Los investigadores no salen del asombro: hallan 80 semillas de uva en un pozo y el ADN confirma que la civilización etrusca ya consumía vino blanco hace 2.300 años
Paren todo, paren todo, porque la historia del desarrollo agrícola acaba de transformarse de forma definitiva. ¿Por qué? Pues, porque se acaba de descubrir que la antigua civilización etrusca ya poseía conocimientos sumamente avanzados sobre la cría y selección de especies frutales mucho antes de lo que calculaban los arqueólogos.
Los investigadores han trazado una genealogía botánica asombrosa gracias a restos orgánicos que resistieron el paso del tiempo. Esta nueva investigación, en la que nos meteremos de lleno, rompe los mitos sobre qué consumían exactamente las élites del continente europeo hace miles de años.
El ADN demuestra que la civilización etrusca consumía vino blanco en la Toscana
Un equipo internacional de científicos ha secuenciado el genoma de ochenta pepitas de uva de unos 2.300 años de antigüedad. Estas semillas se recuperaron del fondo de varios pozos profundos en el yacimiento de Cetamura del Chianti, en Italia.
El análisis genético desveló una sorpresa mayúscula. La inmensa mayoría de las pepitas analizadas pertenecían a un mismo clon de vid de uva blanca. Esta variedad floreció desde el dominio prehistórico hasta el apogeo del Imperio Romano.
El hallazgo, publicado recientemente en la revista científica Journal of Archaeological Science, contradice la identidad actual de la región.
Curiosamente (o causalmente, quién sabe), hoy, la zona del Chianti destaca a nivel mundial por sus vinos intensos de la uva tinta Sangiovese.
Un tesoro botánico conservado a más de 30 metros de profundidad
El yacimiento se sitúa sobre una colina en la cadena montañosa toscana, próxima a la actual localidad de Siena. Entre el año 300 antes de Cristo y el 300, los habitantes arrojaron restos orgánicos dentro de estas excavaciones en la roca.
Una de estas estructuras alcanzó los 32 metros de profundidad. El barro denso del fondo generó unas excepcionales condiciones sin oxígeno que actuaron como una inmejorable cápsula protectora del tiempo.
El milagro de la química geológica logró salvaguardar los minúsculos fragmentos de ácido desoxirribonucleico en estado óptimo. Las pruebas confirman que los pobladores itálicos cultivaban de manera habitual y cuidada esta cosecha de color claro.
Las antiguas técnicas de cultivo en la civilización etrusca
La investigación expone una red agrícola comercial a la que la palabra «sofisticada» le queda corta. Para mantener este idéntico clon vegetal de uva blanca durante varias generaciones ininterrumpidas, los campesinos tuvieron que aplicar métodos de propagación vegetativa muy específicos.
Esta continuidad biológica evidencia una estudiada selección natural de las plantas en los terrenos de cultivo. Nuestros antepasados operaban con prácticas de agricultura que hoy día todavía constituyen la columna vertebral de la viticultura contemporánea global. ¿Asombroso, no?
Tras la conquista romana definitiva del asentamiento, los investigadores detectaron la llegada de semillas completamente nuevas a la zona. El imperio en expansión comenzó a introducir sus propias elecciones varietales estandarizadas en todas las provincias mediterráneas.
Los orígenes italianos, compartidos con los viñedos modernos del resto del continente
La genealogía del yacimiento italiano esconde vínculos internacionales muy valiosos. El estudio acreditó que este clon dominante toscano guardaba un estrecho parentesco con dos semillas antiquísimas analizadas previamente en un enclave arqueológico del sur de Francia.
A su vez, otra de las pepitas trazó un puente genético directo con familias varietales modernas de Europa central y oriental. El pariente contemporáneo más cercano resultó ser una uva muy extraña localizada actualmente en Hungría.
Como si ya no fuese lo suficientemente extraño, el eslabón definitivo conecta estas muestras prehistóricas con una histórica parra de 400 años que crece en Maribor, Eslovenia. Esta vid europea se reconoce oficialmente a nivel mundial como la planta viva productiva más vieja del planeta.
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El revelador informe científico transforma la percepción que los historiadores sostenían sobre los gustos de las élites antiguas. La imagen de un paisaje toscano dominado por uvas oscuras en la prehistoria resulta ser un mito moderno sin sustento.
Estos resultados abren la puerta a nuevos estudios en otras ruinas y cisternas de asentamientos abandonados. El método de recolección de las semillas antiguas también certificó que aquellos pobladores cosechaban cepas silvestres para su consumo local diario.
Dicho todo esto, comprender los saberes agrarios del pasado permite saborear la historia desde un enfoque renovado. Quienes degustan hoy aquellas rarísimas variedades centroeuropeas que subsisten aisladas están probando la réplica genética exacta del elixir que llenaba las copas romanas.