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Estados Unidos

Trump abandonó Turquía de urgencia por temor a un ataque iraní

El mandatario norteamericano fue evacuado de Ankara en el antiguo Air Force One

La escalada bélica entre Estados Unidos e Irán obligó al Servicio Secreto a improvisar una salida de emergencia para Donald Trump durante su paso por la cumbre de la OTAN en Ankara. La cercanía de la capital turca con territorio iraní, apenas 1.000 kilómetros, dentro del alcance de las fuerzas de Teherán, disparó todas las alarmas de seguridad en torno al presidente.

Frente a su costumbre de detenerse en la escalerilla para hablar con la prensa, esta vez Trump subió al avión sin pausas ni declaraciones. Y no subió a cualquier avión: el elegido fue el veterano Air Force One, la aeronave que llevaba años en servicio antes de la llegada del regalo qatarí.

Según ha contado The New York Times, ya en el aire, la tripulación ordenó bajar todas las cortinillas de las ventanillas, que permanecieron cerradas durante las horas que duró el trayecto nocturno. El objetivo, aunque no se explicitó de forma oficial, era claro: complicar al máximo la localización del aparato desde tierra.

Los periodistas que viajaban a bordo no tardaron en preguntar por la insólita medida. Trump zanjó la cuestión reconociendo abiertamente que era una precaución de seguridad, pues volaban «en un avión peligroso» en pleno pulso con Irán.

El contraste con la llegada a la cumbre no podía ser mayor. Trump había aterrizado en Ankara a bordo del Boeing 747-8 regalado por la familia del emir de Qatar, Tamim bin Hamad Al Thani. Un avión de unos 400 millones de dólares conocido ya como el «palacio volador» por sus lujosos acabados.

Pero el cambio de aeronave para el regreso ya se rumoreaba durante la propia rueda de prensa de clausura, la misma en la que el presidente anunció que reanudaría los bombardeos contra Irán. En aquel momento, Trump se apresuró a negar que el cambio tuviera que ver con la seguridad.

Eso sí, admitió sin rodeos que él encabezaba la lista de objetivos de Irán: «estaba el primero en la lista», dijo, aunque le quitó hierro al asunto con un «me da igual». Además, a través de sus redes sociales, atribuyó su elección a la pura «nostalgia de volar» en el avión antiguo, y explicó que el nuevo aparato viajó a la base británica de Mildenhall porque el personal destinado allí le había pedido verlo antes que nadie: «Estaban ansiosos por visitarlo», relató.

Fue precisamente en Mildenhall, donde aterrizó en la noche del miércoles a bordo del avión viejo, donde Trump hizo el trasvase al nuevo Air Force One para completar el regreso a Washington.

El episodio de Ankara ha puesto el foco sobre un asunto que venía arrastrándose desde hace meses: hasta qué punto está realmente blindado el nuevo avión presidencial. La aeronave se presentó en público el 19 de junio, tras casi un año adaptándola con los sistemas de seguridad y comunicaciones propios del transporte presidencial.

Desde la Casa Blanca, el director de Comunicación, Steven Cheung, salió a defender el aparato, calificándolo de avión «moderno, dotado de protocolos de seguridad de alto nivel para proporcionar la máxima seguridad al presidente y a su equipo».

Sin embargo, The New York Times cita a funcionarios con conocimiento directo de las características técnicas del avión que apuntan a una realidad más matizada: el aparato de Qatar no dispondría de los mismos recursos defensivos que el modelo antiguo. Según estas fuentes, el cambio de avión para el regreso respondió al clima de tensión general del momento, no a una amenaza específica detectada contra la aeronave.

La diferencia entre ambos modelos no es menor. El Air Force One veterano incorpora un sistema de contramedidas capaz de «cegar» misiles antiaéreos y despliega señuelos para desviar proyectiles de su trayectoria. Se desconoce cuántas de esas capacidades han sido replicadas en el avión regalado por Qatar, y fuentes del sector aeronáutico y del Pentágono calculan que dotarlo de una protección equivalente podría costar hasta 1.000 millones de dólares y llevar hasta dos años de trabajo.

Una cifra muy alejada de la que manejó ante el Congreso el secretario de la Fuerza Aérea, Troy E. Meink, quien situó el coste de las modificaciones «probablemente por debajo de los 400 millones de dólares».