con un castor veterano llamado Geronimo, que sobrevivió sin heridas a varios lanzamientos de prueba. El 14 de agosto de 1948, Geronimo fue el primero en descender junto a tres hembras en lo que los oficiales bautizaron como un paraíso para castores.

Por qué los castores son clave contra la erosión

Los castores frenan la erosión al convertir arroyos rápidos en redes de estanques tranquilos mediante sus represas. Al reducir la velocidad del agua, esta pierde la fuerza necesaria para arrastrar tierra y desgastar los márgenes de los ríos.

Un río sin obstáculos corta el terreno de forma profunda y vertical a medida que avanza. Las represas actúan como amortiguadores que obligan al agua a detenerse, acumularse y derramarse suavemente sobre los obstáculos, lo que reduce su capacidad erosiva.

Ese mismo frenado convierte los estanques en trampas naturales de sedimentos: el agua, al perder velocidad, ya no puede arrastrar el limo y la arcilla que lleva desde las montañas, y esos materiales se depositan en el fondo hasta rellenar con los años las zonas de cauce más desgastadas.

Las represas también reconectan los ríos con sus llanuras de inundación. En época de tormentas o deshielo, el agua sobrante sale del canal estrecho y se extiende hacia los valles, donde se infiltra de forma segura hacia los acuíferos en lugar de golpear y desprender las laderas río abajo.

Esa humedad constante mantiene elevado el nivel del agua subterránea y permite que árboles de ribera, arbustos y plantas acuáticas crezcan con fuerza. Sus raíces forman una malla densa que sujeta la tierra y protege las orillas frente a futuros desprendimientos.